TEMA DEL MES
Pacientes y Esperazandos

En momentos como el nuestro de derrumbe de utopías, cuando se ven frustradas las razones y los motivos por los que merecía la pena esperar y se va perdiendo la confianza en la vida y en las personas, necesitamos proclamar que hay “Alguien” por quién aún podemos seguir esperando los unos en los otros. Una esperanza que se traduce en paciencia cotidiana y en ternura, en compartir el sentir y el esfuerzo por un futuro de aquellos a los que ya no les queda más que aguardar en soportar las adversidades de la vida sin dejar que nos arrebaten la alegría ni los sueños.

La felicidadQuizá hoy la concreción más urgente de cómo ser resistentes y pacientes en un mundo tan herido y necesitado de esperanza sea aquella a la que con tanta insistencia nos exhorta Pablo: suceda lo que suceda, “no os canséis en hacer el bien”.

La paciencia se convierte en el pequeño y discreto motor que empuja el crecimiento y es capaz de posibilitar la promesa y la realidad que guarda cada semilla: “Y la semilla, dice un proverbio Zen, no puede ver la flor”.

La felicidad no es el resultado de nada. Ella es en sí misma, y la descubres cuando te libras de todo juicio y añadidura.

Cuando quieres “arreglar” las cosas, metes en ellas tu “yo empírico”, el “ego” endemoniado, el “yo” del mundo de la diversidad, el fenomenológico, limitado, finito, el que se comunica con el cuerpo físico, tu apego, y lo estropeas todo.

Entra solo en la realidad. No te apegues ni siquiera a la liberación, porque ella no es aprensible, no se deja apresar, y lo que harás es crearte otras cadenas, otras esclavitudes. Sólo tienes que ver las cosas como son.

La felicidad del hombre está en la plena integración con su “yo trascendente”, “el más profundo centro”, el reino del Espíritu, donde habita la Divinidad, ilimitada, infinita. La felicidad del hombre está en la plena integración a Dios, y Dios es amor. Para poder amar,
el hombre ha de ir conjugando sus capacidades para ir creciendo en este amor.

Para amar hay que ser libre, y sólo puede ser libre el que ama: es optar libremente por al plan de Dios. El hombre es un puente consciente entre el mundo y la Divinidad, y debería irradiar luz, amor y vida, que es lo que habita la presencia de Dios.

Nadie hace el mal sin una justificación: es la justificación lo que engaña. Nadie se engaña a sí mismo consciente o inconscientemente.

El que hace el mal es un loco que no merece el castigo, sino la cura. No se puede considerar al que peca, sino al pecado que es un error. Las acciones podrán ser malas o buenas y siempre dependerá de la madurez y cordura del que las comete. No puede llamarse malo al que comete actos equivocados creyendo que los hace bien, o al que hace eso compulsivamente, defendiéndose de peligros que sólo están en su imaginación. Ese es un loco, un ser dormido al que hay que despertar o un enfermo al que hay que curar.

Nadie hace las cosas malas adrede, fríamente, por maldad, por la sencilla razón de que el componente sustancial de nuestro ser es el amor, la bondad, la felicidad, la belleza, la inteligencia como la luz de la verdad.

Lo que ha ocurrido es que se ha roto con la FUENTE que habita en el más profundo centro, y las ansias de ser, su sed infinita, trata de apagarlas con el mundo fenomenológico, y en vez de ser el “pastor del ser”, se convierte en el “lobo del ser” y destruye al mundo y al otro hombre... El “EGO” se ha convertido en ABSOLUTO, y nunca se sacia, porque está roto el canal que lo une con su fuente, que es Dios. Es decir, se ha convertido en idólatra.

Apareciendo la “falsa religión”, el falso altruismo: hace cosas buenas porque tiene necesidad de sentirse reconocido, aceptado, amado. O dicho de otro modo, ha roto con el “componente sustancial”.

Si esta sustancia está ahogada por los miedos, por el sufrimiento, la única solución es sacar lo que estorba. Las cosas se observan para ver la verdad que hay detrás de las formas con las que se cubren.

Uno puede tener en la mano un papel sucio creyendo que es un cheque de gran valor.
Sí haces que una persona renuncie a él o se lo quitas antes de que descubra su valor real, siempre estará creyendo que le quitaron algo de valor y se comportará como un ser estafado, engañado, despojado, y sus reacciones serán de autodefensa. Así nunca despertará a la realidad. Primero habrá que despertarlo y después él mismo será el que tire el papel sucio, riéndose del engaño en que estuvo metido y así quedará liberado.

Camus decía: “Me reí mucho al ver que el pez en el agua tenía sed”. Esta es nuestra propia realidad de dormidos. Sólo se despiertan los que desean despertarse. Tratar de convencer a los que no lo entienden, es como irritar al cerdo.

El sufrimiento que se sufre es el equivalente a la resistencia a la verdad: haces que choques con la realidad que te está diciendo que no es por ahí, que revises tus planteamientos para que se ajusten a la verdad. Si lo comprendes así, crecerás; si no lo comprendes y te empeñas en seguir obcecado y dormido, sufrirás sin remedio. En cuanto entiendes esto por la observación que te da la luz para descubrir tu realidad, se acabó tu sufrimiento e irritación.

Si renuncias a algo voluntariamente creyendo que es un valor y que has hecho un sacrificio con ello, siempre te vanagloriarías de lo que has hecho y pedirás la aprobación y la admiración de los demás.

La raiz de todo pecado

El egoísmo, raíz del pecado

La raíz de todo pecado es el egoísmo: al romper con el “yo trascendente”, el hombre necesita llenar el vacío creado, haciéndose egoísta y el egoísmo le impulsa a que “apetezca para llenarse”. El egoísmo es la enfermedad del ser humano, hasta el extremo de que todo se ha convertido en un juego de intereses: usamos a las personas.

Pero si estás despierto y comprendes que en esa renuncia tuya no hay nada extraordinario, que lo que has hecho es buscarte a ti mismo, ¿cómo te vas a vanagloriar de renunciar a algo que no servía para nada? Al contrario, te sentirás bien por haberte liberado de algo que te impedía ser tú mismo.

Lo que empezó con una desconfianza (“Dios no quiere que seas como Él”), se soluciona recuperando de nuevo la confianza en Él: Dios te ama hasta el final y en plenitud, con un amor infinito, más allá de las miserias.

Entonces, además, comprenderás con humildad a aquellas personas que aún se sienten apegadas a lo que tú “YA” has renunciado por estar despierto. La verdad, separada del amor, no es Dios, sino que se convierte en un ídolo que no se puede amar ni adorar.
El N.T. nos enseña que hemos de buscar la verdad dentro de la caridad.

El optimismo místico es el que ve la realidad, la verdad, en la confianza de que la raíz está sana. Y el proceso que se sigue es desde la kenosis hasta la ascensión. Este camino conduce a la realización personal, al hombre libre. Sin libertad, sin estar libre de toda atadura, no puede haber servicio. Cristo es la imagen, el prototipo del hombre perfecto, del hombre realizado. El motor que impulsa este proceso es el Espíritu Santo. La docilidad al E.S. es lo que llamamos vida espiritual, que es vivir el amor auténtico, desinteresado, el mismo de Jesús: “Un mandamiento nuevo os
doy, que os améis los unos a los otros como Yo os he amado” (Jn 13, 34-35).

Los cristianos hemos de vivir la unidad, porque seguir a Jesús quiere decir vivir el mandamiento nuevo del amor mutuo, ponerse al servicio de los demás, sobre todo de los más pobres y de las más débiles, renovar constantemente el perdón y seguir el camino de la reconciliación.

Sólo si amas serás feliz y sólo serás feliz si amas. Y amar es un estado que no elige a quién amar, sino que se ama porque no se puede hacer otra cosa que amar.

Dios nos ama en Jesús

Dios nos ama en Jesús

Desde siempre, Dios ha elegido “el rostro del otro”. En Jesús, Dios nos llama y nos compromete a ser, todos los días, testigos de la reconciliación, para reducir las grandes fracturas del mundo, de la vida cotidiana...
En nuestro camino encontramos sin cesar estas fracturas: en nuestra casa y en nuestros lugares de trabajo. Y nosotros estamos llamados a reducirlas por medio del amor, que no acentúa las diferencias, sino que sabe aceptarlas y valorarlas. La paz no es más que la convivencia en las diferencias.

Por eso nuestro esfuerzo en la escucha auténtica, en la acogida benévola, en la ayuda gratuita y desinteresada. En esto se nos reconocerá como ocurrió a los cristianos de los primeros siglos y ésta será nuestra manera de anunciar a Cristo.

Cuantos más fieles seamos los cristianos al Evangelio, con más facilidad se encuentra y se llega a la unidad y a la comunión; se llega a ello justamente en su Señor, guiados por el Espíritu, en la práctica cotidiana de las enseñanzas evangélicas.

Hablando del Concilio que iba a comenzar, dijo el Papa (Juan XXIII): “No haremos ningún proceso histórico. No buscaremos quién se equivocó o quién tuvo razón. Diremos solamente: “¡Reconciliémonos!”. Para la vocación ecuménica, no importa nuestra fragilidad, porque una de las exigencias más inmediatas es llevar esta reconciliación allá donde existan fracturas, antiguas o nuevas.

Algunas referencias históricas, el recuerdo de graves acontecimientos del pasado pueden bastar para provocar oposiciones, a veces incluso odio. La memoria de las humillaciones y de las heridas puede ser transmitida de una generación a otra. Así, pues, no lo diremos nunca lo suficiente: “sin perdón la persona humana no tiene futuro”.

En presencia del amor todos cambiamos, aún cuando el amor puede ser muy duro. No debemos olvidar que la respuesta del amor es siempre la que el otro necesita, porque el amor verdadero es clarividente y es comprensivo, siempre está de parte del otro.

El mal que hacemos a los demás es lo mismo que hacernos daño a nosotros mismos.
El día que comprendamos esto, perdonar será fácil. Tú podrás defenderte del otro, lo podrás parar, pero no sentirás ningún odio, sino la comprensión del amor clarividente.

El mal que hacemos a los demas

El hombre es libre. Pero no existe libertad para distorsionar el bien. Sólo un loco o un dormido hacen el mal, los que no saben lo que es la libertad o no tienen libertad para ellos mismos, porque son esclavos de sus compulsiones o sus miedos. Son llevados por sus resentimientos y por su egoísmo que les hace crueles. Te tienes que defender de sus modos, pero no confundir al enfermo con su enfermedad y condenarlo.

Si lo comprendes todo, lo perdonas todo y sólo existe en ti el perdón: es cuando te das cuenta de que en realidad no tienes nada que perdonar. Así es el perdón del Padre.

La complementariedad significa “imitar las virtudes del otro”: en el enamoramiento, p.e., cada uno debe asimilar lo que se aportan mutuamente para crecer y resolver los conflictos. Así se llega al amor, cultivando las virtudes del otro. Si Dios es nuestro referente, amaremos como Él.

El problema de la sanación es que tenemos una barrera psicológica de seguridad, que nos impide ver y aceptar lo que somos. Sólo con el amor, sentirse amados, se puede traspasar y llegar al foco del mal para poder ser sanado.

La búsqueda de la verdad, de la auténtica verdad, tiene también su fundamento en el amor: aceptar lo que se es, es el principio de la sanación. Buscar la verdad es vivir en humildad.

Libros CarmelitasConstruyendo futuro

El adolescente es variable, inconstante, imprevisible e irrespetuoso y fenómenos como al mal humor y la tremenda variabilidad, la desobediencia, la agresividad, la tozudez, el desánimo, el ensimismamiento y la soledad en que se encierran, son casi la norma.

En una etapa tan tormentosa de amores y de odios, de euforia y disforia, la mejor ayuda que le podemos prestar como padres y educadores es una conducta serena, estable, paciente, firme, tolerante, dialogante, comprensiva y esperanzada. Casi es lo único que podemos hacer, ya que el adolescente, lo que verdaderamente necesita para su maduración psicológica y afectiva es la referencia constante de un modelo firme y equilibrado, que no trate de responder ante su inestabilidad de adolescente con aspavientos y amenazas.

Los conflictos en las relaciones humanas son los derivados de las actitudes erróneas: la imposición, las ideas predeterminadas de lo que esperamos de los demás, las ideas fijas, inamovibles de lo que no es fundamental, las falsas esperanzas o las falsas bondades. Las actitudes erróneas están basadas en los propios intereses, en el “ego”, no en el bien del otro. Frecuentemente son aquellas que “rompen nuestros esquemas”, que no tienen por qué coincidir con los del otro.

El buen educador ha de conocerse bien a sí mismo, saber lo que es y los límites que tiene, para poder actuar sin sorpresas y con serenidad. A menudo lo que nos “descoloca” son nuestros propios conflictos no resueltos, pero que forman parte de nuestra identidad y que están reprimidos en nuestro inconsciente.
La represión es el ocultamiento en el inconsciente de “algo” que no quieres admitir que existe. No sabes que lo tienes porque lo niegas con el consciente, pero que sale cuando te quedas sin defensas.
Los problemas no resueltos originan traumas, que son dolorosos y el mecanismo de defensa es el olvido, la prohibición inconsciente, la represión. Y quedan almacenados.
Los traumas que no se resuelven están fijados en el “yo empírico”, es decir, aquellos que están fijados a la idea de lo que somos o al modelo social que se espera de nosotros.

Cuando no se llega al “yo ideal”, porque se han frustrado los planes de realización aparece la depresión, como un auto suicidio.

Cristóbal González Martínez