Si se comenzara diciendo que los carmelitas ya veneraban a la Virgen María 900 años antes de que ésta naciera, la que el Profeta Elías contemplara bajo el aspecto de la Inmaculada en aquella Nubecilla de que nos habla la Biblia (1Re,18,44), y que la propia Virgen y el Niño Jesús visitaban a “sus” carmelitas en el Monte Carmelo desde la cercana Nazaret, posiblemente más de uno renunciaría a seguir leyendo y pasaría página extrañado de que todavía se sigan escribiendo tales simplezas por muy devotas que parezcan a los ojos del benévolo lector.
Sin embargo, los carmelitas del siglo XIII y XIV así lo creían y hubieran dado la vida misma para demostrar que todo aquello era rigurosamente cierto. Y es que no sólo estaban convencidos de lo que para ellos era evidente, sino que en torno a esta supuesta visión giraba toda su espiritualidad eminentemente mariana y la razón, por tanto, de su propia existencia.
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Siglos duró la polémica sobre el origen eliano de la Orden del Carmen y su vinculación directa con la dimensión mariano-profética emanada de la propia Biblia, polémica reavivada a finales dl siglo XVII por el jesuita Papebroch y los famosos bolandistas. Fue la misma Santa Sede la que hubo de intervenir imponiendo silencio de una vez para siempre haciendo erigir en 1727 y en el crucero mismo de la gran basílica de San Pedro del Vaticano una gran estatua de San Elías como “Padre y Fundador de la Orden Carmelitana”, obra colosal de Cornacchini. Desde entonces así figura entre los fundadores de las grandes órdenes religiosas.
¿Qué valor científico puede tener el mito o la leyenda y cómo encajarlo dentro de la realidad histórica? En primer lugar hay que decir que al menos la mentalidad de la época en la que se acepta tal leyenda como verídica es precisamente la misma con la que se identifica;
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