TEMAS CARMELITAS

“Hec breviter scripsimus vobis”
La Orden del Carmen nació hace ocho siglos en Tierra Santa como laica institución de carácter eremítico y en tan singulares circunstancias que ne-cesitó casi medio siglo para erigirse en orden propiamente dicha en un largo y doloroso proceso de adaptación; su emigración forzada a Europa y su inevitable acomodo al estilo de los mendicantes dio lugar a lo que en toda propiedad se denomina de refundación. Aquella breve formula vitæ, normas de vida o Regla que de tan sucinta forma (hec breviter scripsimus) escribiera San Alberto a los primeros ermitaños del Carmelo, difícilmente era practicable en ambientes tan distintos a los de su lugar de origen. De ahí que todo intento que a lo largo de la historia se hizo por un “retorno” al mismo status de origen siempre fue tan utópico como inútil por la sencilla razón de que aque-llas mismas circunstancias propias del medioevo y de las Cruzadas nunca más se volverían a repetir.

Sin embargo, por el hecho mismo de haber surgido aquella primitiva comunidad de ermitaños en la misma tierra de Jesús, “en cuyo obsequio decidieron vivir”, surgió un propositum colectivo, un proyecto que Alberto de Jerusalén dejó plasmado en aquella primitiva fórmula de vida, dando por resultado todo un “proyecto evangélico” en el que la Sagrada Escritura preva-lece por encima de cualquier otro texto moral o jurídico. Aquel conjunto de textos bíblicos tan perfectamente imbricados en una original y concreta norma de vida quedó intacto, pese a su jurídica adaptación en 1247, gracias a la cual el proyecto albertino quedó plasmado en Regla y su fuente carismática íntegra. De ahí que sea tal su fuerza carismática que ha inspirado a

 

más de un centenar de instituciones religiosas y ha regido la vida cristiana de muchos laicos comprometidos. Veamos un claro ejemplo de cuanto hasta aquí hemos dicho.
Cuando Hans Urs von Balthasar escribió El cristiano Bernanos, recientemente traducido al italiano, sólo pretendió trazar el perfil espiritual del gran novelista francés como escritor cristiano y valiente, “que no se nutría de manuales de teología, sino del Catecismo y de la oración ardiente, de los sacramentos, de la herida cotidiana infligida por un mundo pecador y ciego, de la fe viva capaz de responder a todas las demandas que, día tras día, la existencia planteaba”, según manifiesta su propio autor. Y al tratar de hacer el retrato espiritual de Bernanos, el gran teólogo recurre a la armadura cristiana diseñada por San Pablo (Ef 6, 10-13), y que recoge la Regla albertina en su capítulo XIV (hoy art. 18-19), bajo el cual modela y describe al novelista francés con estas palabras:

“Cuando un hombre se reviste de la armadura de Dios para rechazar las intrigas del diablo, y permanece firme e íntegro en cualquier circunstancia; cuando resiste ciñéndose con la Verdad, con la coraza de la justicia, siempre dispuesto a predicar el Evangelio de la paz; cuando se pone el yelmo de la salvación y empu-ña la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; cuando se defiende con el escudo de la fe de los encendidos dardos del Maligno, cuando en la tempestad no cesa de rezar y suplicar; entonces, al contacto con tales armas que le van modelando, un combatiente de este género será poseedor de la verdad, aunque nunca haya pisado una biblioteca”.
Hans Urs von Balthasar conocía

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