EDITORIAL

e estoy refiriendo a la “Pasión del Señor” de Mel Gibson, católico ferviente, actor y director de cine. No hablo de memoria porque fui de los primeros que la visualicé en una sala pública, invitado por unos buenos amigos, y espero volver a verla. He leído todo lo que se ha escrito sobre ella, y que ha caído en mis manos.

ntes y después de verla he oído como comentario fácil: “es muy violenta”. Y es verdad, es violentísima. Pero Gibson ha querido contar una historia verdadera, y la verdad de la Pasión del Señor es una historia violenta, sádica, a la que Cristo se sometió para cumplir la voluntad del Padre, como medio necesario para poder ofrecer a todos los hombres la posibilidad de una transcendencia feliz.

l terminar de ver la película, la gente salía en silencio, sin comentario alguno, sobrecogidos. La historia del sufrimiento humano de Cristo va mucho más lejos y trasciende la simple visión de los “Cristos” y “Dolorosas” que recorren las calles de nuestros pueblos en la Semana Santa, donde la mayoría de los comentarios los ocupan la belleza artística de las imágenes o cómo va de bonito y bien llevado el “paso” por los costaleros.

a película es reproducción viva y real del sufrimiento de Cristo como expresión de amor a los hombres desde la perspectiva de un hombre de fe sincera. Esta película hay que verla a la luz de las palabras del profeta Isaías: “Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre Él, sus cicatrices nos curaron”.

ara muchas personas la película ha sido una verdadera meditación sobre el dolor de Cristo, transido de amor al Padre, su padre, y a los hombres, sus hermanos. Es un canto de amor a la humanidad este sufrimiento humano de Cristo, que tan bien refleja la película, y camuflarlo es poner paños calientes para no molestar a nuestra ‘pobre’ sensibilidad humana. Y encima tuvo todavía fuerzas para dirigirse al Padre y disculpar a sus verdugos: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.