reo que para todo cristiano y para todo hombre de buena voluntad, la Navidad debe devolvernos esa esperanza de paz, amor y justicia que perdemos a lo largo del año, debido a las calamidades, unas sucedidas y otras sólo anunciadas. La Buena Noticia de la llegada de un Salvador hoy, que no viene a condenar, sino a liberar al hombre, cautivo por tantos lazos voluntarios en que nos dejamos atrapar; que elige nacer entre los pobres para expresar su preferencia por los últimos y excluidos, es algo tan importante en nuestra vida, que no debe perderse entre el bullicio de las fiestas y la efímera alegría de los regalos.
se Niño, Jesús de Nazaret, es el Dios Creador del universo y origen de la vida. “Vivir la Navidad –ha dicho alguien- significa para mí saborear íntimamente el sentido genuino de la existencia: mi destino no será la nada, si no la plenitud del ser en el Inmortal Dios con nosotros”. Navidad nos recuerda que somos el resultado, no de una simple evolución natural, sino el resultado de un plan divino, por tanto, de unos seres trascendentes, dotados de capacidad de amar, de un amor que mira tanto al Creador como a los hombres, y que mira también a la naturaleza con respeto, como obra de Dios, que pone en nuestras manos. El recuerdo de la Encarnación de Dios, haciéndose uno de nosotros, de nuestra raza, a fin de demostrarnos su amor, hace que todas las cosas adquieran una cualidad humana nueva, que engrandece y trasciende toda la realidad humana llenándola de esperanza.
or eso, una Navidad sin Dios, laicista y “progre”, aunque sea solidaria, no es la Navidad. Tampoco es sólo la fiesta de la familia, de la amistad, del descanso y, menos aún, de la apoteosis del consumismo. Sí, debe ser siempre, la fiesta de la alegría, porque nos recuerda que un Dios se hace hombre para salvarnos y garantizarnos una vida perdurable y feliz. Por eso, la Navidad carece de sentido si no esperamos la gran fiesta cristiana de la resurrección de Cristo. La resurrección de Cristo nos trae la certeza de nuestra propia resurrección, de nuestro destino eterno. Y recordar que tenemos un destino eterno feliz, si lo hemos merecido, es necesario, así el recuerdo de la muerte no entristece nuestra vida, sino que la llena de esperanza.