TEMA DEL MES
Jesús, Hijo de María

El cristianismo es un acontecimiento en la vida del hombre, es la presencia de Cristo Jesús en tu vida, el inicio de una vida nueva. No es un conjunto de ideas o exigencias morales, ni es una determinada religión o cultura, sino una realidad palpable, una Presencia de Dios en ti que te lleva a descubrirlo en lo que vives hoy, en el día a día; lo vas a encontrar cuando tienes malhumor o cuando estás radiante de felicidad; cuando no encuentras el sentido de la vida o cuando la tienes totalmente iluminada. Cristo está en la realidad diaria y eso es lo difícil de entender.

Porque el hombre de hoy, para creer en Jesús, Hijo de Dios, debe pasar no tanto por la coherencia racional, cuanto por la locura de la cruz. De ahí que le cueste aceptar todo lo que no entiende como parte de la vida. Hay una resistencia a entrar en la cruz de cada día y al rechazarla, se pierde la oportunidad de descubrir en ella el amor misericordioso de un Padre que nos ama y nos salva por medio de su Hijo, el que carga con la cruz de cada ser humano.

Yo soy cristiano porque Cristo es el gran Acontecimiento de mi vida, por el cual he sido transformado. Y la fe es un acontecimiento, es una experiencia de Dios que aparece salvando, dándole un nuevo sentido a mi vivir; es por eso que la comunicación con Dios se da de forma personal, entablando una relación de amistad contigo. Este Acontecimiento te cambia, porque te encuentras con Jesucristo que se te hace presente, al igual que se hizo presente a sus discípulos y a su pueblo hace mas de dos mil años. Él te convierte en una criatura nueva. A veces pretendemos que la conversión sea universal, nos gustaría que todos se conviertan, pero no, Él nos llama a la fe a cada uno por nuestro nombre; no podemos seguir justificándonos en que los demás no son coherentes, porque Dios te habla a ti personalmente, como lo hace conmigo.

El cristianismo es un acontecimiento

Por eso, no es tiempo de querer racionalizar la fe sino de manifestarla, testimoniando la experiencia de fe en la vida diaria. Si tú tienes fe, se va a transformar esa fe en obras. Porque, ¿de qué sirve que se diga que Dios ama, si no se da testimonio de amor? Sin testimonio, nuestra predicación se puede convertir en piedra de tropiezo y escándalo para los que no tienen fe. La experiencia de fe es la que se testifica en el mundo y hoy más que nunca se necesitan testigos. Siendo Dios la vida, se hizo hombre para que el mundo la recobre y encuentre la felicidad. El ser humano no es feliz porque no ha tenido un encuentro personal con Cristo, por eso es tan importante dar razón de nuestra fe con nuestra vida, de un Dios que salva al hombre integralmente. Cristo al encarnarse en nosotros nos libera de nuestra rutina, de la incoherencia, cambia el corazón del hombre y nos transforma a cada uno.

Jesús ha venido al mundo para salvar lo que estaba perdido, lo que no tenía remedio; ha venido a los débiles y nosotros somos testigos. Igual que por un solo hombre (Adán) entró el pecado al mundo, también por un solo hombre (Jesús) a través de la gracia Dios nos libera. Por eso podemos salir al mundo y proclamar con fuerza a nuestros niños, jóvenes y adultos que Dios les ama, que hay una salida a los problemas de cada uno, que somos importantes para el Señor. Su gracia vive en cada persona. Él vive en nosotros porque ha querido encarnarse en nuestra realidad, para darnos un signo de su gran amor y formar parte de nuestra existencia. Este Jesús Hijo de Dios es el mismo que entró en María a través del Espíritu Santo. Por eso cuando tenemos vivo en nosotros el Espíritu Santo sentimos a Dios, escuchamos a Jesús, entramos en comunión con el Padre y el Hijo.

No es tiempo de querer racionalizar la fé


Nuestra fe no est á basada en un mito de alguien que pasa por la tierra, es una historia real. El Hijo de Dios no fingió ser hombre, Dios se manifestó en un hombre que tuvo hambre y sed, que se fatigó y durmió; en un hombre que se admiraba y se enfadaba, se entristecía y lloraba. Por eso Cristo no es un símbolo de nuestra fe, sino una realidad, es auténtico. Es el Cristo que se manifiesta en nosotros para hacernos presente su amor. Por eso Cristo conlleva una singularidad irrepetible, porque se revela en cada persona de manera diferente, según las necesidades de cada uno, convirtiéndose en una experiencia personal.

Tampoco Cristo es una realidad abstracta, de pura trascendencia, inalcanzable por el hombre. Cristo es visible y real aquí en la tierra; es un memorial de lo que Dios hace con cada persona; es la concreción de la historia realizada con el pueblo de Israel: una historia de amor. Si logramos leer en nuestra vida, descubriremos una autentica historia de amor, de mucho amor; por eso nuestro cristianismo no puede estar basado en una elocuencia de palabra para convencer a todo el mundo, no, es un testimonio de fe. Por eso el cristiano es aquel que está invitado a llamar a la fe a otros, a través de su vida y su experiencia de Dios.

El cristianismo es la certeza de un Dios que te llama, por pura gracia, porque quiere contigo construir algo nuevo. El cristiano es Jesús. Somos cristianos en la medida en que seamos imagen de Jesucristo en medio del mundo. Por eso los hijos de Dios no nacen de la carne, somos hijos de Dios por su Espíritu. Él nos ha dado el ser, nos ha llevado por el sendero de la vida, no pertenecemos a nadie sino a Él.

Esta es una palabra de salvación y está en la verdad del nacer, morir y resucitar de Jesús de Nazareth. Porque al igual que Cristo murió y resucitó, también a nosotros se nos permite nacer, morir, resucitar, salir y estar donde Él te puede encontrar. Si tienes a Cristo contigo, tú no puedes permanecer en la tumba, porque Dios te ha resucitado, te ha dado el ser.

El ser humano no es felizPara el hombre de hoy hablar de resurrección es tan absurdo como el que María con-cibió en su seno al Hijo de Dios. Son cosas imposibles, inadmisibles para el mundo de hoy que sólo acepta lo que es demostrable científicamente. Pero lo que es imposible para el hombre es posible para Dios. De la misma manera es posible para Dios transformar nuestro corazón duro y hacer de nosotros una criatura hermosa, pero no por nuestros méritos, sino por su inmenso amor.

Para continuar su plan de salvación, Dios invita a una mujer: María, y en ella encarna a su propio Hijo, convirtiéndola en auténtica madre de Jesús; son muchos los pasajes del Nuevo Testamento que así lo confiesan. Pero María no sólo es la madre biológica, porque antes de recibir a Jesús en su seno lo había aceptado y acogido en la fe: su «Fiat». Por eso es la madre biológica y la madre en la fe. Por tanto podemos decir: «Dichoso el vientre que te llevó y los senos que te amamantaron, como dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11, 27-28). María es bienaventurada por haber escuchado a Dios y haberle respondido con generosidad.

Antes de habitar el Hijo de Dios en el seno de María, ya Dios estaba allí por la fe de ella. Por eso María llevaba antes a Jesús en su corazón que en su vientre. La maternidad de María es de origen divino, es de Dios y al mismo tiempo es virginal, porque como dice San Mateo: «lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Este es un misterio no accesible a la razón, es un misterio que se demuestra sólo a la luz de la fe y de la tradición de la Iglesia.

Para aceptar que Jesús nació de María por medio del Espíritu Santo se requiere un oído limpio y un entendimiento puro. Hace falta tener la gracia de Dios en tu corazón, porque si tu mente no está abierta a la gracia, será imposible aceptar este misterio. Por eso, es un don de Dios poder decir que Jesús nace de una mujer en forma virginal. Cristo es don que se acoge en la fe, igual como María Virgen.

El Hijo de Dios es gestado en las entrañas de María y nace de Ella, por lo tanto, Jesús es realmente su hijo. Pero además la Iglesia afirma que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, lo cual nos lleva a afirmar que Maria es también Madre de Dios. La divinidad de Jesús no disminuye su humanidad, como su humanidad no disminuye la divinidad.

En el Antiguo Testamento nos encontramos con nacimientos ocurridos de forma milagrosa: la madre de Isaac, la madre de Sansón, la madre de Samuel; tres madres estériles que darán a luz salvadores para Israel. Estos actos incomprensibles para el entendimiento humano son la forma que Dios utiliza para dialogar con la humanidad y expresarle su amor y su misericordia, haciendo posible lo imposible al suscitar una nueva vida para cumplir su promesa.

Dios siempre va a elegir a los débiles para confundir a los fuertes. Por eso los sabios de este mundo no pueden aceptar todo esto, Dios se identifica con los pequeños para que aparezca su gloria en el mundo. Él no ha roto su diálogo, sigue hablando con el hombre y continúa haciendo prodigios en medio de nosotros, aunque muchos no quieran verlos.

Ya Dios estaba allí por la fé de ellaPor eso cuando tú dices: ¡mi vida no tiene remedio!, ¡no encuentro salidas!, es el momento de gritar e invocar el nombre de Jesús, porque lo que es imposible para ti, es posible para Dios. Si Dios pudo dar vida a un vientre estéril ¿qué no podrá hacer contigo? Jesús se encarna en María para que todos los hombres puedan encontrar un camino, una salida.

A veces pensamos que por nosotros mismos podemos solucionar todas las cosas y al comprobar que no es posible, nos hundimos y terminamos diciendo: ¡Dios no me ama! Pero no es verdad, Dios sí te quiere y ha enviado a su Hijo al mundo para ayudarte; no sigamos luchando solos, porque Dios puede hacer posible lo imposible.

Con María llegamos al punto culminante de la historia de salvación, pero esta historia no termina, nosotros somos parte de esta historia y estamos llamados a ser María y como Ella, acoger en nosotros a Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador, como portadores de la salvación para toda la humanidad. Es una misión que sólo es posible si estamos dispuestos a dar nuestro «Fiat» a Dios.

María se convierte en el resto de Israel, la hija de Sión, es ella el templo y la tienda de la nueva Alianza en la que Dios puso su morada entre nosotros, a donde se dirigen todas las miradas de esperanza, y nosotros somos llamados como Iglesia a dar continuidad a la Palabra hecha carne.

En la virginidad de María comienza una nueva creación: el hombre nuevo, Jesús Hijo de Dios. En medio de la infecundidad de la humanidad y de su creciente incredulidad, Jesús sigue encarnándose y actualizando la esperanza de salvación para todo el género humano. La salvación no es obra de los hombres, sino un regalo, un don que Dios nos otorga y en nosotros está acogerlo como don o rechazarlo, desde nuestra propia libertad.

con María llegamos al puntoComo verdadera Hija de Sion, María es imagen de la Iglesia que camina, que busca, que espera y alcanza la salvación, como don del amor infinito de Dios a su Pueblo; es imagen de cada uno de nosotros que tiene puesta su vida en Jesucristo y confía en lograr una identificación plena con Él a través del amor. María es por tanto Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, Madre de la Cabeza y del Cuerpo. Esta maternidad se hace patente junto a los pies de la cruz, cuando Jesús entrega a su Madre al discípulo amado y éste la recibe como suya.

María como modelo de lo que queremos ser cada uno de nosotros, nos acompaña en nuestro peregrinar diario hacia el encuentro con Jesús, el cual va a transformar nuestras carencias, nuestros sufrimientos, nuestra cruz, en fuerza y sabiduría de Dios, en un camino de salvación. Jesús al encarnarse en nuestra vida y en nuestra historia, ilumina y rescata la historia humana con su pasado, presente y futuro.

A todos los que leéis estas líneas, os animo a caminar con María hacia Jesús como un pueblo unido, como Iglesia, en comunión con nuestros pastores en la construcción del Reino de Dios. Porque en Jesucristo creemos en la salvación de todos los seres humanos; a través de Él es posible una sociedad diferente, una humanidad donde reine la justicia, la libertad y el amor; donde las personas sean felices, donde la pobreza de nuestro planeta pueda desaparecer. Es una tarea que no se podrá realizar de forma individual, de ahí la urgencia que cada uno de nosotros como Iglesia-Pueblo de Dios, sea testimonio de salvación para todos los hombres.

Alejandro Peñalta Mohedano, O. Carm.

Imposible para tí, posible para Dios