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| Nadie duda que Europa está prescindiendo de Dios o perdiendo sus raíces cristianas que han sido uno de los pilares fundamentales de su historia. Nadie duda que la U.E. está en crisis, puesto que no alcanza los objetivos que se había propuesto y han fallado los mecanismos necesarios para conseguir una Europa unida.
El Señor Matthias Wissma, Presidente de la Comisión de exteriores del Parlamento alemán, en una entrevista en el diario «La Razón» decía «Debemos ser conscientes de la evolución cultural de Europa durante los últimos siglos y que se basa en el Cristianismo, el Humanismo y en las Sociedades libres. Debemos insistir en los pilares de la U.E. Los valores sobre los que fundó y crear ilusión en la opinión pública con la visión de una Europa unida».
Las circunstancias actuales están muy distantes de esos principios soberanos, que cumpliéndolos, darían preponderancia en el mundo y libertad para conservar su cultura.
Son muchos los problemas que tiene planteados Europa, política migratoria y antiterrorista, política sobre energía común, el problema de nuevos socios, la Constitución, problemas económicos, pero nada tendrá solución si Europa no transmite todo lo que ha recibido de su historia y que la han hecho grande.

El cristianismo es la fuente de la cultura, de todo lo que hace al hombre grande, del amor y del perdón. De la realización plena del hombre y de la solidaridad con todos los pueblos. La sociedad libre es la magia que convierte al hombre en dueño de sí mismo. Es la apoteosis a la que el hombre puede llegar y en la que se siente realizado y libre de todas las ataduras.
El humanismo es la consecuencia de todo lo anterior. El hombre bajo esos principios no puede ser egoísta, no puede tener odio, no puede pisotear a los demás. Sólo quiere el bienestar de los demás.
El problema es que si rechazamos esto, si no somos capaces de defender nuestra historia, nuestra cultura, nuestros valores, nuestras creencias, nos encontraremos en el vacío más espantoso que podemos imaginar.
Lo malo es, que sin darnos cuenta, estamos metidos en un posible estado de destrucción al dejar pasar nuestra historia sin hacer nada, sin defender nuestra categoría de hombres libres, creados a imagen de Dios, de donde proviene la verdadera libertad.
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Las estadísticas sobre las separaciones, los divorcios son escalofriantes, no sólo por las cifras, en el año dos mil cinco se produjeron en España ciento cuarenta y nueve mil, cada tres horas con cinco minutos se produce un divorcio o separación, sino también por las consecuencias negativas para la sociedad, la familia, los hijos, que poco a poco, se va perdiendo.
Las diversas Instituciones del Estado están introduciendo y amparando otras formas de matrimonio muy alejados de lo que nosotros concebimos matrimonio, basados, entre otras cosas, en la misma naturaleza humana y han aprobado leyes, matrimonios gays, el divorcio exprés, que han acentuado el número de rupturas matrimoniales. La historia dará razón cumplida de las consecuencias para la sociedad, la familia y, sobre todo, para los hijos.
La Iglesia es líder, entre otras organizaciones, en defender el matrimonio, como fundamento de la familia y de la sociedad y el bienestar de los hijos. Su preocupación es que el mundo tome conciencia de la importancia del matrimonio, de las familias. El matrimonio es la participación del amor de Dios.
Un amor que es una donación cuyo desarrollo está por encima de todos los acontecimientos diarios, por encima de desengaños y fracasos y de intereses particulares en beneficio del otro.
La palabra «dar» en el matrimonio es lo más significativo que se complementa con la palabra «recibir» que abren el camino a la felicidad. El compromiso matrimonial es más que palabras, compromete al «amor de verdad» que lo perdona todo y debe estar protegido por todas las leyes, por toda la sociedad y por todas las Instituciones para salvaguardar el matrimonio, la familia, que tiene que ocupar un lugar de privilegio en la sociedad.
En este contexto se produce la educación en el amor, la educación en valores, las actitudes de servicio a los demás, de respeto y el valor de la persona que se desarrolla bajo la labor educativa de los padres.
Siento profundamente que se estén produciendo, por diversas razones, situaciones conflictivas sobre el matrimonio, que no se valore su importancia en la sociedad, que se premie otras formas de convivencia o de amor ajenas a toda cultura y a la propia naturaleza humana. Una llamada a la sociedad sería suficiente para que esas innovaciones no tuvieran garantía. Todos debemos procurar defender lo que puede consolidar a una sociedad sin fisuras.
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Tengo como referencia para este trabajo lo publicado por Ecclesia el día nueve de Septiembre del dos mil seis con motivo de los setenta años de la guerra civil española.
Efectivamente, hace setenta años que España atravesó una época difícil y complicada. Se inició una gran persecución religiosa. En esta época España quedó dividida en dos sectores, vencedores y vencidos.
No es mi intención recordar esa historia, sólo hacer un breve análisis para simplemente aclarar conceptos.
La realidad histórica de la Iglesia, después de muchos muertos sin que ésta tomara partido, durante ese primer período, nos mueve a hacer un breve comentario.
Los hechos demuestran que la persecución tenía por objetivo, no sólo matar a sacerdotes, Obispos, religiosos, monjas, seglares, sino exterminar todo aspecto religioso, Iglesias, imágenes, culto o quemando Iglesias o convirtiéndolos en mercados, cuadras, cuarteles, cárceles o almacenes. Ni siquiera la presión exterior pudo cambiar la situación. Tanto era el odio contra la Iglesia y el cristianismo.
La postura de la Iglesia, expresó su deseo de vivir en paz y estuvo al lado de los vencedores porque era la única posibilidad de sobrevivir.
La historia hay que dejarla tranquila y no revivir momentos difíciles y sentimientos encontrados, pues estoy convencido, que tanto de un lado como de otro hubo hombres valientes comprometidos con sus ideas.
Lo que no entiendo es por qué, después de tantos años se quiera remover toda esa historia y que se intente conseguir, con documentales partidistas de la república, poner en ridículo a millones de personas que defendieron otros ideales.
Si escuchamos sus palabras y oímos sus argumentaciones sobre la República, si comprobamos la obsesión por establecer un pensamiento único, una educación laica y los impedimentos, cada día más fuertes, contra la Iglesia, podemos concluir que el panorama no es propicio para una integración de todos, sino el principio de una larga lucha por imponer unos principios rechazados, por lo menos, por la mitad de la sociedad.
Salen a luz ideologías fracasadas, perdidas en la historia, trasnochadas, a las que algunos no están dispuestos a ceder. Lástima que perdamos la oportunidad de crear algo importante en nuestra nueva historia presidida por la democracia. |
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A fuerza de ser pesados tenemos, una vez más, que hablar de la familia, debido a la importancia que tiene en la sociedad y no estamos dispuestos a que fuerzas extrañas influyan hasta el extremo de desfigurar su presencia en el mundo.
La presencia de la familia en la sociedad asume la responsabilidad de defender su «status quo», la estabilidad de su matrimonio, su compromiso en la educación de sus hijos y su presencia en todos los problemas sociales y en su vertiente, como parte de la comunidad cristiana, para prestar ayuda a los miembros más débiles de la comunidad.
Es cierto que desempeñar estos compromisos requiere una estabilidad nacida del amor mutuo del hombre y de la mujer, que se abre, en una actitud de servicio, a la sociedad con credibilidad y garantía suficientes.
Estas familias, por su importancia, deben ser apoyadas, ayudadas, por todas las Instituciones. Olvidar esta obligación contribuye a desmontar toda su labor familiar y social.
Sin embargo, hoy día, hay profundas transformaciones que han llegado también al ámbito familiar rompiendo o intentando romper su legitimidad.
La situación económica, sobre todo, en países pobres, pueden disgregar o separar a los miembros de la familia incidiendo este hecho en su estructura educativa y social.
En el mundo de hoy identificar a alguien con el apelativo de «conservador» significa condenarlo al rincón de los recuerdos y perder toda posibilidad de innovación, de adaptación y de progreso. El pensamiento laicista se atreve a apropiarse el concepto de familia introduciendo nuevas fórmulas, matrimonio gays, divorcios exprés, separaciones a la carta, que destruyen las características esenciales del matrimonio y los valores de los que siempre han hecho gala las familias. Lo más destructivo, infame, negativo, es llevar su actitud sobre la familia al plano de la injuria y el desprecio, a la desconsideración y a la crítica despiadada.
La familia es el elemento básico de la sociedad. Todos debemos defender la Institución que nos da amor, que está pendiente de nosotros, que nos espera siempre, que reza por nosotros, que su recuerdo endulza nuestros corazones y aviva el deseo de estar o gozar de su compañía.
La gran realidad de la familia debe orientar nuestra vida, consolidar nuestra fe, alimentar nuestra educación, respetar a los demás y transmitir la fe y la solidaridad en el contexto social y cultural que vivimos.
P. José Glez. Palmas, O. Carm.
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