Con
el P. José Donaire, iniciamos en esta página
de los 50 años del Carmelo Bético en Venezuela,
la visión personal de los protagonistas de esta
aventura de evan-gelización, de ayer y de hoy.
-¿Qué supone
para ti celebrar estos cincuenta años?
-En el año 96, concretamente el 17 de marzo, terminaba
de describir mi informe sobre la Vicaría, lo terminaba
diciendo: “Con Juan
de la Cruz, nos vemos precisados a tomar de los “verdes sauces” el
arpa abandonada y cantar: ‘estaba en mí mu-riendo, y en ti sólo
respiraba. En mí por ti me moría y en ti resucitaba, que la
memoria de ti daba vida y la quitaba’ (Romance al salmo 137, versos
23-27). En esos momentos podemos decir, con alegría y esperanza, con
ilusión
y fe que ‘El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’ (Salmo
125)”.
Cuando ahora me preguntas qué supone para mí esta celebración,
mi única respuesta es: seguir elevando mis manos al Señor y con
toda la Vicaría, a la que sigo íntimamente unido desde este remanso
de Jerez, dar gracias al Señor porque a pesar de nuestras deficiencias,
ha estado grande con nosotros y por eso estamos alegres, lo alabamos y lo
bendecimos.
-¿Qué ha
aportado el Carmelo a la realidad venezolana?
-Partamos del hecho de que el Carmelo es un colectivo humano y como tal es
un instrumento del amor de Dios para hacerlo presente en nuestra realidad
histórica.
Lo que se ve, lo que se palpa, son nuestras obras, pero la fuerza creadora es
la fuerza del Espíritu que “sopla donde quiere”. “Por
sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16) nos dice el
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Señor, y creo que ahí están vivos
esos frutos en las comunidades en las que nos hemos hecho
presentes con nuestros trabajos, con nuestros esfuerzos.
Si, limitados y deficientes, cierto, pero que con la
gracia de Dios, a lo largo de estos años, ha sido
posible ver sembrado el Reino de justicia, de paz y de
amor en muchos corazones que han estado unidos a nosotros
en este peregrinar.
-¿Cómo
ves el futuro de los carmelitas en Venezuela?
-Yo tengo fe en el proyecto universal del Carmelo en
el mundo. Estoy convencido de que el Carmelo es un camino
para vivir nuestra fe en Jesucristo, un camino
para proclamar el Evangelio. Estoy totalmente convencido de lo que dijo Santa
Teresita de sí misma, lo tenemos que vivir nosotros: “En el corazón
de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor” (B 3vº). Mientras
nuestras comu-nidades estén en esa línea evangélica de la “buena
nueva” de Jesús, mientras nos coloquemos en esa línea de
justicia, de paz y de amor: el Carmelo en Venezuela será una rea-lidad
permanente porque es el Reino de Jesús.
No olvidemos que ese Reino es pequeño como un “grano de mostaza” es
silencioso como “la levadura”, su puerta es “estrecha”;
pero es, sin lugar a dudas el lugar del servicio, de la solidaridad y de la paz,
desde la fra-ternidad y la entrega. Creo que todo esto es lo que, con todas nuestras
limitaciones y debilidades, se está tratando de vivir; por eso, repito,
tengo fe en el futuro de los carmelitas en esas tierras tropicales.
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