Como siempre Cristo nos señaló un camino para que el hombre fuera protagonista de su propia historia, sin concesiones a la galería y que lejos de los fantasmas de su tiempo, fuera un canto a la verdad, como fuerza expansiva hacia Dios y hacia los demás. Cristo en su caminar histórico, soportó las discriminaciones de su tiempo, sufrió injurias, fue difamado y condenado como hereje, tenido como loco, poseído por el demonio y amigo de gente de mala fama.

No se sometió a la sociedad de su tiempo, que había tergiversado muchas cosas importantes: el hombre era tenido en menos consideración,
que el mero cumplimiento de la ley; el
culto a Dios estaba desligado del hombre; los sacerdotes del culto sólo perseguían el poder; el cumplimiento externo de la ley santificaba: la marginación era un problema acuciante; el templo había sido convertido en un comercio.

Cristo se enfrentó con los poderes constituidos, no por la violencia, sino con la fuerza de la palabra, de la verdad y cambia todo el sistema constituido alrededor de la religión, y establece la primacía del hombre, de la justicia y de la misericordia, por encima del culto, de los sacrificios y de la ley, como elementos imprescindibles para la realización del hombre.

De acuerdo consigo mismo, con su proyecto de un hombre y un mundo nuevos, nos señaló un camino que garantiza y fundamenta nuestra andadura histórica y nos libra de las ataduras y complicaciones que nos puede imponer un tipo de sociedad o cultura ajena a los problemas del hombre.

Abre este singular camino las palabras del evangelista San Juan: “la verdad os hará libres”, que expresa la realidad de su personalidad y su talante respecto a todo aquello que pudiera romper su libertad e independencia. Son palabras
que elevan a Cristo, como personaje histórico, lo relacionan con Dios-Padre y lo acercan a la realidad del hombre.

 

Un nuevo horizonte aparece con Cristo y él mismo se constituye como fundamento de ese camino cuando afirma: “Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad y todo el que es de la verdad oye mi voz”. Esencialmente se une a la verdad, se obliga a amarla apasionadamente y a buscarla sin tregua; a darnos las pautas para distinguir entre lo falso y lo aparente; lo que interesa y lo verdadero; a someter los caprichos, arbitrariedades y tendencias, a una disciplina libremente asumida: a contrarrestar en la realidad y en la acción las fantasías y deseos; a aprender siempre en los sufrimientos y a vivir un horizonte de esperanza.

Con esta actitud Cristo nos enseña a amanecer todos los días a una esperanza nueva, a apartarnos de las concepciones odiosas, que

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