EDITORIAL

o son tiempos buenos para la fe cristiana y católica. Son muchas cosas las que se nos han venido encima: querer reducir la práctica de la religión al ámbito privado, la supresión de la Religión en la escuela pública, como asignatura valuable, considerar a las parejas gays como ‘matrimonio’, la utilización de los embriones con fines terapéuticos.... Todo esto y muchas cosas más pueden generar entre los católicos un cierto pesimismo. Éste sería aún peor que cualquiera de las cosas enunciadas.

l Concilio Vaticano II abrió las puertas a la militancia de los laicos cristianos. Se dijo que era la hora de los laicos en la Iglesia. En medio de este ambiente, y antes de perder la esperanza, es la hora de vivir nuestra fe sin complejos de ninguna clase. La Iglesia de Cristo tiene una larga experiencia de ser perseguida, también de vivir con gobiernos respetuosos con el ejercicio público de nuestra fe. La barca de Cristo sabe navegar en medio de mares serenos y de mares tempestuosos. En ocasiones, puede parecer que Cristo se ha quedado dormido mientras la barca parece que está a punto de zozobrar y de tragársela la tempestad. Es el momento de avivar nuestra fe, de confesarla con alegría, si no queremos que Cristo, el Maestro, nos diga como a los apóstoles: “¡hombres de poca fe”!

nte esta situación, muchos cristianos laicos han reaccionado con valentía excepcional. El futuro depara un “desafío colosal” en el que los católicos, si fuese necesario, nos hagamos presentes en nuestra sociedad como “un resto” que, en sentido bíblico, es un brote de vida con promesa de futuro florecimiento. Es verdad que la apatía religiosa puede desanimar a muchos, pero también puede motivar en otros creyentes a una entrega más auténtica del Evangelio.

l 18 de junio último, a las seis de la tarde, una multitud de bastante más de un millón de personas, desafiando el calor de aquel día, se echaron a la calle en Madrid, muchos vinieron de provincias, para exigir al ejecutivo protección al matrimonio y a los hijos, respeto a los derechos de la infancia, garantía de libertad educativa, respeto a toda vida humana. En una democracia en la que sólo se oye a la calle hay que salir a la calle a proclamar nuestras más profundas convicciones.

La Redacción