TEMA DEL MÉS

Es así como en medio de los desconciertos, dudas, nostalgias y errores, aparece la seguridad y la certeza de un Dios que nos ama en nuestra soledad, en nuestra noche, en nuestra pequeñez y que si se lo permitimos, nos llevará siempre de la mano a contemplar el más hermoso de los amaneceres que hace iluminar la vida, llenándola de sentido y de esperanza.

Tener conciencia de todo lo que ha sido nuestra historia, llena de aciertos y fracasos es lo que nos convierte en cantor de las misericordias de Dios. Pero cuando no se acepta la historia, aparece el fantasma de la culpa lo cual nos lleva a vivir presos de ella, metiéndonos de lleno en la soledad y el miedo. Sólo cuando logremos poner el miedo que lleva a la culpa en manos del Señor, alcanzaremos la vida y la libertad. De esa forma nuestras heridas, como las de Jesucristo, son las que atestiguan la misericordia de Dios que envió a su Hijo para destruir la soledad del hombre, su miedo y su culpa, transformándolas en una alegría profunda.

Esta experiencia no sólo permite descubrir a Dios, permite conocerse más profundamente a uno mismo y quererse como Él nos quiere, sin juicios ni condenas, sino como Padre. Detrás de algunas pequeñas imperfecciones que cada uno ha ido fraguando, está una obra maravillosa que cuando se contempla en su totalidad, nos lleva a decir con fuerza: ¡Gracias Señor!

Después de una soledad poblada de lágrimas, en medio de la cual descubrimos lo que somos y nuestras limitaciones, experimentamos paz y la misericordia del Señor que nos envuelve, nos acompaña, nos justifica, nos ama y nos lleva a comprender que quien ha conocido el amor de Dios sólo puede vivir para Él y que esa pobre vida cerrada y egoísta que se ha llevado hasta ahora, es preciso que se abra a Su Amor, para que el vacío y la soledad den paso a una vida plena de sentido y amor.

[La experiencia de la soledad es la apertura a un camino de conocimiento de sí mismo y de necesidad de Dios] que lleva a seguirlo de una forma sorprendentemente nueva, consecuencia de una experiencia límite. Surge una identificación con Jesucristo en todos los hombres, especialmente en los que sufren, porque venimos de la soledad y tenemos la llave para salir de ella. ¿Cómo sabrán los demás que hemos conocido el amor de Dios? Pues porque estamos dispuestos a amar como Él lo ha hecho con nosotros, en los más desposeídos y desafortunados; si esto no es así, la experiencia habrá sido inútil o alienante.

Por tanto, [ante el amor de Dios, lo único que se puede hacer es callar y dejarse amar,] no admite explicaciones ni razonamientos. Es una puerta abierta a una nueva vida en la que podemos dejar atrás nuestras mentiras, las falsas ataduras o esclavitudes que nos impedían caminar. Este conocimiento del amor de Dios nos ha de llevar por un camino nuevo, el que ahora el Señor nos regala permitiéndonos ser solidarios con los compañeros que encontramos caídos y a los cuales ahora podemos tender la mano. Es cierto que volverán las tempestades, los momentos duros, pero ya no será lo mismo, porque en esos instantes podremos recordar que en medio de la noche permanece encendida una lámpara, que al vislumbrarla nos permitirá recuperar de nuevo la vida.

Al descubrir tanto amor una vez que salimos de la soledad, no nos tendría que extrañar que surgiera en nosotros el deseo de que Dios vaya tomando posesión de nuestra vida, la vaya haciendo Suya y el gran deseo de decirle: Padre, me abandono en Ti, para que toda la vida sea la realización de Tu Voluntad, procurando servirte en tantos hombres, mujeres, jóvenes, niños que día a día entran en la soledad, pero no encuentran a nadie que les enseñe el camino hacia la Vida.

Con el Señor renace la alegría y la esperanza y nos es más fácil caminar por la senda del mundo, porque estamos revestidos con el manto de la alegría, el mejor termómetro de nuestra salud interior y por tanto de nuestra sanación. La alegría del Espíritu es nuestra mejor respuesta a Dios y a los hombres que necesitan un aliento de vida.

Es bonito vivir haciendo realidad el sueño de ser feliz, porque es posible la felicidad para el que conoce a Dios y cree en Él.

Alejandro Peñalta Mohedano