
Su
espiritualidad no nace por arte de magia; su personalidad
y comportamiento no es fruto de una acción momentánea
o de un impulso solidario ante un problema, que surge
en su camino, sino de un profundo convencimiento fruto
de una espiritualidad anclada en el amor a Dios a ejemplo
de Teresa de Lisieux, la santa enamorada de Cristo
Jesús, que emprendió el camino de la
santidad, basado en la ciencia del amor, cuyas características
son el encuentro amoroso con Jesús y su inmolación
por amor a los demás para evitar los dolores de
Cristo crucificado por amor a los hombres.
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La
madre Teresa de Calcuta, que vivió la glorificación
de esta joven carmelita por los años mil novecientos
veinticinco, calca en su vida esta sencilla espiritualidad
y enamorada de Cristo, del Sagrado Corazón
de Jesús, no se encierra en un convento de clausura, sino que sale a las
calles para mostrarnos el amor a Dios y su afán de mitigar los sufrimientos
que los hombres le causamos a Aquél que por amor se hizo hombre como nosotros
y murió en la Cruz. Se cuenta en su vida que un día “vio
la cara de Jesús y decidió entregarse totalmente a Cristo, ya que
su rostro
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