TEMA DEL MÉS
¿Cual es nuestro compromiso?

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La santidad se manifiesta principalmente como vía cristiana vivida en plenitud, sobre todo en la dimensión de la caridad. Juan Pablo II en la Encíclica Novo millennio ineunte definía la santidad como “medida alta” de la vida cristiana ordinaria” (n. 31). Esto vale también para San Alberto de Trápani. Él también forma parte de aquel grupo de santos recordados y venerados por su vida radical, intensa, empeñada, en todas sus dimensiones, especialmente en la atención generosa hacia las necesidades de la gente de su época.

San Alberto, fraile carmelita, fue verdaderamente hermano para muchas hermanas y hermanos, que se dirigían a él porque lo reconocían como hombre de Dios, capaz de manifestar la grandeza del amor de Dios hacia ellos en situaciones delicadas o de difícil solución. Alberto fue el hombre de la caridad concreta y generosa en más de una ocasión, atento a las necesidades de todos, especialmente de los más pobres. No es un caso al azar que se narre, entre los muchos milagros obrados por el santo, que muchos de ellos fueran realizados a mujeres que sufrían a causa de enfermedades; incluso a los hebreos, los cuales una vez curados se convertían al cristianismo, reconociendo en la intervención de San Alberto la mano del Mesías Jesús.

La caridad de Alberto se manifestaba en situaciones bastante diferentes, que pueden clasificarse en tres grandes grupos: un primer grupo, gestos que están relacionados con la colectividad o con problemas de tipo social; un segundo grupo, enfermedades físicas; un tercero, problemas psicológicos o espirituales. En éste y en el próximo apartado trataremos de los tres grupos.
La primera dimensión está en relación con la esfera social y comunitaria. La tradición narra al menos dos intervenciones milagrosas ocurridas en la ciudad de Mesina y de Agrigento y que tuvieron como objetivo el alivio de la población con problemas sociales.

El primero y más famoso está en relación con la ruptura del embargo impuesto por Roberto de Calabria (después rey de Nápoles) a la ciudad de Mesina en el 1301: por intercesión de San Alberto algunas naves – de una a doce, según las diversas narraciones – consiguieron romper el asedio naval y llevar víveres a los hambrientos ciudadanos. Este episodio se recuerda en una fuente ajena a la Orden: de ello se trata en el cap. X de la Crónica del Anónimo Romano, conocida con el título de Vida de Cola di Rienzo. Además del alivio que supuso para la ciudad extenuada, la intervención de San Alberto fue un signo evidente de paz: ¿por qué es siempre la gente sencilla la que tiene que sufrir a causa de las luchas y facciones de los poderosos? El dominio del Estrecho de Mesina, la unificación del reino de Nápoles, la hegemonía de Europa, todos eran intereses que afectaban a los habitantes de la ciudad de Mesina. San Alberto se hizo portavoz de una exigencia, a la que no se prestaba atención de otro modo, consiguiendo hacer menos pesada para muchas familias esta situación de guerra.

En Agrigento, el santo habría convertido en dulces las aguas de un pozo, de lo que aún se conserva la memoria. En este caso es bueno recordar la clara referencia al pozo de Jericó saneado por el profeta Eliseo (cfr. 2Re 2,19-22). El carmelita Alberto es hijo de aquella estirpe profética nacida de Elías, del cual Eliseo fue el heredero directo. Muchas personas pudieron recoger agua potable y buena sin dificultad; en aquellos tiempos la distribución del agua a domicilio estaba fuera de toda imaginación. El agua es uno de los bienes más preciados de la creación y no siempre está disponible para todos. Muchas veces son los intereses particulares, no siempre confesables, los que han hecho del agua un arma de chantaje o de opresión, un instrumento de poder. El gesto profético de San Alberto nos recuerda la sacralidad del agua y su destinación para la vida de todos sin exclusión.
La caridad de San Alberto tiene una dimensión del todo personal: muchas veces lo encontramos tratando de curar a enfermos del cuerpo o del espíritu con la delicadeza y atención, cosa que caracteriza siempre a las personas espirituales. La curación de los males físicos, la dirección espiritual y la práctica del exorcismo son tres aspectos complementarios en la vida del santo. El anuncio del Evangelio compromete a toda la persona, y esto se traduce en curaciones y en liberaciones interiores o exteriores, de cualquier género de impedimentos que obstaculizan una vida plenamente humana y espiritual.

Enfermedad, sufrimiento, dolor, son siempre situaciones que quisiéramos evitar porque nos crean incomodidad y las afrontamos generalmente de mala gana; cuando esto sobreviene a personas que son ya débiles, física, moral o socialmente, se agravan más para poder soportarlas. Los jóvenes y las mujeres eran categorías necesitadas de atención y de cuidado de un modo especial, abandonadas como estaban por la sociedad de aquel tiempo. Alberto estuvo junto a ellas, se puso a su disposición, ofreciendo ayuda concreta y real a quienes necesitaban ser curados y no tenían otra posibilidad sino la de volverse a Dios. Alberto, hombre de Dios, manifiesta su ternura materna y cura los males de los hijos e hijas más débiles.

Se recuerdan diversas curaciones realizadas en personas vivas y resurrecciones de muertos: en Palermo, un muchacho que se quedó ciego jugando con su hermana, comienza a ver y se hace fraile carmelita; otro joven de Lentini, curado gracias a la fe de la madre que lo había cubierto con una prenda del santo, se haría también religioso, pero la gratitud y el reconocimiento no son siempre signos de verdadera vocación, de hecho algún tiempo más tarde este último abandonó la Orden. La curación física se traduce a veces en un acompañamiento y en un discernimiento espiritual de cara a tomar una decisión en la vida.

Una mujer de Trápani fue ayudada por el santo durante un parto difícil en el que estaban a punto de morir tanto ella como su hijo: Alberto consiguió aliviar a la mujer, que dio a luz felizmente una hija. No es de extrañar que las mujeres se volvieran al santo para ser curadas de accesos mamarios, de fiebres, sobre todo las del parto, causa entonces de muchas muertes a la hora de dar a luz por la falta de higiene. La muerte de una mujer, de una esposa, de una madre, además de ser dolorosa para quien la padecía prematuramente y para sus seres queridos, constituía una calamidad social no indiferente; la mortalidad infantil y la de las madres, bastante alta en aquel tiempo, hacía que Alberto se pusiera al servicio de la vida y de la serenidad familiar.

No atendía solamente el aspecto físico. San Alberto tuvo siempre con el demonio una cuenta abierta; además de afrontarlo en batallas personales, fue también exorcista. Una vez en Licata, una mujer se dirigió a él para que liberase a su hija, de la que tenía sospechas de estar poseída por el de-monio. El santo fue a la niña y consiguió liberarla de la presencia maligna con un gesto de humildad, po-niendo la otra mejilla después de haber sido abofeteado por la joven en la otra. Una persona es plena-mente libre cuando todas sus dimensiones -cuerpo, alma y espíritu- se vuelven hacia Dios y hacia su amor. Aún cuando estas cosas son permitidas raramente por Dios, la posesión diabólica impide llevar una vida plena; el hombre de Dios puede devolver la consistencia, el dominio de sí y la do-cilidad a la voluntad del Señor. Lo que importa de aquellos gestos, más allá de su parte histórica y de su significado, es que hacen aparecer en San Al-berto al santo, al profeta, al hombre de Dios, que resplandece todavía hoy ante nosotros como hombre nuevo, plenamente evangélico, unido al Señor y compenetrado con su Palabra, y que hace de cada gesto una prolongación eficaz y elocuente de la acción sanadora y liberadora de Cristo.

San Alberto y los hebreos

Actualmente existe otra mentalidad respecto a la relación entre cristianos y personas de otras religiones, muy distinta de lo que se usaba en un pasado no muy lejano, e incluso en muchos ambientes religiosos y culturales. La fe es una realidad tan íntima que implica a toda la persona y le da un sello especial, orienta su visión del mundo y sus miras personales, sean del tipo que sean. También la cultura y el ambiente social influyen no poco en el modo de concebir la propia religión y la de los demás. Hoy, sobre todo, el Occidente secularizado está enfermo por el relativismo, para el cual no existe solamente una verdad y los principios morales están sujetos a la crítica y a la criba exclusiva y soberana de la conciencia (¿o de la oportunidad?) personal; por esto, muchos creen que es indiferente o banal cualquier forma de expresión religiosa.

El problema es serio y no se resuelve solamente en términos propagandísticos, recurriendo a slogan o a cruzadas. Por otra parte, no se trata sólo de dialogar -conocerse, acogerse, apreciarse- sino de anunciar el Evangelio con un testimonio auténtico. Esto significa ponerse al lado de todo hombre o mujer, respetando su dignidad, apreciando su punto de vista y su cultura, adaptándose a sus tiempos y ritmos. Hace falta, sobre todo, anunciar nuestra experiencia de la Resurrección de Cristo de la muerte, de la salvación y de la vida nueva experimentada por medio de la unión con Él en la Iglesia, y descubriendo que el valor universal de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo comprenden también el don del Espíritu Santo a la humanidad, el cual actúa en la vida de cada persona antes, incluso, del anuncio evangélico explícito. De modo especial esto se aplica a nuestra relación con la religión judía: Juan Pablo II se dirigió a los judíos llamándoles “nuestros hermanos mayores” con una actitud totalmente distinta de cuando eran considerados como “pérfidos” y “deicidas”. ¿Cuál fue la actitud de San Alberto?
Al menos en dos ocasiones distintas tuvo que ver con los judíos. Una vez el santo salvó a tres de ellos que estaban a punto de ahogarse cerca de Agrigento; otra vez curó de epilepsia a un muchacho judío de Sciacca. En ambos casos la leyenda habla de una profesión de fe pública y del consiguiente bautismo por parte de ellos. ¿Se entienden estos episodios como ejemplos de evangelización, de diálogo, de proselitismo, o como conversiones forzadas? El tema lo tocamos sin prejuicios, teniendo presente la mentalidad de la época en su contexto histórico. A lo largo de la historia se recuerdan momentos en los que hubo una gran relación entre los judíos y los carmelitas. El convento de Tolosa fue fundado sobre un terreno donado por un judío agradecido a la Virgen María, por cuya intercesión había sido curado.


Diversas leyendas, a más de aquellas relacionadas con San Alberto, narran relaciones más o menos normales entre carmelitas y judíos. Algún convento estuvo situado en el barrio judío y llegó a ser un lugar de predicación y de conversión. Aún se recuerdan episodios muy interesantes del respeto por los miembros del pueblo del que habían formado parte Jesús y María: en Francia, en la Reforma de Touraine (ss. XVII-XVIII), los maestros invitaban a saludar con respeto a los judíos, y el Ven. Alberto Leoni (m. 1642) reprendía a sus novicios cuando habían despreciado a alguno de ellos por la calle.

Quizás haya influido como un ejemplo San Elías: Alberto y los carmelitas tenían como punto de honor anunciar la fe verdadera a los miembros del pueblo elegido a imitación del profeta (1 Re 18,20-40). Este tema se coloca hoy en el plano del diálogo y del reconocimiento de los fundamentos comunes, de preocuparnos juntos del anuncio de la fe; pero el ejemplo de San Alberto nos recuerda que el testimonio fundamental consiste en la caridad auténtica, delicada y generosa. Sólo el que se hace “todo a todos” (1 Cor 9,22) es capaz de hacer experimentar la salvación de Dios y favorece el encuentro personal con Cristo.

San Alberto Devoto de María

Que San Alberto tuvo una devoción profunda a la Madre del Señor, está atestiguado por más de una de las leyendas antiguas; sería, por otra parte, muy extraño que un carmelita de las primeras generaciones no poseyera esta nota mariana de la Orden. No podemos atribuir a Alberto todas las características de la piedad mariana desarrollada por el Carmelo en los siglos posteriores. Podemos indicar, sin embargo, algunas muy comunes a su tiempo y que se encuentran en textos de la misma época.

María fue venerada por los carmelitas en sus orígenes como la Señora del Carmelo (del lugar donde surgió el eremitorio inicial) y de la Tierra Santa, ya que era la madre de Cristo, Señor feudal de aquella tierra conquistada con el precio de su sangre. Por este motivo, además de la opción, debida al contexto teológico y eclesial, que hacía que se tuviera a María como punto de referencia espiritual para los que trataban de comprometerse con la reforma de la Iglesia, los carmelitas le dedicaron el oratorio construido en medio de las celdas y así se dedicaron al servicio de la Virgen.

En Ella vieron a la mujer nueva, obediente a la Palabra de Dios, dispuesta a discernir su voluntad plenamente y a realizarla con pureza y humildad. En este contexto resulta natural contemplar la virginidad de María y asimilarla como pureza: virtud interior, psicológica y espiritual antes aún que física, que constituye uno de los puntos fuertes de la espiritualidad de San Alberto. La obediencia a la Palabra de Dios, traducida en obediencia al superior, en vida fraterna desarrollada plenamente con ánimo puro y transparente a la luz de Dios, capaz de contemplar la belleza de su voluntad y de traducirla con libertad y fantasía en la vida cotidiana. La página de la Anunciación se convierte en este contexto en una de las referencias naturales y significativas que atrajeron a los carmelitas de la primera generación.

Por consiguiente, la Madre del Señor se la contempla como “toda hermosa”, que realiza la novedad traída por su Hijo. Es la mujer nueva, evangélica, el prototipo de todo cristiano, auténtica ‘nueva Eva’, verdadera madre de los vivientes y de los creyentes. La belleza abraza la existencia toda de María, por eso es Inmaculada, elevada al cielo, plenamente asociada a la santidad radical del Hijo y resucitada con Él. No nos maravilla, pues, que los Padres de la Iglesia, y posteriormente los escritores medievales, incluido los carmelitas, reconocieran en la nubecilla que subía del mar e impetrada por la oración de Elías (1 Re 18,44), una imagen de María Inmaculada y elevada a los cielos.

Una antigua tradición une a San Alberto con la imagen de la Madonna di Trápani: podría haber sido realizada y llevada a Trápani cuando el santo era Provincial de Sicilia. Es difícil decir cuál sea el fundamento de esta tradición, pero en la belleza de la imagen de mármol pintado en el busto de la Virgen, que tiende la mirada al rostro de su Hijo, en la sonrisa dulce y triste al mismo tiempo, se pueden adivinar algunos reflejos de la sensibilidad con la que Alberto tuvo que haber contemplado a la Madre y Hermana de los carmelitas. En la mirada de afecto del Niño hacia su madre, pudo haber reconocido el reflejo de la propia devoción, del amor tierno e íntimo, nada empalagoso sino comprometido y exultante de quien sabe que, amar y venerar a María, es desear seguirla a la plena adhesión del proyecto de salvación del Padre por la humanidad. Ser devoto de María significa hoy, como en tiempos de San Alberto, sentirse acompañado y sostenido en el camino de la fe, recorrido concreto de caridad humilde y silenciosa a los hermanos y hermanas, y abierto a la esperanza de la vida nueva y plena que Cristo nos concede con su Espíritu.

P. Giovanni Grosso, O. Carm.