Un carmelita del siglo XVI, Matías Fabbri, escribe: “Es oportuno, para un religioso que quiere progresar en la vida espiritual, que conforme sus obras a la vida y a las obras de Nuestro Señor Jesucristo”. La contemplación de Dios hecho hombre en la humilde gruta de Belén suscita sentimientos de amor intenso y tierno, de fuerte confianza y de total entrega a este Dios tan misericordioso para con el hombre.
El Carmelo, en su mirada a la persona de Jesucristo, al cual quiere servir con fidelidad y pureza de corazón, no podía sino hacer suyos estos sentimientos. Florece así y se difunde en la Orden del Carmen un culto vivísimo al Niño Jesús.