estaba
reflejado en las caras de los desheredados de la tierra”.
He recordado muchas veces las palabras de esta mujer cuando le preguntaban por
qué recogía a los pobres, a los hambrientos, a los abandonados
en las calles, llenos de llagas y miseria y la respuesta lleva el signo de una
persona profundamente enamorada, “porque son trozos de Dios”; y cuando
cansada de oír la cantidad de mujeres que abortaban invitó a todos
a comunicarle “si sabéis de alguna mujer que no quiera tener a su
hijo, decídmelo”.
Este es el eje de su vida, de su encuentro con los demás, de su amor a
Dios, que eclipsó al mundo entero, convirtiéndose en el personaje
más importante del último siglo que dio esperanza y consuelo a
los pobres, más pobres del mundo. En su entrega no había distinción
de raza, cultura, religión ni estado social; sólo la acogida, la
sonrisa en el rostro y su corazón abierto porque todos somos hijos de
Dios. Su caridad, su entrega, nace del mismo grito que Cristo pronunció en
la Cruz, “tengo sed”; tengo necesidad de ser amado en los demás
y que esta mujer hizo realidad con su inmolación. Su mensaje está fundamentado
y relacionado con los objetivos de Cristo, la salvación del hombre. Es
una lucha constante, sin descanso, ni desmayo, puesto que los problemas están
ahí las veinticuatro horas del día. El problema más importante
y donde realmente se demuestra la categoría humana y espiritual, la santidad,
de esta persona, es la noche oscura tremenda, que experimentó en este
proceso del encuentro y su inmolación por la salvación de las almas.
La ausencia de Dios, la oscuridad y el vacío de todo, produjo en su alma
una agonía parecida a la de Cristo en el Huerto de Getsemaní. Sólo
en la superación de esas pruebas es donde demostró el amor a Dios
y donde cobró fuerza la vivencia de Cristo. El encuentro posterior sólo
produce paz, serenidad, alegría y abandono en los brazos de Dios. Todo
es amor y entrega amorosa y desinteresada al amor de Dios y a los demás,
humanizada, hasta el extremo de sonreír, dar alegría, comunicar
paz, incluso en los momentos más duros de su vida.
El Papa Juan Pablo II, en su homilía de Beatificación, expresó,
con palabras sencillas, lo que hemos dicho anteriormente que “su amor era
Jesucristo, que se enamoró de Cristo y que
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respondió,
con auténtico amor, al grito de Jesús
en la Cruz: “tengo sed”. Su misión
y su objetivo fue saciar la sed de amor y de almas
de Jesús sacando fuerzas, dentro de su debilidad,
para recorrer el mundo y ayudar a los pobres, siendo
un signo del amor de Dios, de su presencia y de la
compasión de Dios”.
En el plano de la realidad ella misma se definió como “una mujer
de sangre albanesa, de ciudadanía india; por la fe soy católica;
por la vocación, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús.
Estas palabras dan fe de su origen, de su familia, de su pueblo, sometido a la
dominación turca y posteriormente a otras naciones. Sus pasos y su vocación
la llevaron después a la India, donde su vida, su forma de ser, sus vivencias
se encarnaron con los problemas y vivencias de ese pueblo, donde llevó a
cabo su misión, su vocación, su entrega a los pobres poniendo en
sus corazones el amor que ella sentía por Cristo, por el Corazón
de Jesús.
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