TEMAS CARMELITAS

Hace ya algún tiempo que nuestras religiosas vienen tomando conciencia del tesoro artístico patrimonial que guardan en sus monasterios. No lo fue así hace algunos años en los que las novedades de la liturgia nueva les fascinaron a las monjas e hicieron olvidar riquísimas muestras de piezas litúrgicas que relegaron a recónditos lugares de los que jamás salieron. Se llenaron, sin embargo, las sacristías de ornamentos litúrgicos de tan ampulosos y exóticos tejidos que más bien parecían excelentes paños destinados a cubrir alguna mesa camilla familiar de ámbito hogareño. Dígase lo mismo respecto a la imaginería sacra, verdaderas joyas y auténticas obras de arte sustituidas a veces por la más vistosa estatuaria de barro cocido o de cerámica de vivos colores, importados de las zonas andinas americanas y empleados hasta en estolas, vasos sagrados y paños de altar. Sé de algún párroco que aún hoy sólo consagra en copa de cristal como si se tratara de escanciar una buena cava.

No es el caso de nuestras carmelitas sevillanas. Me consta (y alguna vez lo escribiré para darlo a la luz pública), de qué manera lucharon por salvaguardar su en otro tiempo riquísimo patrimonio artístico después de ser expulsadas y expropiadas varias veces en el siglo pasado. Aunque mucho perdieron fue mucho más cuanto lograron salvar de aquel naufragio ocasionado por aquellos prohombres que se decían ser “progresistas”. Aún hoy tienen sus seguidores.

Pero tenían nuestras Madres sevillanas un Cristo que la tradición del convento les había transmitido ser de un buen es-cultor. Se trataba de un Cristo atado a la Columna de tanta tradición en los monasterios del Carmelo, y lo tenían para devoción de las religiosas en su propio refectorio. Hasta que un día decidieron las monjas entregarlo para una buena restauración a un jovencísimo restaurador amigo del convento y que labora nada menos que en el centro mismo de Triana: Javier Rodríguez Angulo (Roán). En tan mal estado se hallaba la imagen que al retirarla de su habitual lugar se les vino una pierna por un lado y se abrieron los clavos que unían cabeza y torso. Con sumo cuidado se trasladó la pieza entera al nº 121 de la famosa calle Alfarería y al afortunado restaurador le fue desvelado el guardado secreto por el tiempo; al levantar la columna en la que Cristo flagelado yacía atado, en su misma base y en su interior apareció esta leyenda: Pedro Roldán. 1677.

Ya no había duda. La confrontación con otras firmas autenticadas del famoso escultor no ofrecen la menor sospecha acerca de su autoría. Numerosos repintes, huecos rellenos con cemento blanco o pasta de papel, barnices oxidados, desprendimiento de la original policromía... “Todo un Ecce Homo en el sentido literal de la palabra”, declara el muchacho.

¡Bravo, Roán! Si así piensas y con este estilo tú trabajas, te auguramos como imaginero y restaurador todo un gran porvenir.

Con tales padrinos no habrá dificultad que se te resista. Nuestra admiración, Javier, y nuestro agradecimiento. En el templo conventual de Sta. Ana ya existen frente a frente dos obras de Roldán: el Niño de la Virgen del Carmen que preside el camarín, y este Flagelado a punto de morir. Todo un itinerario de Cristo salido de la gubia del Maestro sevillano.

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Ismael Martínez Carretero,
O. Carm.