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Una de las parroquias más antiguas de Sevilla es la de Santa Catalina situada en el casco antiguo de la ciudad, edificio que constituye un interesante modelo de arquitectura mudéjar del siglo XIV. Aunque posteriormente ha sido muy reformada, sin embargo pueden apreciarse magníficos detalles de arte mudéjar en un ábside lateral y en la torre, como si se tratara de un primitivo alminar con airosas campanas, torre que durante las fiestas del Carmen se engalana con los colores del Vaticano y del Carmelo.
En su conjunto el templo es una verdadera joya arquitectónica, siendo declarado monumento nacional por la real orden del 5 de septiembre de 1912, tal como se indica en una placa de mármol colocada en su fachada principal, junto a otra de cerámica que nos informa de que en 1930 se le añadió la magnífica portada mudéjar procedente de la antigua iglesia de Santa Lucía.
Lo más interesante del templo es su Capilla Sacramental «cuyo recinto es uno de los más hermosos testimonios del barroco sevillano», dicen los autores de una excelente Guía Artística.
Su arquitecto fue Leonardo de Figueroa quien trabajó en su construcción en torno a 1721. «En la nave derecha del templo figura, pasado el presbiterio, un retablo de la mitad del siglo XVIII, que alberga en su hornacina principal una escultura de la Virgen del Carmen, imagen del candelero, realizada en 1867 por José Gutiérrez Cano»1.
De esta preciosa imagen que va en portada y de la hermandad de la que es titular que tratamos en este mes de julio, aprovechando las fiestas patronales carmelitanas.
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| Es la de Santa Catalina una de las más populares cofradías carmelitanas de cuantas existen en la capital hispalense, a pesar de ser muchas y muy notables las que desde antiguo florecieron y permanecen dentro de la religiosidad popular mariana de este pueblo singular en cuanto a su devoción y manifestación religiosa por la Madre de Dios se refiere. Es la única del Carmen que en Sevilla procesiona bajo palio, un trono de gloria mínimo, pero muy propio como estuche y ostensorio de su mejor joya: la pequeña imagen del Carmen de apenas 1.22 ms. de altura, devotísima y encantadora «por el preciosismo que su rostro tiene, nimbado de ingenua dulzura», como Martínez Alcalde la describe. Y si original es esta hermandad por su trono, su imagen y altar, lo es mucho más en cuanto respecta a sus orígenes y principios por las varias razones y bien documentadas que a continuación exponemos.
En primer lugar por sus fundadores, dos hombres sencillos y buenos (como “devotos” los califican las crónicas) llamados Juan Velasco y José Martínez de quienes apenas se conocen los nombres. Dos hombres agradecidos puesto que, habiendo salido indemnes del cólera morbo que en 1865 ocasionó en Sevilla una auténtica mortandad, ellos, a semejanza de aquel único leproso que se volvió para dar gracias a Jesús por haberle librado de aquel horrible mal (cf. Lc 17, 11-19), fueron al templo parroquial de Santa Catalina con un cuadro de la Virgen del Carmen para hacerle una solemne “función” en agradecimiento a la Madre del Carmelo en la que habían confiado. Y no sólo eso sino que al año siguiente volvieron a celebrar otra función litúrgica, pensando ya en hacerlo todos los años. Un grupo de simpatizantes y de personas agradecidas se había unido al proyecto de aquellos dos hombres “devotos”.
Y de aquí surge la idea tal vez ya madurada a lo largo del año: ¿y por qué no crear una hermandad del Carmen con estas características propias? No se trataba de una hermandad simplemente corporativa y eclesiásticamente aprobada, sino de un asociación de personas consagradas a la Virgen del Carmen mediante su santo escapulario, a la vez que comprometidas a llevar una vida cristiana a tenor de las normas y exigencias propias de la Orden del Carmen a la que por medio de la santa librea, el “vestido de la Virgen”, quedaban vinculados y no sólo por una simple medalla propia de la cofradía, sin mayor compromiso que el del mero distintivo y señal de pertenencia.
Y de aquí que, dado el momento político y religioso de la Sevilla de los años sesenta del siglo XIX, le va a provenir a la proyectada hermandad otra de sus peculiaridades como es la de una cierta “clandestinidad”, porque ni existía oficialmente la Orden del Carmen a la que se pretendía vincular ni el Gobierno liberal de aquel tiempo reconocía nada que bajo esta condición apareciera.
Ésta es la razón por la cual sus fundadores pondrán el máximo cuidado en que todos los enseres y alhajas fueran consideradas de propiedad privada, y gracias a tal acierto se libraron de no ser enajenados durante la famosa “Revolución de 1868”, como lo fue la propia parroquia como en su lugar veremos.
Al pretender recurrir a los superiores del Carmelo los fundadores no hallaron a quién dirigirse en Sevilla puesto que la Orden del Carmen, como las demás órdenes y congregaciones religiosas, habían sido extinguidas por la ley de exclaustración general firmada el 7 de marzo de 1836, aunque de hecho los frailes habían sido expropiados y expulsados de sus conventos un año antes. Era el ejemplo a seguir tras la Revolución Francesa y la invasión napoleónica, y siguiendo las huellas del Marqués de Pombal de la vecina nación lusitana.
Pero, aunque oficialmente extinguidas todas las órdenes por el gobierno de Isabel II, ante la Iglesia seguían existiendo con sus correspondientes generales al frente de las mismas, normalmente con residencia en Roma; eran éstos quienes nombraban secretamente y con plenos poderes a sus respectivos provinciales puesto que los religiosos exclaustrados aún seguían hasta cierto punto sujetos a sus superiores en virtud de unos votos que en su día emitieron “usque ad mortem”, hasta la muerte, incluso en la clandestinidad. «Los obispos y ordinarios procedían con respecto a dichos nombramientos prudencial-mente y en ocasiones de conflicto acudían a la Congregación de Obispos y Regulares» en Roma2.
Posiblemente fueron los mismos exclaustrados carmelitas quienes informaron a los interesados de Santa Catalina sobre la existencia del Provincial bético a quien recurrir. Se trataba del P. Antonio Mª Monge Moreno (1804-1874)3, ex conventual del Carmen de Jerez donde seguía viviendo «al amparo de una sobrina que le cuidaba» y para quien era considerado como un verdadero santo. Había sucedido al P. Juan Chamizo, último provincial efectivo de quien recogería los sellos de la Provincia al morir en Granada hacia 1860. Murió el P. Monge en 1874, sucediéndole el P. Rafael de Alba, carmelita exclaustrado y párroco de San Vicente en Sevilla, muerto en 1878.
El grupo fundador hubo de buscar a un Director Espiritual que les representara en lo eclesiástico, hallándolo en la persona del sacerdote D. José Rafael de Góngora, de quien no se tienen demasiadas noticias, aunque aparece en algún que otro cabildo de la joven institución, pero que en la consecución de las letras fundacionales tanta importancia tuvo. Fue el que recurrió al P. Monge y solicitó no sólo la facultad de poder bendecir escapularios e imponerlos sino también la de erigir canónicamente la hermandad, afiliada a la Orden del Carmen. Sólo un miembro de autoridad de tan benemérita orden podía hacerlo.
Por tanto, al ser vinculante el santo escapulario del Carmen, no se trataba de obtener un simple privilegio, sino de una auténtica facultad de poder considerar como nuevos miembros de la Orden a los componentes de cualquier asociación carmelitana; de ahí la necesidad de inscribir en aquellos famosos “libros-registro” a quienes recibían el escapulario a fin de que fuera válida tal vinculación; en estos tradicionales libros aún figuran los nombres de muchos santos, como San Juan Bosco entre otros, y de los pontífices como San Pío X, Pío XI y del mismo Juan Pablo II.
Todas las órdenes religiosas tenían sus propios privilegios en exclusiva como los franciscanos respecto a la erección y bendición del Vía Crucis, el Rosario entre los dominicos, el cordón franciscano o la correa agustiniana en sus respectivas órdenes, etc., pero nadie, fuera de la Santa Sede, podía erigir la Confraternidad del Carmen si no eran los propios carmelitas con facultad para ello. Y fue así cómo el P. Monge concedió a la hermandad de Santa Catalina existencia canónica por medio del citado cura Góngora, con fecha del día 28 de octubre de 1869.
Y es de esta forma cómo nace esta simpática Confraternidad carmelitana, enmarcada dentro de especiales circunstancias en su inicio y posterior desenvolvimiento: Pero dejemos hablar a los propios documentos que con tanto esmero y respeto guarda la citada hermandad en su bien conservado Archivo al que hemos tenido pleno acceso por gentileza de quienes están al cargo del mismo; no hay necesidad de dar nombres porque todos se mostraron como “de familia”
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En el citado Archivo de la Hermandad de Santa Catalina existe un manuscrito que lleva por título «Memorias de la Confraternidad del Carmen establecida en la Iglesia parroquial de Santa Catalina Virgen y Mártir de la ciudad de Sevilla». No deja de ser curioso que al principio se hable de “Confraternidad” proveniente de la palabra latina Confraternitas utilizada en el decreto de erección y que es equivalente a la de Hermandad. En realidad estas Memorias son una especie de Anales, marcando los hitos de los iniciales acontecimientos, dándose comienzo con la siguiente introducción:
«En veinte y ocho de Octubre de mil ochocientos sesenta y nueve fue dada la bula de instalación por el Prior Provincial de Andalucía D. Antonio Mª Monge y Moreno el 28 de Octubre de 1869. En primer lugar fue promovida esta devoción de Ntra. Sra. del Carmen por su devoto D. Juan Velasco en los años de 1865 en unión de D. José Martínez, feligrés de esta collación, los que celebraron una Función en el mes de diciembre del mismo año a una Virgen pintada en un cuadro que trajeron de su casa, cuya Función celebraron en acción de gracias a la Sma. Virgen por haberles librado Dios del terrible azote del cólera morbo por mediación de la Señora.
En el a ño 1866 celebraron estos mismos devotos la Función a la Señora el mismo día en que la Iglesia celebra la festividad del Carmen en la que hizo el panegírico el Sr. Cura D. Domingo Sánchez Valderrábano y en ese mismo día se trató de poner un altar nuevo en la referida parroquia de Sta. Catalina con la Imagen de Ntra. Sra. del Carmen para darle culto.
En nueve de octubre de 1867 el Emmo. y Rvmo. Sr. Cardenal de la Lastra y Cuesta, Arzobispo de esta diócesis, concedió licencia a los expresados devotos para colocar retablo, lo que verificaron en los meses de septiembre y octubre del mismo año cuyo altar se pintó de color de piedra y oro, costeado por el devoto D. José de la Fuente y su señora Dña. Josefa Zabalegui4.
Al mismo tiempo que se preparaba el altar, el tallista D. José Gutiérrez y escultor de esta ciudad, construyó la Imagen de Nuestra Señora del Carmen la que fue vestida por las Beatas de la Sma. Trinidad, la que fue bendecida en las Monjas Carmelitas de Santa Ana, y desde el convento vino a Santa Catalina en una solemne procesión con dos bandas de música y el Rosario de Santa Catalina con doscientas luces y un gentío inmenso, cuya procesión fue verificada el día 27 de octubre del mismo año.
El día 16 de noviembre del mismo año, estando ya todo arreglado, se bendijo el altar y se celebró en él la primera Función de estreno que costearon los referidos D. Juan Velasco y D. José Martínez, quedando dueños del referido altar, imagen y alhajas que lo adornan, reservándose la propiedad de todo sin que en tiempo alguno las autoridades civiles puedan despojar a dichos señores del altar, imagen y alhajas ya referidas.
En el año 1868 se celebró una solemne Novena a la Señora con su Función principal en el día 16 de julio. En 18 de octubre del mismo año se levantó el altar por haber incautado este templo la Junta Revolucionaria de Sevilla, y en el año 1869 se celebró la Novena en su debido tiempo en la iglesia de los Terceros por estar el templo parroquial de Santa Catalina arrendado por los revolucionarios para almacén de maderas.
El 26 de septiembre del año 1869 devolvió el Administrador de Hacienda Pública la llave del referido templo de Sta. Catalina y el día 3 de octubre del mismo año, día de la Virgen del Rosario, se reconcilió el templo y dijo la primera misa rezada D. Ramón Escobar, exclaustrado capuchino, y a continuación celebró la primera misa cantada el Sr. Cura D. Domingo Sánchez Valderrábano, estando el altar del Carmen ya colocado en el referido día por los citados devotos D. Juan Velasco y D. José Martínez, los que continuaron encendiendo las dos lámparas, rezando el Santo Rosario, cantando la Salve y letanías cantadas y demás en que estos devotos prestan a la Sma. Virgen en la advocación del Carmen».
Hasta aquí cuanto estas Memorias nos dicen acerca del origen de la Hermandad, sus vicisitudes primeras y sus cultos, iniciados por los dos “devotos” fundadores. La veracidad de los hechos y su fidelidad en transcribirlos nos parecen irrefutables. No obstante, queremos refrendarlos y dejar constancia de ciertas imprecisiones y aclarar otros hechos a la luz de un documento que obra en el Archivo General del Arzobispado de Sevilla (AGAS), fechado el 5 de octubre de 1867 y que transcribimos textualmente; se trata de una solicitud cursada al arzobispado sevillano y su posterior licencia a tan sólo tres días más tarde:
«Emmo. y Rvmo. Sr. Cardenal y Arzobispo de esta diócesis: Los que abajo firmamos, devotos de la Santísima Virgen bajo la advocación del Carmen, deseamos colocar un retablo en la parroquia de Sta. Catalina entre la puerta lateral y la puerta de la capilla del Sagrario que nada hay en todo aquel lienzo de pared, para colocar en él a la Santísima Virgen y darle culto en la advocación citada, y como quiera que el referido altar embellece aquel sitio, y conociendo que su Emcia. Rvma. es tan amante del engrandecimiento de los templos, no hemos dudado acudir a Vtra. Emcia. Rvma. para: Suplicarle tenga a bien concedernos la licencia oportuna para colocar el referido altar. Es gracia que esperamos alcanzar de la notoria justificación de vuestra Emcia. Rvma. cuya vida guarde Dios muchos años. Sevilla, cinco de octubre de 1867». Firman los fundadores José Martínez y Juan Velasco.
El mismo día 5 (eficacia y prontitud en el arzobispado de entonces), el Srio. del Sr. Cardenal Dr. Guisasola, se dirige al párroco de Santa Catalina, D. Domingo Sánchez Valderrábanos, para que informe «lo que se le ofrezca y parezca acerca del contenido de la presente instancia, manifestando si el altar a que se hace referencia está ya construido y, en caso afirmativo, dónde se encuentra actualmente. Lo decretó S. Emcia. Rvma. el Cardenal Arzobispo mi Señor». Y he aquí cuanto el Sr. Párroco manifiesta a vuelta de correo:
«Informando a Vtra. Emcia. Rvma. sobre la anterior solicitud digo: que los individuos que firman la exposición son pertenecientes a una pequeña asociación que entre diez o doce componen para dar culto a la Sma. Virgen con el título del Carmen, y desde el año del cólera le vienen celebrando una Función el día del Carmen y algunas misas cantadas por el año. En cuanto al altar que solicitan colocar es uno que existe en el almacén de la Hermandad de Ntra. Sra. de la Encarnación en la iglesia de los Terceros y de la propiedad de la referida Hermandad a la que abonan una cantidad por él si Vtra. Emcia. da permiso para colocarlo en el local que solicitan. Y tienen también comprada la Virgen de vara y media de alto, y la están vistiendo las Monjas Carmelitas de Santa Ana»5.
«Con respecto al templo y el sitio que señalan para su colocación, viene bien para el ornato de aquel muro y forma simetría con el altar de San Francisco de Paula que está en la parte opuesta de la nave de frente, y me parece que no hay dificultad en que se acceda a lo que solicitan, siendo así que los solicitantes lo costean todo y el altar adorna el templo y debe quedar en él para siempre. Dios Ntro. Sr. Conserve la importante vida…» Fdo. Domingo Sánchez Valderrábanos.
Tres días tan sólo tardó el Sr. Cardenal en decidir la cuestión, posiblemente bien asesorado, y su Srio. el Dr. Guisasola (más tarde obispo de Teruel) responde en nombre de “su Señor” que «accediendo a los piadosos deseos de los exponentes, concedemos la licencia que solicitan para colocar un altar con la imagen de N. Sra. del Carmen en nuestra Iglesia Parroquial de Santa Catalina en sitio adecuado y de conformidad con el Cura de dicha Iglesia con tal que el expresado altar quede constituido de manera que reúna todas las condiciones para que pueda celebrarse en él el Santo sacrificio de la Misa y se dé a la Sma. Virgen el culto debido». Firma el Sr. Cardenal de La Lastra, Arzobispo de Sevilla (1863-1876), de lo que da fe su citado y fiel secretario.
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No nos sería posible trazar una mínima ordenación estatutaria y espíritu de la recién fundada Hermandad sin tener presente el decreto de erección y las normas allí establecidas por el prior provincial de la Bética a fin de que dicha Confraternidad no sólo gozara de todas las gracias y privilegios anexas a tal institución, sino que también viviera con fidelidad un auténtico espíritu carmelita.
Las letras del P. Monge son al principio meramente protocolarias en un elegante y clásico latín. Están dirigidas al ya reseñado sacerdote D. José Rafael de Góngora quien en nombre de la hermandad se había dirigido no se sabe con qué fecha en solicitud de tal gracia: «Nos, Fray Antonio Mª Monge, humilde Prior Provincial de esta Provincia Bética… A nuestro amado en Cristo D. José Rafael de Góngora, Pbro».
«La caridad cristiana nos exige que aquellos bienes que Nos fueron concedidos por la divina largueza, especialmente los espirituales, los debemos comunicar a nuestros prójimos con el fin de que éstos para el dador no perezcan. Y puesto que la Sede Apostólica nos ha concedido la facultad de poder comunicar a los fieles las indulgencias y gracias espirituales concedidas por ella a nuestra Confraternidad del Escapulario, a ti te concedemos la facultad de bendecirlo como Hábito que es de nuestra sagrada Orden del Carmen e imponerlo a todos los fieles de ambos sexos, con todas las indulgencias y gracias espirituales de las que están en posesión y gozan todos los hermanos de nuestra Confraternidad del Escapulario siempre que estén registrados en el libro de dicha asociación canónicamente erigida.
También te conferimos la autoridad de poder recibir a aquellos fieles a quienes les impusiste el bendito hábito para que se hagan partícipes de todos los bienes espirituales que obtienen los religiosos de la referida Provincia, con la concesión de la absolución plenaria in artículo mortis, siempre que devotamente hayan llevado el santo escapulario». A continuación hay unas líneas impresas que el P. Monge tacha referentes a que no podría usar de tale facultades en aquellos lugares donde hubiera un carmelita; tales condiciones ya no estaban vigentes. De su propio puño y letra escribe lo más interesante del decreto, que no “bula” como en algún lugar se escribe, cual es el de la erección de la Hermandad del Carmen, canónicamente llamada “Confraternidad del Sto. Escapulario”:
«Dadas las actuales circunstancias, y con la plena autoridad que nuestro Reverendísimo Padre General me ha concedido, instituyo en la iglesia de Santa Catalina de la ciudad de Sevilla la Confraternidad del Santo Escapulario con todas las gracias y privilegios concedidos a nuestras propias iglesias de carmelitas. En fe de lo cual…» Y firma como Provincial de los Carmelitas de la primitiva y regular observancia en la Bética en Astæ Regiæ, palabras latinas que a juicio de Rodríguez Carretero se refieren a Jerez, siguiendo al historiador Plinio7, a 28 de octubre de 1869.
Hemos de suponer que el P. Monge le haría llegar al capellán alguno de los múltiples impresos que entonces circulaban sobre las indulgencias concedidas, en qué días se ganaban, qué santos debían celebrar, cuándo se podía impartir la bendición papal y el famoso privilegio del toties quoties, es decir, el poder ganar el día del Carmen la indulgencia plenaria “tantas cuantas veces” entraran en el templo de la hermandad, tal y como se establece en el nº 6 de los Beneficios y se practicaba en las iglesias carmelitas.
Uno de los aspectos más interesantes en cuanto a la gestación y evolución de la incipiente hermandad se refiere son los pri-mitivos estatutos o normas; veamos como ejemplo los dos primeros capítulos antes de que sus definitivas Reglas fueran aprobadas en 1871. He aquí sus dos primeros capítulos:
Cap. 1º. De los Hermanos: «Esta hermandad se compondrá de fieles de uno y otro sexo, teniéndose especial cuidado que los que en ella ingresen sean de buena vida y forma de religiosas costumbres, y verdaderos devotos de la Santísima Virgen María, por lo cual no tendrán en ella entrada los que carezcan de estos requisitos».
Cap. 2º. Del recibimiento de los Hermanos: «Las personas que por su devoción quisieren pertenecer a esta Corporación manifestarán deseos de ingresar en ella por escrito o de palabra. En el primer caso presentarán un memorial expresivo de su nombre, apellidos y vecindad, y en el segundo en apunte que abrace dichos extremos. El Hermano Mayor, al cual se elevará la solicitud, pasará ésta al Fiscal el que, en unión de los Comisarios, averiguará las cualidades del solicitante».
Aparecen en estos primitivos tiempos los nombres de quienes formaban la mesa o junta de la hermandad, figurando como Hno. Mayor D. Juan de Pineda. Eran Consiliarios José de la Fuente y José de la Fuente y Zabalegui, posiblemente padre e hijo, aquella familia que costeara la pintura del primer altar. El fundador D. Juan Velasco aparece como Mayordomo; D. Antonio Álvarez como Fiscal y los Secretarios, primero y segundo, eran D. Antonio Pérez Fonseca y D. Juan Espinosa. Por supuesto que en estos cabildos no faltaba la figura del Director Espiritual que encabezaba la mesa: D. José Rafael de Góngora a quien seguimos viendo todavía en las actas del cabildo de 1885.
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Para lucrar el cúmulo de privilegios que ofrecía la Hermandad era normal que se debían observar unas ciertas condiciones que en las citadas Memorias se sintetizan en ocho puntos como “Obligaciones de los Hermanos”, normas que suponemos dictadas de las que en aquel tiempo estaban ordenadas para toda hermandad del Carmen. He aquí lo que establece la recién fundada Hermandad del Carmen sevillana:
a). OBLIGACIONES DE LOS HERMANOS
1º. Tiene obligación de ayunar todos los Miércoles, Viernes y Sábados.
2º. Guardar castidad conforme a su estado.
3º. Vestir siempre el Sto. Escapulario con devoción.
4º. El que no ayune tiene que rezar los Miércoles, Viernes y Sábados catorce padrenuestros y avemarías con Gloria Patri.
5º. Si ayuna los citados días y come de Vigilia, cumple con rezar todos los días siete padrenuestros y una Salve a la Sma. Virgen.
6º.Tiene la obligación de asistir al Sto. Rosario que se reza todos los días al toque del Ave María, y si sus ocupaciones no se lo permiten, debe rezarlo en su casa.
7º. Es obligación de los Hermanos asistir a la Misa de los sábados por la noche, a la Salve y Letanías.
8º. Es obligación de los Hermanos contribuir todos los meses con una limosna para el culto de la Sma. Virgen sin cuyo requisito no se ganan las gracias…». Esta última frase queda tachada y sustituida por esta otra mucho más razonable, puesto que las gracias y privilegio espirituales nunca se obtienen por cantidad alguna de dinero, y así se escribe: «Según se tiene establecido».
b). BENEFICIOS DE LOS HERMANOS
1º. Ganan indulgencia plenaria el día de la imposición del Sto. Escapulario, habiendo confesado y comulgado.
2º. El día que la Iglesia celebra la festividad de la Sma. Virgen 16 de julio y todos los días de su Novena, pidiendo a Dios por los fines de la Iglesia.
3º. Los días del sábado, confesando y comulgando como en las demás iglesias de los Carmelitas.
4º. Se gana indulgencia plenaria a la hora de la muerte, invocándose el Dulcísimo Nombre de Jesús y María, si no pudiese confesar, siempre que esté contrito.
5º. Se ganan muchas indulgencias parciales en todas las festividades de la Sma. Virgen y de Ntro. Sr. Jesucristo.
6º. Hay absolución general el día de la Sma. Virgen con todas las demás gracias concedidas a los Carmelitas y sus iglesias. (Entre ellas la famosa toties quoties).
7º. Esta Confraternidad asiste con doce hachas para la administración de los Hermanos que hayan averiguado con 6 rs. lo menos cada año, para lo que avisarán con la oportuna antelación.
8º. Se escribirán en la tablilla los Hermanos que fallezcan para aplicarles los sufragios de seis misas a cada difunto que se celebran en el altar de la Sma. Virgen por ser privilegiado para los Hermanos, y además se dedicará el sufragio del Sto. Rosario, Sto. Escapulario y Salve hasta que fallezca otro Hermano.
9º. Tienen obligación todos los Hermanos concurrir a las citaciones de cabildos para la elección de Hermano Mayor y mesa de Consiliarios y Diputados, lo mismo que de su Mayordomo y demás personas que compongan la mesa.
10º. Todos los años se celebrará el Cabildo de Elecciones el día de San Juan Bautista y los electos tomarán posesión de sus destinos el día de San Pedro, y en el mimo día se tratará de la Novena de Nuestra Madre.
11º. La Mesa se compondrá de un Hermano Mayor, dos Consiliarios, un Mayordomo, un Fiscal, cuatro Diputados, un Prioste y un Secretario.
c). OBLIGACIONES DE LOS HERMANOS DE MESA
En este apartado se especifican los oficios propios de cada uno de los miembros de la Junta elegida tal y como en el número anterior se dijo, una vez que han tomado posesión de los mismos. En el «Libro Primero de Actas de la Hermandad», abierto el año de 1885, se van anotando todas las determinaciones y acuerdos a tenor de cuanto se resuelve en los respectivos cabildos.
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El primer cabildo celebrado por los hermanos tuvo lugar el 9 de octubre de 1870 y con fecha del 29 de enero de 1871 se presentaron las Reglas al ordinario para su aprobación. Existe en el Archivo de la Hermandad copia del Auto de aprobación de la misma: «En la ciudad de Sevilla a diez y seis del mes de Noviembre de 1871, el Emmo. y Rvmo. Sr, D. Luis, por la Divina gracia de la Santa romana Iglesia, Pbro. Cardenal de La Lastra y Cuesta…».
Uno de los objetivos principales de los primeros cabildos de la Hermandad era el de aprobar si se sacaba en procesión la imagen titular, en qué fecha realizarla en caso afirmativo y solicitar el correspondiente permiso eclesiástico. Existe una solicitud cursada por parte de la Hermandad fechada del día 10 de julio de 1874 a tenor del acuerdo del cabildo celebrado el 12 de abril del mismo año, permiso concedido el día 15 de julio, fecha muy ajustada, pero en palacio se resolvían los asuntos con rapidez y como en casa9. Lo mismo ocurre pasados muchos años: en 1902 se hace la misma petición el día 14 de julio para procesionar el día 20; el mismo día de la petición se obtiene el permiso.
De la forma peculiar en la que se desenvolvían los cabildos en los primeros tiempos tenemos esta muestra; se trata del Cabildo General celebrado en 1885 en cuyas actas se dice: «En la ciudad de Sevilla a 26 de abril de 1885 se reunieron los Hermanos de la Real e Ilustre Hermandad de Nuestra Sra. del Carmen en la sala de la Hermandad Sacramental de Santa Catalina con objeto de celebrar cabildo general para tratar de la Novena, procesión y otros al que asistieron los Señores siguientes: D. José Rafael de Góngora, Pbro., D. Antonio Francisco Santisteban, D. Félix Benítez, D. Ro-gelio Vuelta, D. José Durán…, D. Juan Velasco».
«El Sr. Hermano Mayor manifestó el objeto del cabildo el cual era tratar de la Novena y procesión la que se acordó que se hiciese como los años anteriores y respecto a la procesión los señores oficiales presentes estaban conformes con satisfacer sus cuotas. El Sr. Mayordomo, D. Juan Velasco, usó de la palabra y manifestó a la corporación que desde esta fecha hacía donación del aparato mortuorio costeado por él a la Hermandad».
Dos simples detalles hemos de subrayar de estas actas: la presencia del capellán o asesor religioso D. José Rafael de Góngora, el que cursara la solicitud al P. Monge para que se erigiera la Hermandad del Carmen, y la presencia de uno de los fundadores, D. Juan Velasco, cediendo a la hermandad lo que le era propio, es decir, el “aparato mortuorio” que suponemos se trataba del habitual catafalco que en los solemnes funerales se solía montar. Es decir, considera que la Hermandad ya está perfectamente organizada. Habían transcurrido veinte años de aquella inicial “Función” a la Virgen del Carmen.
A partir de estas fechas, todos los años saldría la venerada imagen en procesión, acompañada por otro paso de Santa Teresa. En 1876 se nombra a la reina Isabel II Hermana Mayor perpetua y una de las infantas, Dña. Maria Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier, le concede a la hermandad el título de Ilustre.
En 1898 solicita y obtiene la Hermandad del papa León XIII que el altar de la Virgen del Carmen obtenga el rango de “privilegiado” mediante el rescripto que así da comienzo: «Ad perpe-tuam rei memoriam. Omnium saluti paterna charitate intenti…, sub annulo Piscatoris», día 18 de abril de 1894. Firma el famoso Cardenal Rampolla.
Pero después de muchos años de gran popularidad celebrando sus anuales fiestas y su recorrido procesional, a partir de 1946, el último año en el que celebró sus tradicionales fiestas, la hermandad cayó en franca decadencia, hasta que un grupo de jóvenes, al conmemorar el I Centenario de su erección, decidió volver a procesionar la popular imagen, acontecimiento que tuvo lugar en julio de 1972 con gran éxito, portada la santa imagen por los costaleros de Máximo Castaño quienes se lucieron con el aplauso de la multitud.
En 1973 la hermandad sorprendió a la gente con el estreno de un paso de palio, aunque aún sin terminar, con lo que el grupo de entusiastas cofrades se constituyeron en verdadero modelo de abnegación, de sacrificio y entusiasmo», como escribe Martínez Alcalde11. Desde entonces no han faltado entusiastas hermanos, la gran mayoría jóvenes con gran entusiasmo e iniciativas que han conseguido que la Hermandad del Carmen de Santa Catalina sea una de las que mejor y de forma más solemne celebran las fiestas del Carmen, Pregón incluido, a cargo de los más celebrados pregoneros de Sevilla, como el del año pasado de Carlos López Bravo bellamente impreso.
En 1977 se inauguró un retablo cerámico de la Virgen del Carmen en el lateral externo del templo parroquial, firmado por Adorna, de los Talleres de Cerámica Santa Ana en Triana. Y en 1993 la Hermandad se hizo cargo del culto de la Virgen del Rosario, un tanto olvidada en la iglesia parroquial, fusionando cofradía e incorporando como titulares a los santos Román y Catalina, los que dan nombre al propio barrio.
Ismael Martínez Carretero, O. Carm. |
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