Aunque la santidad parece obra de largos años de servicio generoso a Dios y a los hombres, nunca han faltado niños y niñas santos reconocidos por la Iglesia. La madurez de la vivencia de la fe se puede dar, quizá de forma excepcional, a edades muy cortas. Buen ejemplo de ello puede ser, por citar alguno, en los primeros tiempos del cristianismo, santa Inés, mártir, que a los doce años demostró la madurez de su fe, rechazando las promesas de sus verdugos y dando gracias al Señor por aceptar su vida. Como dejó escrito san Ambrosio: “Lo que parecía imposible (de aguantar) por su corta edad, lo hizo posible su virtud consumada”.
Cómo no recordar los niños martires de Tlaxcala (Méjico). Se trata de tres niños mejicanos: Cristóbal, Antonio y Juan, beatificados por Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990. Eran tres niños indios. Cristóbal, hijo de un príncipe azteca (esto sucedía en el siglo diez y seis), reprendió a su padre por su culto a los ídolos paganos y al alcohol. Enfurecido el padre, lo arrojó al fuego. En medio del fuego el niño dijo a su padre. “No pienses que estoy enfadado contigo; me haces un gran favor”. Dos años más tarde ocurría lo mismo con Antonio y Juan.
En nuestros días los niños Ramón Montero, de Tomelloso, cuyo proceso diocesano de reconocimiento de su santidad está iniciado, Terciario Carmelita, que ofreció los dolores de su enfermedad con espíritu ejemplar. También el niño Santos Franco, de Hinojosa del Duque (Córdoba) que quiso ser carmelita.
También las tres niñas de Madrid en proceso de beatificación, menores de catorce años, que tuvieron en común su “precoz vida espiritual” y la “fama de santidad”, como lo acreditan los testigos todavía vivos. Las tres han pasado la fase diocesana de beatificación y están ya en Roma.
Nos estamos refiriendo a María del Carmen González-Valero, nacida en marzo de 1930 y murió en julio de 1939, con nueve años, y la niña ofreció su vida por los asesinos de su padre, que murió fusilado en la guerra civil española. Esta niña ya ha sido declarada venerable. A María del Mar Cimadevilla, nacida en febrero de 1952 y murió en Madrid diez años más tarde y su ‘positio’ ya ha sido presentada. Se le declaró una enfermedad incurable y durante su estancia en el hospital se hizo ‘enferma misionera’, ofreciendo todos sus sufrimientos por los misioneros de forma verdaderamente ejemplar.
Una tercera niña es Alexia González-Barrios nacida en 1971 y de la que están estudiando la heroicidad de sus virtudes. Con trece años se le declaró un tumor maligno que en poco tiempo la dejó paralítica. Sus sufrimientos los ofreció ‘por la Iglesia’, ‘por el Papa’ y ‘por todos los hombres’.
“Santos, el gigante de la fe” se llamaba Santos Franco Sánchez, había nacido en Hinojosa del Duque (Córdoba) el 13 de julio de 1942, y murió a los once años de meningitis.

Santos Franco Sanchez
Alumno del Seminario Menor Carmelita |
|
|
|
Cuando transido de dolor en todos sus miembros, el párroco, D. Juan Jurado, le pidió que ofreciera sus dolores por la Iglesia y sus necesidades, él le contestó: “desde el primer momento que empecé a sentir dolor, no he dejado de ofrecerlos al Señor por las misiones, los sacerdotes y los pecadores”. Cuando estaba muy enfermo una de sus hermanas le pregunta: “¿quieres curarte o ir al cielo?”. Sin dudar contestó: “ir al cielo”. Cuando más intensos eran sus dolores de cabeza, produciéndoles convulsiones que lo dejaban extenuado, de sus labios salía una sonrisa de paz interior y decía: “todavía no, aún me queda sufrir un poco más”.
|
 |
Cuando percibió próxima su muerte, abrazó a sus padres y les dijo:”ya me voy a ir pronto al cielo, me queda muy poco tiempo. No me olvidaré de vosotros. Os quiero mucho. No lloréis que yo estoy muy alegre. ¿Que importan los sufrimientos? ¡Qué hermoso, allí está Dios y la Virgen!” Es hermano de dos religiosas carmelitas de clausura.
Ramón Montero Navarro fue un joven adolescente que quiso ser santo. Nació en Tomelloso (Ciudad Real). Ramón vivió “el misterio del dolor” en toda su crudeza, pero sin perder su sonrisa o lo disimulaba quitándole

Ramón Montero Navarro
Terciario Carmelita |
|
|
|
importancia. “Yo pedí padecer por los pecadores y paciencia para soportar los padecimientos. ¡Qué buena ha sido nuestra Santísima Madre! ¡Las dos cosas me las ha concedido!”.
Esto sucedía el día 16 de julio de 1942, festividad de la Virgen del Carmen, a quien él profesaba una devoción especial, temprano fue a oír misa y a comulgar. Y aquel día volvió transformado. Un tanto extraño, pálido y desmejorado. Seguía silencioso, como absorto y ajeno a cuanto sucedía a su alrededor. Era consciente de cuanto había ofrecido a Dios.
La llegada de los Carmelitas a Tomelloso en octubre de 1943 marcó también su vida. Él había ofrecido a Dios su sufrimiento para que se hicieran cargo del colegio los Carmelitas, pero después, cuando éstos religiosos llegaron, él no pudo ir, estaba ya muy enfermo, pero gozó de sus visitas y de sus consejos. “Ramón era plenamente consciente de que su dolor, su enfermedad tenía un sentido; él lo había pedido. Por eso, su actitud no fue de simple paciencia para soportar el sufrimiento, sino aceptación gozosa de una situación que considera como una verdadera gracia venida de Dios”. Decía a su madre: “No quiero verte triste. ¿No ves lo contento que estoy? Yo gozo mucho porque veo que el Señor me quiere más. Si me dijera: Te vas a poner bueno, pero el Señor te querrá menos, yo le diría: “quiero estar siempre así para que no deje de quererme ni un poquito siquiera”.
No es posible la heroicidad de las virtudes de estos niños y niñas sin la educación cristiana recibida en el seno de su familia y en el colegio. El mejor regalo que los padres cristianos pueden hacer a sus hijos es la transmisión de su fe cristiana. Cuando el hogar de padres cristianos se convierte en una verdadera ‘iglesia doméstica’ no es difícil estos generosos brotes de fe heroica, ante situaciones extremas de enfermedad o persecución. Es una equivocación por parte de los padres y de los educadores de la fe querer educar en la fe limitándose a que desde pequeños aprendan a cumplir una serie de obligaciones externas.
Así, es muy fácil por parte de los padres decirle a los hijos que deben oír misa los domingos e incluso obligarlos. La fe no se transmite así. La fe es vida, es mucho más que cumplir unas normas. Las normas se quedan chicas cuando el niño o la niña crecen, como les pasa con la ropa; la fe no es un vestido, es una vida, una fuerza interior que se puede desarrollar indefinidamente y que puede resolver cualquier situación difícil en cualquier momento de la vida. Hay que transmitir una fe que cambie la vida y que crezca a medida que la persona lo hace.
M. Barbero Moreno, O. Carm
|