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Temas Carmelitas - El hombre de Teresa de Jesús

A principios de este año fue presentado en las «Teresas» de Sevilla un libro de Carlos Ros sobre la enigmática figura del P. Gracián. El autor, aunque extremeño por nacimiento, es sevillano por adopción, además de biógrafo por instinto y naturaleza, habiendo tenido por maestro y mentor a D. José María Javierre, un aragonés afincado en Sevilla donde encontró no sólo la fama, sino aposento con vistas a una Triana reflejada en las aguas de Río Grande.

El autor nos dice en la presentación de su obra que «no pretende ser un libro maldito, pero la historia de este singular religioso, preferido por Santa Teresa de Jesús para llevar adelante su Reforma, merecía ser contada, aunque pueda escandalizar a más de uno». Y en verdad que lo ha conseguido. Las acusaciones que se le hacen a Gracián respecto a su trato con las monjas, por ejemplo, son demasiado descarnadas y crudas a pesar de haber obtenido el visto bueno de las propias descalzas.
Figura controvertida la del P. Gracián, cierto.

El hombre de Teresa de Jesús, Jerónimo GraciánNo es fácil salir indemne de esta aventura de seguir los pasos y adentrase por los intrincados caminos por los que este empecinado fraile se empeñó en meterse durante toda su vida; el mismo autor confiesa haber salido «tocado» de tal seguimiento, manifestando que no es posible estudiar la figura de Santa Teresa, incluso su espiritualidad, sin tener en cuenta al P. Gracián, porque él no fue en su vida una figura secundaria sino tan fundamental e influyente que sin la luz que sobre la Santa proyectó en vida el P. Jerónimo su personalidad estaría incompleta. Como tampoco podríamos comprender la de Jerónimo Gracián sin el influjo determinante de la Madre Teresa en muchas de sus actitudes y decisiones.

Y es que el P. Gracián se asoció a la obra teresiana desde el principio mismo de la mal llamada «Reforma», a juicio del P. Pablo Ma Garrido, y cuando más necesitada estaba de una personalidad recia, abierta, intelectual («jamás letrado alguno me engañó», decía), espiritual, piadoso..., incluso apuesto como hombre y caballero en aquella corte de Felipe II en la que también tanta influencia tuvo al principio. Porque ni el P. Heredia ni el mismo Juan de la Cruz le servían para su gran proyecto y empresa, según Jiménez Duque.

Para Teresa el P. Gracián lo fue todo: «Cabal a mis ojos... Mejor que si lo hubiéramos pedido a Dios», y otras mil lindezas que dejó escritas sobre su adorable «Paulo» en interminables cartas nacidas del corazón.

El título del libro lo dice todo: «El hombre de Teresa de Jesús». Su afecto y cariño para con el de la Madre de Dios fue tal y tan radical que le recriminaba a veces no ser correspondida: «No le permito a usted que quiera más a su madre que a mí, porque su madre tiene otros hijos mientras que yo no tengo sino a usted que es mi "desaguadero"», se dice que dijo. Treinta años tenía Gracián cuando se encontró con Teresa que le doblaba en edad. Eran amores de otro mundo.

La biografía de Gracián está muy bien perfilada, pero un tanto desenfocada, fuera de su auténtico marco histórico. Una vez más nos hallamos ante una historia ma-niquea, la clásica de buenos y malos, figura envuelta primero en los clásicos tópicos de la persecución por parte de los «calzados» y más tarde masacrado por los suyos propios, inmolado como víctima inocente.

Pienso que Gracián no fue ni lo uno ni lo otro. En primer lugar porque él mismo se metió en todos los charcos habidos y por haber, con sólo tres meses de profeso en una Orden que desconocía, con apenas treinta años, quebrantando las normas más elementales de unas Constituciones que terminaba de prometer observar usque ad mortem, enfrentándose al propio General de la Orden. Y lo que es más grave: secundando lo que constituía una auténtica agresión por parte de una orden extraña a la del Carmen, la de los dominicos, haciendo oficio de Visitadores y Reformadores, que cualquier otra orden hubiera rechazado por elemental dignidad y por muy poca estima que de sí tuviera. Fue justo lo que hicieron los andaluces: revelarse contra un imberbe, inconsciente y engreído con ínfulas de reformador, que bien merecido lo tuvo, sin que para ello se tenga que recurrir a verdaderas infamias sobre una orden religiosa que en Sevilla, al menos, era tan digna y honorable como cualquiera otra de aquel tiempo y circunstancias.

Todo ello conlleva un léxico que pretende ser coloquial en una obra que se considera seria y documentada, resultando a veces chirriante el empacho de toda una anacró-nica jerga de «calzados», de mitigados y relajados, los del paño..., etc. Por el hecho mismo de que se emplearan en aquel tiempo no avala su uso hoy; tampoco a los mercedarios se les llama «mercenarios» en la actualidad. Lo de «calzado», por tanto, es un mote que se debe entrecomillar si se usa, porque jurídicamente no existe; el uso de tal remoquete, por tanto, se debiera haber empleado con más discreción y propiedad en una obra seria.

Jerónimo GraciánTampoco es correcto el sentido peyorativo que se le da al término de «mitigados» porque ni la misma Santa Teresa llegó a entender el verdadero alcance de las tan injustamente denigradas «mitigaciones», sin las cuales la Orden del Carmen no hubiera sido ni tan siquiera orden. Fueron una gracia, no una degradación. De ahí que, en frase del P. Garrido, el término de Reforma está mal empleado porque nunca existió. El mismo P. Gracián se vanagloriaba de observar la regla mitigada cuando pasó a la Observancia.

Fuera del deficiente fondo histórico y aparte de algunos errores (por ejemplo, ni Gibraleón fue el primer convento de los Carmelitas en España ni los hermanos Nieto eran andaluces), hemos de lamentar que, de las 536 páginas de que consta la obra, sólo se le dediquen 60 a los casi veinte años que Gracián vivió en la Observancia, tantos casi como en la propia descalcez, y tal vez la más rica y fecunda época de cuanto hizo por la «reforma», clave de su pensamiento y ministerio.

Porque, en frase del P. Smet, «desde su admisión en la Orden en Roma en 1595, Gracián siguió llevando, ahora con plena libertad, el mismo estilo de vida que le había ocasionado la expulsión de los descalzos». ¡Qué paradoja! Materia abundante para otro libro.

Una biografía, en suma, «que merecía ser contada», cierto, pero incompleta, fundamentada esencialmente en la obra del P. Anselmo Donázar Zamora, Principio y fin de una Reforma (Bogotá, 1968). ¿Piensa Carlos Ros como el citado autor, que con Gracián se dio comienzo y se terminó la así llamada Reforma Teresiana?

Ismael Martínez Carretero,
O. Carm.