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Oímos con frecuencia que el amor se ha roto. Ha fallado y nos preguntamos si realmente ha fallado el hombre y la mujer, que se han prometido amor eterno o ha fallado la sociedad, que ha puesto el ambiente necesario para que el hombre se rompa y no ha creado las estructuras necesarias para que el hombre se desarrolle normalmente.
La realidad de esos dos momentos reales es que la sociedad ha cambiado el rumbo del hombre adaptándolo al relativismo, que ha puesto todas sus esperanzas en romper el valor natural que tienen las cosas necesarias para vivir con poderío sus propios sentimientos y ha sido el hombre porque en su comportamiento sólo vemos violencia, odio y guerra.
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Donde realmente vemos que el amor se ha roto, sin más explicaciones, es en el matrimonio, en las relaciones de pareja, en la convivencia diaria que aceptamos, como autómatas, como personas sin rumbo, sin criterio, como personas acostumbradas a las imposiciones del ambiente, sin tiempo, ni ganas, para enfrentarse al capricho del mundo y de sus intereses.
Se han perdido los valores que garantizan la perpetuidad del amor, de la convivencia. Se ha producido un cambio de valores que llevan a la descomposición del amor. No hay continuidad en los sentimientos más profundos de la persona. El amor se ha convertido en un pasatiempo sin obligación alguna.
Se ha pasado de una situación que valoraba todo lo permanente, a una sociedad que solo considera lo pasajero, lo que pasa, lo que no tiene consistencia. Da un poco de miedo ver, a través de los medios informativos, la propaganda de fiestas, reuniones, aglomeración de gente joven, cuya fuerza está basada en la música, en la bebida y en el sexo. Días y días brincando al son de la música con unos ingredientes absorbentes y cautivadores que atraen a la juventud y la convierten en una masa amorfa llena de alcohol, sexo y violencia.
Esta situación repetida de una manera normal en la juventud se ha convertido en una constante que ha invertido el modo de ser, las costumbres, las creencias y el ser y vivir de ese mundo atípico. Cuando esta manera de ser queremos conjuntarla con otras personas para formar una familia, con un sistema de vida con obligaciones, con la preocupación de trabajar por los demás, rehuyen esta situación y vuelven la espalda a esas estructuras complicadas y ajenas a su manera de ser y de vivir y no aceptamos las obligaciones inherentes al amor, a la familia.
El amor deshace el egoísmo y se convierte en un ser para otro. Derrama sus pensamientos y sentimientos hacia otra persona formando una alianza tan sagrada como las que en la historia ha hecho Dios con el hombre.
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Esta alianza lleva el sello del amor, de la unidad, de la formación de una familia, de ser guardianes de la sociedad. Esta siempre se ha sentido orgullosa del mundo de la familia, del sello del amor, de los hijos. Ha caminado por las sendas del trabajo, de la honradez y del respeto.
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Ha creado culturas, que han llevado al hombre a la cúspide del desarrollo. También ha puesto en la historia guerras y odio. Ha dividido pueblos y esto siempre ha ocurrido cuando ha perdido su dignidad, cuando el odio ha dominado su voluntad, cuando el respeto ha sido sustituido por el desprecio. La sociedad ha cambiado al hombre. El hombre ha roto el amor y ha empezado a jugar con las nuevas categorías con que la sociedad los ha sustituido.
El amor se ha convertido en un juego erótico donde sólo se busca el placer, el goce de los sentidos, el pasatiempo alegre, la superficialidad; es un objeto de placer donde sólo tiene valor la satisfacción del apetito sexual. Alrededor de este concepto se han montado toda una sociedad de consumo, encaminada a satisfacer esas apetencias, aumentadas por los medios
informativos y organizadas por las sociedades encaminadas a buscar dinero y que han roto el corazón del hombre. Una vez dado este paso todas las categorías familiares, vividas por miles de culturas, cantadas por los poetas, han perdido su belleza, su encanto, la armonía del universo y sólo ha quedado el vacío del placer sin amor, la ruptura de la familia, la corrupción de una sociedad que conoció los encantos del amor y despreció la dulzura del encuentro amoroso, la caricia de una mano inocente y el beso de un niño pequeño, lleno de inocencia y amor, acompañado del abrazo más dulce que se pueda imaginar. Al romperse el amor se lleva consigo toda la civilización de amor.
¿Podrá el hombre aguantar durante mucho tiempo sin amor? La respuesta tiene que darla el mismo hombre volviendo de nuevo a la civilización del amor, dejando a un lado todo lo que ofrece la sociedad actual. |
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