
a Iglesia católica y con ella los hombres y mujeres de otras religiones, así como todos los hombres de buena voluntad, hemos llorado la muerte de un Papa excepcional y sumamente querido: Juan Pablo II. Pero un nuevo Papa ha tomado el timón de la barca de Pedro. Un íntimo colaborador, amigo y hermano de Juan Pablo II. El que hasta ahora conocimos como cardenal Ratzinger, es el nuevo Papa con el nombre de Benedicto XVI.
u elección no ha resultado sorpresa alguna, como a posteriori ha demostrado la rapidez de su elección, lo que indica que la mayoría de los cardenales reunidos en cónclave tenía puesta su mirada y su voto en este hombre sabio en la ciencia sagrada, humilde y sencillo, como traslucía en sus apariciones en el “adiós” al incombustible Karol Wojtyla, y también cercano, como ha demostrado el poco tiempo que lleva vistiendo de blanco.
algo más, que es necesario resaltar, hombre de fe inquebrantable, como no puede ser menos, dado que su misión es nada menos que la de fortalecer en la fe a sus hermanos, según el mandato del Maestro. Y hacer, como él mismo dijo en una entrevista siendo cardenal, que la “Iglesia enseñe el arte de ser feliz”.
l nuevo Papa, elegido el 19 de abril último, llegó al cónclave con la vitola de duro e intransigente impuesta por los que se denominan progresistas. Con no poca mala intención, algún periódico dio la noticia de su elección como Papa denominándolo “el ala derecha del Espíritu Santo”. Como gracieta no está mal, pero nuestra alegría por el nuevo Papa brota de que esa elección es obra del Espíritu Santo y regalo a su Iglesia. Y como decía un e-mail que recibí aquellos días: “Estamos de enhorabuena con el nuevo Papa. Sobre todo porque le demuestra a los “progres” que los caminos de Dios son otros”, muy distintos de los de éstos.
e deseamos un papado glorioso para la Iglesia de Cristo.