“Sabida la muerte del siervo de Dios por doña Ana de Mercado y Peñalosa, su insigne devota, que a la sazón estaba en Madrid, hizo apretadas diligencias por medio de don Luis del Mercado, su hermano, Oidor del Consejo Real de Castilla, con nuestro padre Fray Nicolás de Jesús María, Vicario de la Reforma, para que mandase llevar el cuerpo del bendito padre al monasterio que él y ella habían fundado en Segovia”. Y así, aunque el Vicario se resistiera en tal demanda “por no despojar a la ciudad de Úbeda de una prenda tan rica ..., al fin hubo de ceder y dio Patente con precepto y excomunión para que el prior del convento de Úbeda con todo secreto desenterrase el santo cuerpo y lo entregase a la persona que llevaba estos recados”.
Hasta aquí cuanto nos dice el P. Jeró-nimo de San José Ezquerra acerca del derecho que les amparaba a los hermanos Mercado sobre el traslado del cuerpo del santo al convento de Segovia. Y, efectivamente, todo se tramitó con el mayor sigilo, con el beneplácito del propio prior que aún lo era el tristemente famoso P. Francisco Crisóstomo, pero “habiéndole descubierto del todo le hallaron entero, fresco y de tan buen aspecto como si entonces acabara de morir”.
En tal situación, no hubo más remedio que postergar el desenterramiento y traslado de los santos despojos para más tarde. “Al año siguiente, pasados otros ocho o nueve meses, pareciendo al Oidor y a su hermana que ya estaría consumida la carne, enviaron otra vez por ellos al mismo alguacil”. Abriendo la sepultura hallaron el santo cuerpo con la carne más enjuta y seca por la cal que le habían echado. “Acomodóle el alguacil en una maleta para disimularlo y de esta manera salió del convento y de la ciudad a la hora más quieta de la noche, temiendo el alboroto que hubiera en Úbeda si supieran que los despojaban de aquel tesoro”.
Un fraile fue advertido a medianoche de que se llevaban furtivamente el cuerpo del santo y saltando de la cama se fue a la iglesia donde el mismo prior le cortó el paso, “le puso silencio y mandó guardar silencio”. “También es muy notable lo que sucedió aquella misma noche al alguacil -nos sigue contando el P. Ezquerra-, el cual dejado el camino derecho a Madrid, se fue por Jaén y Martos, y antes de llegar a este lugar, en un cerro alto, no lejos del camino, se apare-ció de repente un hombre y, a grandes voces comenzó a decir: “¿Adónde lleváis el cuerpo del santo? ¡Dejadlo donde estaba!”. Lo cual causó en el alguacil y sus compañeros gran admiración, y aún pavor tan grande que se les espeluznaron los cabellos.
En el capítulo XIX de la primera parte del Quijote nos cuenta su autor “De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto”. Encontrándose nuestro mítico héroe con Sancho por aquellos mismos parajes que el P. Jerónimo narra, “vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres que no parecían sino estrellas que se movían”.
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Pasmose Sancho, pero Don Quijote, “con gentil brío y continente se puso en la mitad del camino por donde los encamisados habían de pasar, alzó la voz y dijo: “¡Deteneos, caballeros, y dadme cuenta de quién sois, de dónde venís, adónde vais y qué es lo que en aquellas andas lleváis”.
Uno de los interpelados y cuerpo en tierra contestó: “...Llámome Alonso López, soy natural de Alcobendas, vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes que vamos a la ciudad de Segovia, acompañando un cuerpo muerto que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza donde fue depositado, y ahora llevábamos sus huesos a su sepultura, que está en Segovia de donde es natural”. “¿Y quién le mató?”
-preguntó Don Quijote- "Dios, por medio de unas calenturillas pestilentes que le dieron, respondió el bachiller"”.
Hasta aquí la famosa escena referida por Cervantes. Son muchos los autores que la relacionan con el ruidoso traslado del cuerpo de San Juan de la Cruz hacía unos diez años antes. Nuestro insigne autor tenía una hermana, Sor Luis de Belén Cervantes y Saavedra, y su tía María, ambas carmelitas en el monasterio de la Imagen, el que fundara la beata granadina María de Yepes en tiempo de Santa Teresa. Que ellas mismas le contaran el famoso caso no era nada de extrañar. Por otro lado, el citado bachiller D. Alonso López tuvo existencia real y fue amigo de Cervantes, pues ambos habían estado cautivos en Argel. De las “calenturillas” como causa de su muerte nos habla el propio santo en una famosa carta; que los hechos no sucedieran en Baeza sino en la cercana Úbeda ya entra en la fantasía del propio Don Miguel.
Ismael Martínez Carretero,
O. Carm.
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