1. Relación de Jesús con el Padre
Las primeras
palabras, que los Evangelios nos dan a conocer de Jesús,
son aquellas que nos revelan, antes que nada, la conciencia que
Jesús tenía de su identidad personal. Recordemos
el episodio que Lucas nos narra de Jesús, con 12 años,
en el Templo de Jerusalén (Lc. 2,41-52). Cuando al cabo
de tres días de búsqueda afanosa, María y
José lo encuentran discutiendo con los Doctores de la Ley,
la Virgen, no dudó en hacerle un pequeño reproche:
“Hijo, ¿por qué te has portado así
con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscábamos
tu padre y yo! Jesús responde que Él tenía
que ocuparse de las cosas de su Padre. San Lucas nota que no entendieron
la respuesta de Jesús: probablemente no comprendieron que
serían las “cosas” del Padre; porque sí
sabían, por revelación, lo referente a la Encarnación
y Nacimiento de su Niño, que era Hijo de Dios por naturaleza.

2. Los “Evangelios de la Infancia”
Estas narraciones,
traídas por Mateo y Lucas en sus Evangelios (Mt. cc 1-2
y Lc. 1-2), en realidad representaban un estado de interés
y de reflexión posterior sobre la vida terrena de Jesús
y, por tanto, contienen afirmaciones de una fe, ya plenamente
madura de la Iglesia primitiva sobre Cristo. Pero estas afirmaciones
tienen su fundamento sólido sobre la tradición de
las palabras y de los hechos realizados por Jesús durante
su vida pública: palabras y hechos que revelan en Jesús
una conciencia sobrehumana: la designación de Jesús
como “Hijo de Dios” fue ciertamente usada por Jesús
antes de su muerte, especialmente en momentos importantes de su
misión (Mt. 11,27) y en momentos críticos, como
cuando narró a los fariseos hostiles la parábola
de los viñadores homicidas hasta matar al propio hijo del
dueño (Mt. 12, 12-12)
3. La “Filiación divina” que Jesús
reivindica
Cierto que la expresión
“hijo de Dios” podía tener un sentido metafórico,
y de hecho en el A. T. se aplica al Rey, a los Ángeles,
y al mismo Pueblo de Israel, al que se le llama el Primogénito
de Dios: bajo esta acepción metafórica indicaría
sólo una particular cercanía con Dios; pero en la
vida y la predicación de Jesús este título
expresaba una relación única con Dios. Jesús,
incluso con sus íntimos, tiene siempre gran cuidado de
distinguir sus relaciones con el Padre Celestial: así dirá
“mi Padre” y “vuestro Padre”; pero nunca
“nuestro” Padre. Cuando promete el Espíritu
Santo dice “haré descender sobre ‘vosotros’
el Prometido por ‘mí’ Padre”. El Evangelio
de San Juan nos proporciona las afirmaciones más explícitas
de Jesús sobre su naturaleza divina: Así afirma:
“Salí del Padre y vine al mundo, ahora dejo el mundo
y vuelvo al Padre” (Juan 16,28). Hay muchas más citas:
“Yo no estoy solo, conmigo está el Padre” (Juan,
16,32).
JAIME
ANDRADE, O. Carm.