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El segundo aspecto, relacionado con el problema anterior, es la violencia reinante en el hombre. Parece que está en guerra con todos y consigo mismo. No hay término medio. Los objetivos, dominar el mundo y todo su aparato económico y de poder, hay que conseguirlo.
La enfermedad de este siglo es la violencia. Hay guerras que están distorsionando la felicidad del hombre. Las desigualdades económicas establecen la dicotomía entre los hombres, aumentando las desigualdades creando conflictos. La violencia está presente no sólo entre naciones y pueblos, sino entre las familias. Hasta tal punto llega que ya no nos extraña el problema de la violencia, lo tomamos como algo normal. La violencia corrompe al hombre.
Ya no hay comunicación, solidaridad. Todo esto ha muerto y ha sido suplantado por la indiferencia, por la mirada airada sobre el otro y la agresión continua. Hay tanta sicosis, que todos nos lamentamos de la ola de violencia que nos mantiene estresados porque en cualquier momento puede asomar en nuestras vidas rompiendo todo nuestro equilibrio.
La lucha o la violencia nace por cualquier motivo. Históricamente la lucha ha sido por el dominio ejercido de unos contra otros. El egoísmo del poder ha impuesto la ley dominando a otros pueblos y ejerciendo sobre ellos las condiciones ignominiosas del poder.
Lo que más llama la atención hoy día es el “estrés” y el deseo de autodestrucción que sostiene la sociedad actual. Parece que tomamos, como algo prestado, todo lo aparentemente normal, la droga, el placer, dominio, poder, confort, pero que en determinadas circunstancias se pierde el control hasta llegar a nuestra propia destrucción.
Somos personas normales, aunque distintas, con suficiencia para llegar y conseguir las más altas cotas de poder, de seguridad, pero a través de la ruina del otro. La lucha es tremenda. El hombre es indigno de sí mismo y en todas sus actuaciones busca sólo la violencia y la destrucción invadiendo todos los campos. La lucha del hombre por sobrevivir está cargada de elementos destructivos que han sido tomados como medios para divertirse y al final se han convertido en una pesadilla que augura malos tiempos.
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La comedia donde el hombre representa su papel es muy amplia y se convierte en un drama impresionante abarcando problemas de diversa calidad. Los tiempos han cambiado la vida mágica del hombre con un feliz apasionante en una absurda y negra visión de la realidad.
En la generación actual hay muchas formas de violencia que ha puesto, sobre todo a la juventud, a las puertas del mismo infierno. La violencia comienza en las mismas puertas de la familia desvirtuando el mismo amor y pasando a los hijos que imponen, desde pequeños, sus condiciones obligando a sus padres a aceptar esa auténtica tiranía.
La vida familiar se convierte en un infierno acentuado cuando los hijos se meten en el bullicio social, impresionados por unas ofertas apetitosas, pero llenas de veneno para sus mentes deseosas de cosas nuevas pero faltas de malicia y experiencia. Este mundo usa todos sus mecanismos para engancharlos Sus guiones están calcados de una cultura violenta producida por el oro, el poder, el confort, la droga, el alcohol, que quita el amor, la solidaridad, la amistad, el respeto. La enfermedad más grande de la sociedad es aceptar el modo de cultura actual y dejarse llevar por ella induciéndolos al vacío, a la incoherencia, a la muerte.
Después de la adolescencia nos acostumbramos a mirar el mundo bajo la vigilancia extrema de la violencia. No nos extrañe que nos encontremos con la violencia por todas partes y que cada día el hombre intenta eliminar al hombre por cualquier cosa sin importarle tu vida que para él no tiene valor, sólo es un estorbo a eliminar. Lo que al principio no parecía bien porque prometía una sociedad nueva, un tipo de hombre moderno se ha convertido en el mayor obstáculo para la realización del hombre.
En el campo de la justicia todos abogamos por nuestros derechos y no hay justicia o tribunal superior que imponga una ley o arbitre según justicia porque hay individuos, grupos sociales, incluso grupos al margen de la democracia que se oponen o no aceptan ese poder constituido y piden su libertad aunque esta esté en contra de toda razón. Lo que engendra esta situación es violencia, separación, confusión y odio.
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En el dominio de los derechos individuales todos queremos nuestra parte del pastel y como nos han educado en los derechos y no en las obligaciones, posponemos los dere-chos de los demás y asentamos nuestros derechos a divertirnos aunque esta actitud genere complicaciones a los derechos de los demás.
Nos situamos en posesión de la verdad, aunque esta lesione, a todas luces, la parte de verdad de los demás. En una palabra, lucimos nuestra posición social, como dioses del Olimpo y sometemos a los demás al capricho de nuestros intereses. La conclusión es evidente. Nadie puede soportar esa presión y surge automáticamente el des-concierto y la lucha de unos contra otros poniendo en entredicho nuestra convivencia.
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