La iglesia del Carmen de Florencia es mundial-mente conocida por su famosa Capilla Brancacci en la que se muestra el arte excelso y único de Masaccio (Tomás Guidi), “el creador de la pintura”, según Stendhal; de ahí que este sacro recinto sea conocido como la “Capilla Sixtina del Renacimiento” a la que todos los pintores del siglo XV vinieron a estudiar el nuevo arte. A Ma-saccio se le considera el heredero de toda la tradición anterior al Trecento italiano, plasmada en el Giotto, y el precursor de Piero de la Francesca, Fra Filippo Lippi, Botticelli, Leonardo da Vinci, Perugino, Rafael, Miguel Ángel…, y tantos otros que consideraron esta capilla como “una verdadera escuela de arte”, según Vasari. Murió en 1428 cuando sólo contaba 27 años.
Masaccio nos muestra con la máxima naturalidad y sin artificios decorativos la hondura espiritual de cada escena que narra, con personajes humildes y modestos, pero muy conscientes de las acciones que representan. El tema iconográfico de la Capilla Brancacci es el de la vida de San Pedro: su liberación de la cárcel, resucitando a Tabita, curando a un tullido, bautizando a los neófitos, dando limosna a una pobre mujer… Aunque el maestro tuvo sus colaboradores, los temas principales se los reservó este genio de la pintura tales como la curación de enfermos con sola su sombra, la entrega de las llaves del pontificado y el pago del tributo, escena en la que aparece Cristo en el centro rodeado de sus apóstoles ante la puerta de Cafarnaum.
La figura de Jesús es una de las más dignas y venerables de cuantas de Él se han representado; bastaría ella sola para que el fresco fuera catalogado como de obra maestra. La última de las escenas que el joven Masaccio pinta sobre la vida del apóstol es la de San Pedro en cátedra, invocando al Espíritu Santo en una escena tan simple que en nada se le parece a la famosa “Gloria de Bernini” de San Pedro del Vaticano.
Lo singular de esta escena es la sencillez
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de su composición y su impresionante realismo, exenta de todo artificio barroco: la figura de Pedro, elevada sobre un modesto dosel y en actitud orante, está rodeado de sus hermanos que rezan con Él, clérigos y seglares, es decir, la Iglesia. Lo particular el caso es que el autor quiso colocar entre los personajes a tres carmelitas en diferen-tes actitudes; es una de las más antiguas representaciones que sobre el hábito carmelita nos han llegado, y nada menos que salidas de los pinceles del joven y malogrado pintor.
Pintura, por otro lado, de un profundo sentido teológico. “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te arrepientas, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31-32). En estas palabras, exclusivas de Lucas, cabe subrayar tres cosas: en la primera alude a la pasión, que pondrá a prueba la fe de los apóstoles ante la amenaza del “poder ser cribados como el trigo”.
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