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| Es difícil especificar el momento en el que nos encontramos, pues las circunstancias, que nos rodean, no son propicias para saltar de alegría o para expectativas que nos iluminen. Cada día los problemas van aumentando, las sonrisas se van apagando y los corazones están inquietos por unos acontecimientos, llenos de nubarrones, que van endureciendo los sentimientos. No encontramos un auténtico sentido y las promesas se van perdiendo en el aire como el rocío de la mañana bajo los rayos del sol.
El mundo avanza de una manera imperiosa, pero un tanto desconcertante, poniendo cimientos de barro donde debía abundar el acero dando consistencia a esa sociedad tan versátil e inconsciente.
Los políticos, en vez de solucionar y ponerse de acuerdo en la estructura social de nuestros pueblos, en motivar su identidad y cultura, en conservar la unidad, en convivir pacíficamente, respetando la idiosincrasia de cada pueblo, sus costumbres, sus creencias, su religión, en solucionar los problemas del hambre, del paro, de la violencia, del terrorismo, sólo procuran blindar su ego, procurando convencer, con fórmulas carentes de sentido, proyectos, con presupuestos inciertos, abonados con intereses políticos y faltos de amor y de verdad, condenándolos a la apatía más grande de toda la historia.
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La nueva sociedad o la democracia, nació bajo los auspicios de la libertad, solidaridad, convivencia y justicia, buscando, como meta la paz, huyendo de la división y procurando el bienestar y el bien común.
Con el correr del tiempo y cuando la sociedad alcanzaba un bienestar asequible, prestigio internacional asequible y un progreso económico digno, parece que circunstancias coyunturales quieren romper todo ese proyecto o buscar otras soluciones más adecuadas.
Los últimos acontecimientos están poniendo en entredicho una sociedad en libertad y se están dibujando unas leyes que retrotrae nuestra historia a tiempos pasados donde todo giraba alrededor de unos principios inamovibles y conformes al poder establecido. Además en el orden moral, la permisividad, en todos los órdenes, está dividiendo a la sociedad y abriendo heridas difíciles de cicatrizar.
Todo esto supone una burla a la misma democracia y a la libertad, y, sobre todo, es un atentado contra la presencia pública de los que piensan de modo distinto y un crimen contra esas personas a las que están sometiendo al olvido total, acusándolas de infundir ideologías o informaciones que engendran una opinión diferente a lo que se les propone. Se presentan como lo mejor posible y los mayores garantes de una convivencia pacífica.
Sin embargo los espacios de la libertad están comenzando a depender de organismos, creados ad hoc, para sancionar a periodistas, cerrar medios y conseguir que todos respiren por un órgano administrativo oficial, que impone la verdad y que todos deben aceptar. Por otro lado sorprende, que gracias al relativismo, que acciones atroces, cometidas por asesinos menores de edad, sean consideradas, como producto de unos pobres muchachos, incomprendidos, culpando a su familia, cargada de trabajo y responsabilidad o a una escuela permisiva o sobre una sociedad que ha cerrado los psiquiátricos, como centros de rehabilitación o recuperación, pero nunca los Estados o Gobiernos se echan la culpa de todas esas acciones que suceden diariamente sin consecuencias penales.
Silenciar opiniones, coartar libertades, llamar la atención, callar a los que son incómodos, es aventurar una epopeya que en una sociedad amante de la libertad y de sus derechos puede re-sultar contraproducente. Lo difícil y complicado es entender el poco respeto por la libertad y el acercamiento hacia prácticas totalitarias.
No es extraño que desde organismos internacionales se rechace, de plano, cualquier iniciativa contra las normas democráticas y la libertad de expresión. La misma sociedad también está tomando medidas públicas porque lesionan y atacan derechos fundamentales de la persona.
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Mientras en el foro interno nos movemos con estos y otros problemas, a nivel internacional, asistimos a una lucha ideológica entre Estados y entre organismos internacionales acusándose mutuamente de querer invertir el orden social establecido, proponiendo, cada grupo, soluciones conformes a sus intereses y buscando una posición preferente en el mundo.
La conclusión es que o buscamos un diálogo entre todos, que sería lo deseable, o permanecemos en una lucha constante. Creo que los acontecimientos nos están invitando a todos a la reflexión, si no queremos vernos envueltos, desgraciadamente, en revoluciones, que están esperando, con ansiedad y en términos de justicia, formar parte de los bienes de una sociedad científico técnica. |
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Haciendo fuerza sabemos, que en me-dio de estas incongruencias o despropósitos se asienta el terrorismo. El Papa señala que la «paz» sigue estando en peligro y negada, de manera dramática, por el terrorismo, que con sus amenazas y acciones criminales, es capaz de tener al mundo en continua ansiedad e inseguridad.
Sus palabras nos llevan a un análisis de la realidad y a asentir, con profundo dolor, a la verdad de sus palabras.
El planteamiento del terrorismo o de los descontentos se puede hacer en los términos siguientes: No queréis solucionar los problemas del tercer mundo, pues vamos a introducir en la sociedad elementos subversivos que rompan vuestra tranquilidad.
No queréis ser solidarios con millones de personas solitarias, negadas a la justicia, paseando su miseria por todo el mundo, sino seguir con negocios inconfesables, que reportan muchos millones de euros, pues vamos a imponer impuestos revolucionarios que desorienten vuestra comodidad.
Queréis progreso, unidad, seguridad, comodidad, lujo, confort, sin tener en cuenta los problemas que están padeciendo otra gran parte de la sociedad, pues vamos a irrumpir en vuestro mundo, en vuestras familias, dando motivos para mover vuestras conciencias hacia situaciones que ponen en entredicho vuestros sentimientos y vuestro duro corazón. No queréis cooperar en la solución, in situ, de los problemas del tercer mundo, pues se va a poner en movimiento una cantidad de gente tan grande que no va a existir fuerza humana que pueda detenerla. Estáis acostumbrados a cometer grandes injusticias, apoyados en intereses políticos, pues vamos a hacer uso de bombas humanas, de incendiarios teledirigidos, que organicen matanzas increíbles.
Todo esto es consecuencia de unas situaciones insostenibles, pero también es verdad que esos países, donde abunda el terrorismo, la injusticia, sus dirigentes prometen una revolución social para solucionar los problemas de sus pueblos y se quedan sólo en propuestas que amargan sus esperanzas convirtiéndolos en peleles en manos dictadores inconscientes y corruptos que los conducen a situaciones conflictivas o de revolución y a la lucha por su supervivencia. El gran pueblo merece que los dejen en paz, que no existan más guerras y antagonismo y les den una esperanza fundamentada en hechos.
Pero esto, por lo visto, no es suficiente para rendirnos ante la realidad, que tenemos a la vista, que está descomponiendo a la sociedad, y está produciendo un revuelo en el campo de las libertades y del comportamiento humano de una manera organizada y constante. |
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El Papa, en una de sus intervenciones, ha señalado que todos estos problemas no han nacido por casualidad, sino que son consecuencias de un largo proceso, cuyo armazón intelectual o su corazón son el «nihilismo» el «fundamen-talismo» y el «relativismo».
El nihilismo es la negación de todo, es el vacío absoluto del hombre. «El hombre permanece sólo con su libertad». El hombre se enfrenta a una nueva realidad, que su propia soledad y al vaciarlo de todo, de verdades o de realidades absolutas y de los valores, que sostienen esa realidad absoluta, se siente incapaz de dar sentido a su vida, crear unos nuevos valores y una nueva moral, que respete, mínimamente, su dignidad de hombre. Con esta nueva concepción, con la muerte de Dios, lo lógico es que la existencia no tenga sentido y desaparezca el fundamento de la vida. Las consecuencias son nefastas porque no hay regla, ni fundamento, que la garantice. De aquí el terrorismo, a las acciones irresponsables, a la negatividad, a su manera de vivir la libertad, sólo hay un paso. Asistimos a la fragmentación de todo incluso de la conducta humana.
 La otra vertiente es el fundamentalismo religioso, que se convierte en uno de los apartados más importantes de nuestra historia reciente, por su fanatismo, su afán destructivo y la capacidad de llevar a cabo sus propósitos.
No nos interesa hacer una historia del fundamentalismo sino sólo ver su importancia en la sociedad actual. La realidad del fundamentalismo es que «sus objetivos lo consiguen bajo la creación de una ética de la convicción». Hay un responsable de la muerte de un hombre, que se sir-ve de las acciones de otros, para alcanzar unos objetivos comunes. De este funda-mentalismo nace la intolerancia y se auto-proclama como portador de la verdad bajo unas creencias o la subordinación a una autoridad. Para el fundamentalismo «las armas son un recurso, el suicidio es una paso definitivo hacia el paraíso».
Somos su objetivo y nos asusta recordar sus indiscriminadas y aberrantes acciones. Posiblemente esos grupos están dirigidos por cuestiones de carácter político o por situaciones de injusticia en las que viven o provocadas por una lucha cultural en defensa de su modo de vida frente a Occidente.
Lo mismo que el nihilismo y el funda-mentalismo socavan los cimientos de la sociedad, el relativismo impera en el ámbito moral, religioso y político, debilitando todo lo que encuentra a su paso.
El principal argumento para desorganizar todo este mundo es la hipocresía, que parte del anuncio de un mundo feliz para deslizarse en los campos de la mentira, de la falacia, de la inoperancia y de la continuidad de las mismas cosas de siempre. Además se está recurriendo al relativismo para justificar lo injustificable. Se dan pasos importantes en la democracia y por arte de magia, se retrocede a espacios donde la libertad se coarta, donde los principios más ricos en solidaridad y en convivencia se ponen en cuarentena y donde los comportamientos están exentos de responsabilidad.
Dentro de este pensamiento relativista hay que pensar, que asistimos a una des-control de los medios informativos, donde lo que se recibe es una deformación de la realidad en la que difícilmente se puede distinguir entre lo bueno y los malo, lo correcto o incorrecto y lo real o imaginario. |
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Una de las obsesiones de los Papas, en los últimos tiempos, ha sido preservar la dignidad humana contra todos esos atentados, defender el mensaje de Cristo a todo hombre y abrir un diálogo respetando la verdad del otro para compartir la dicha de la verdad, de la concordia, de la paz.
Por esos caminos del terrorismo, del fanatismo, el hombre no va a conseguir nada porque rechaza sistemáticamente el diálogo y desprecian todo tipo de tolerancia hasta el punto de imponer la violencia en la sociedad. Su mensaje es aniquilar todo sistema, que se oponga a su fanatismo, a sus creencias o a su discurso contra la cultura. Estos sistemas se están convirtiendo en un polvorín que explota indiscriminadamente contra cualquier objetivo.
Hay algunos estudiosos de esos sistemas que abrigan alguna esperanza porque la historia supera estos fanatismos y esperan salir de las tinieblas y encontrar el camino de la luz.
Una de las expectativas para asumir ese rayo de esperanza sería deponer, por una parte, todo el protagonismo de Occidente, por su afán de colonialismo, Una de las obsesiones de los Papas, en los últimos tiempos, ha sido preservar la dignidad humana contra todos esos atentados, defender el mensaje de Cristo a todo hombre y abrir un diálogo respetando la verdad del otro para compartir la dicha de la verdad, de la concordia, de la paz.
Por esos caminos del terrorismo, del fanatismo, el hombre no va a conseguir nada porque rechaza sistemáticamente el diálogo y desprecian todo tipo de tolerancia hasta el punto de imponer la violencia en la sociedad. Su mensaje es aniquilar todo sistema, que se oponga a su fanatismo, a sus creencias o a su discurso contra la cultura. Estos sistemas se están convirtiendo en un polvorín que explota indiscriminadamente contra cualquier objetivo.
Hay algunos estudiosos de esos sistemas que abrigan alguna esperanza porque la historia supera estos fanatismos y esperan salir de las tinieblas y encontrar el camino de la luz.
Una de las expectativas para asumir ese rayo de esperanza sería deponer, por una parte, todo el protagonismo de Occidente, por su afán de colonialismo, implorando la unidad y evitando todo sistema de discordia y desunión. El mensaje de Cristo ha llenado al mundo de testigos que han desarrollado una acción «perturbadora» para los que gozan del «bienestar social» ajenos a cualquier otro problema y «beneficiosa» para los más necesitados. Su afán ha ido encaminado a sustituir los elementos negativos de este mundo por signos positivos.
Frente a un mundo lleno de egoísmo, odio, violencia, la fuerza del testimonio del amor, identificado con los problemas del mundo, aunque esto signifique una provocación o una intromisión en una sociedad laicista, ha estado siempre presente. Esta acción renovadora abarca todos los campos de la persona humana. Nadie puede, mediante la violencia, como dijo Juan Pablo II, «imponer la propia convicción acerca de la verdad, en vez de proponerla a la libre aceptación de los demás».
Lo más normal dentro de este maremagnum social tan conflictivo, es que el hombre tome conciencia de que por el camino del enfrentamiento no puede conseguir nada y hay que volver la mirada hacia otros espacios menos conflictivos y más adecuados a la psicología humana.
Nuestra mirada tiene necesariamente que volver a encontrarse con Dios que resume en sí mismo la felicidad del propio hombre.
P. José Glez. Palma, O. Carm.
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