ste es un tema siempre actual y sangrante: los niños explotados por el trabajo, los utilizados en las guerrillas y guerras internas de los países pobres y en constantes conflictos internos, la utilización de sus órganos para trasplantes, la prostitución... ¡Ojalá no fueran noticia! Esta sería la mejor noticia. Pero este es un hecho y un hecho doloroso por mucho que se repita. Es verdad que es mucho lo que hacen las organizaciones internacionales, ONGs y sobre todo la Iglesia católica por medio de sus misioneros, pero todo esto es insuficiente mientras los respectivos gobiernos no se tomen en serio el tema de los niños explotados en sus respectivos países.
ay que golpear una y otra vez la conciencia de quienes vivimos en países desarrollados y democráticos. Es verdad que en ocasiones, pero muy contadas, los medios de información y especialmente la TV, se hacen eco de esta realidad. Pero eso no es suficiente. Mientras la realidad sea esa hay que presentarla a fin de provocar vías de posibles soluciones. A este respecto hay que resaltar la labor, casi callada, pero incesante, que hace la Iglesia en los países subdesarrollados, sobre todo las congregaciones religiosas femeninas. En esta labor hay testimonios de entregar la propia vida luchando por evitar este comercio de niños, in-cluso en denuncias muy comprometidas.

rente a las palabras grandilocuentes y hueras de los políticos es im-presionante el trabajo callado y comprometido de tantos hombres y mujeres desconocidos que mantienen una lucha diaria heroica en los puntos más olvidados de la geografía del planeta. Un niño explotado es una perversión del ser humano. Quienes mantienen esta ignorada lucha merecen los mejores elogios y las mejores condecoraciones. Jesús mani-festó su amor por los niños y su preocupación por ellos cuando dijo a sus apóstoles “dejad que los niños se acerquen a mí” (Mc 10,14).