Un carmelita del siglo XVI, Matías Fabbri, escribe: “Es oportuno, para un religioso que quiere progresar en la vida espiritual, que conforme sus obras a la vida y a las obras de Nuestro Señor Jesucristo”. La contemplación de Dios hecho hombre en la humilde gruta de Belén suscita sentimientos de amor intenso y tierno, de fuerte confianza y de total entrega a este Dios tan misericordioso para con el hombre.
El Carmelo, en su mirada a la persona de Jesucristo, al cual quiere servir con fidelidad y pureza de corazón, no podía sino hacer suyos estos sentimientos. Florece así y se difunde en la Orden del Carmen un culto vivísimo al Niño Jesús.

En la iconografía que se admira en las iglesias carmelitas ya en el siglo XV, son recurrentes las representaciones de la Natividad. El famoso pintor carmelita Filippo Lippi (†1469) pintó numerosas veces la imagen del Niño Jesús. Pero sobre todo su representación más tierna y