|
|
 |
TEMA DEL MÉS |
|
 |
Han comenzado los actos en conmemoración del VII Centenario de la muerte de San Alberto de Trápani, carmelita, acaecida en 1307. Durante el año iremos reproduciendo algunos artículos sobre distintos aspectos de la vida del santo de diversos autores carmelitas.
SAN ALBERTO DE TRÁPANI1 O DE SICILIA
“PATER ORDINIS”
P. Giovanni Grosso, O. Carm.2 |
 |
Alberto fue uno de los santos más antiguos de la Orden del Carmen. Por su santidad y por el ejemplo de su vida, se le llamó, junto con S. Ángelo, Pater Ordinis (Padre de la Orden).
No hay muchas noticias de su vida, pero quedan algunos indicios ciertos de la misma. La biografía más antigua fue escrita probablemente poco después de 1385 y fue la base de un segundo texto manuscrito, de autor anónimo carmelita, conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana. Poco después, otros se dispusieron a escribir sobre San Alberto: conocemos las biografías de Vincenzo Barbaro, Teodoricus de Aquis, de este último dependen las biografías de Giovanni M. de Polucíis de Novellara y la Legenda Áurea, obras todas del siglo XV. Algunas noticias fueron recogidas en el mismo período y se hallan en el elenco de los santos, bajo el nombre de Catalogus Sanctorum.
La tradición confirmada por algunos documentos dice que San Alberto nació hacia mitad del siglo XIII en Trápani (Sicilia), de Benedetto degli Abbati y Giovanna Polizí, tras veintiséis años de matrimonio estéril; esta nota nos recuerda los grandes ejemplos bíblicos de Samuel (1Sam 1,1-2,11) y Juan Bautista (Lc 1,5-25; 57-80). La madre se lo ofreció al Señor y lo encaminó para que se consagrara a Él, manteniendo esta promesa frente a los deseos de su padre de hacerlo contraer matrimonio y que habría visto con más agrado, a fin de hacerlo heredero de la fortuna familiar.
Alberto ingresó en los carmelitas, ya presentes en su ciudad natal y de quienes su familia era bienhechora. Ordenado sacerdote fue enviado a Mesina. Sin embargo, algunos documentos lo hacen presente en Trápani el 8 de agosto de 1280, como testigo del testamento de Ribaldo Abbati; el 4 de abril de 1289 también fue testigo del testamento de Perna, segunda mujer del notario Ribaldo; mientras el 8 de octubre del mismo año firmó como testigo el contrato de enfiteusis de algunas tierras en favor de Palmerio Abbati, militar.
A Alberto se le recuerda como hombre de oración, predicador célebre muy solicitado en toda Sicilia. En un documento relativo a una donación de Palmerio Abbati en favor de Doña Perna del 10 de mayo de 1296, se le menciona como Provincial de Sicilia.
No se tiene memoria de la participación de Alberto en algunos acontecimientos cruciales vividos por la Orden en aquel período, o cómo contribuyó a la consolidación y desarrollo de la misma, pero ciertamente su obra como predicador y hombre caritativo, de fraile de una gran experiencia de Dios, capaz de reconocer las necesidades de los hombres, hizo que creciera la estima hacia la Orden en Sicilia. No es sólo por su antigüedad por lo que se le ha atribuido el título de Pater Ordinis.
Alberto murió en Mesina el 7 de agosto de 1307. El año no es del todo seguro, pero es verosímil. La tradición recuerda el episodio de la disputa surgida entre los clérigos y el pueblo en el momento de celebrar las exequias: el afecto y la devoción popular deseaba celebrar a Alberto como Santo, mientras que los clérigos preferían una misa de exequias normal. La leyenda cuenta que en medio de la disputa, aparecieron dos ángeles que entonaron el Os justi, antífona de entrada de la Misa de Confesores, como si dieran razón al sentimiento popular y confirmaran la fama de santidad de Alberto.
La traslación de las reliquias se realizaría en 1309 o en 1317, como es lo más probable. El cráneo fue trasladado de Mesina a Trápani por el Provincial Cataldo di Anselmo, de Erice. Las reliquias de San Alberto se distribuyeron por todas partes. Por toda Sicilia se recuerda la memoria de su paso y de los milagros realizados por Alberto: en Agrigento existe el pozo cuyas aguas se volvieron dulces por obra del santo; en Corleone se conservaba el recipiente del ajenjo; en Petralia Soprana una piedra donde habría descansado; en Piazza Armerina se habría erigido la primera capilla en su honor.
|
 |
San Alberto ha sido representado muchas veces con un libro abierto en las manos, o con el Niño Jesús en los brazos.
No es una casualidad: ambos atributos icnográficos indican al predicador del Evangelio, y San Alberto lo fue. Sin embargo, para poder ser un enviado auténtico, es necesario haber encontrado a Jesucristo y esto es sólo posible a través de la escucha de la Palabra. El contacto habitual con la Sagrada Escritura, o en la Lectio Divina cultivada con pureza de corazón y disponibilidad a la acción transformante del Espíritu, hizo que San Alberto pudiera anunciar el Evangelio.
También de él se puede decir lo que la gente decían de Jesús: “Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como sus escribas” (Mc 1,22; cfr. Mt 7,2829; Lc 4,32).
De San Alberto se recuerda su capacidad extraordinaria para hablar a la gente con convicción y claridad. No sabemos si estudió en alguna Universidad, o si - como sería lo más probable - su formación fuera de tipo monástico. En ambos casos tenemos la centralidad de la Palabra de Dios, la lectura sabia, continua y apasionada de la Sacra pagina, como se denominaba a la Biblia en aquel tiempo. Formado en la Biblia y en el Evangelio, Alberto asimiló su espíritu y fue capaz de traducirlo, es decir, de transmitirlo de modo atrayente y eficaz, para que fuera luz e inspiración para aquella época.
Una de las características de las nuevas familias religiosas nacidas a finales del siglo XII y posteriormente, fue la predicación popular: ésta no se llevaba a cabo en asambleas litúrgicas o en lugares y momentos considerados hasta entonces como sitios oficiales para la predicación; el ministerio de la predicación, hasta entonces obligación propia de los Obispos o de sus Delegados oficiales, fue asumido por frailes sencillos, e incluso por laicos.
También los carmelitas desde el principio, y principalmente después del Concilio II de Lión (1274), se dedicaron a esta actividad considerándola como una verdadera y propia vocación de servicio al pueblo de Dios. Por lo tanto, los primeros santos de la Orden, San Alberto y San Ángelo, fueron dos predicadores insignes, de San Ángelo, incluso, se dice que encontró la muerte a causa de las denuncias dirigidas a un hombre de vida disoluta durante un sermón.
Concluíamos la reflexión anterior diciendo que San Alberto aparece como un verdadero discípulo del Señor, testigo auténtico de su encarnación, pasión y resurrección. De hecho, empleó gran parte de su tiempo y de sus energías como predicador. Su predicación era confirmada con los prodigios que realizaba: no sólo anunciaba el Evangelio, sino que curaba a los enfermos, daba la vista a los ciegos, expulsaba demonios (cfr. Mc 16,9-20).
La palabra anunciada se materializaba en gestos de solicitud hacia los que verdaderamente la necesitaban, además de inculcarles una nueva vida. Su llegada a algún lugar era ya de por sí el anuncio de una buena noticia, un Evangelio. Su vida simple y coherente hablaba por sí misma, hablaba de Cristo y del don de su salvación y de su gracia.
La transparencia de su vida le permitía traducir la palabra en gestos concretos: incluso en esto se manifestaba su devoción a la Virgen santa: como la Virgen María, que supo dar vida a la palabra, él era un “engendrador de Dios”, como diría muchos siglos más tarde su hermano en religión, el Beato Tito Brandsma.
Por otra parte, su atención a las necesidades elementares y primarias de las personas a las que se dirigía, era un fuerte indicador de su capacidad de hablar a aquellos que necesitaban más que los otros del anuncio del Evangelio.
La predicación de San Alberto no se dirigía a un público superficial, atento más a las formas elegantes de hablar que al contenido vital de la predicación. El carmelita iba al núcleo central: corría hacia los hombres y mujeres que tenían necesidad de una palabra de salvación, de vida, de esperanza y a ellos, a los últimos, se dirigía con la fuerza del amor, de la fe, de la esperanza. Por eso, su palabra resultaba eficaz y fuerte, capaz de producir efectos extraordinarios de curación interior y exterior, por lo que es venerado como taumaturgo. |
 |
Otro atributo icnográfico de San Alberto es un lirio blanco, símbolo de la pureza. Esto quiere decir que su vida resplandecía como ejemplo de candor y de virtud, reconocido y venerado por el pueblo de Dios como don y como ejemplo para todos. La castidad de Alberto se convirtió en una expresión luminosa de una opción radical, definitiva y total por Dios.
Otros dos elementos de la leyenda de San Alberto, de modo diferente, se refieren al valor mismo de la pureza. Se cuenta, que la madre, Giovanna, agradecida al Señor que se lo había concedido después de tanto tiempo de espera, deseaba para el hijo una vida de total consagración a Dios. El padre, sin embargo, habría preferido verlo casado, tal vez con la hija de algún comerciante rico y noble: modo habitual para mejorar la condición económica de la familia, además de asegurar para el hijo un futuro cómodo y rico en perspectivas. La leyenda continúa diciendo que el joven, puesto frente a la elección, prefirió las intenciones espirituales de la madre a las miras utilitaristas del padre, el cual fue convencido por su misma esposa.
Si esto no bastara para manifestar la opción radical por Dios, la leyenda narra la tentación a la cual fue sometido el novicio Alberto. Una joven agraciada habría tratado de conquistar su favor, apartándolo de la decisión tomada. Pero, como se sabe, el diablo hace los cálculos, pero se le escapa lo esencial: el engaño del tentador fue descubierto por Alberto, que reconoció el verdadero rostro del mismo, no disimulado del todo en las apariencias de la joven. El novicio se apresuró a rechazar y pisotear al demonio, confiándose en el auxilio divino.
En algunas pinturas se representa a Alberto que pisotea al demonio disfrazado con formas femeninas, pero con pezuñas, indicando su verdadera naturaleza y en señal de victoria. ¡Atención! la imagen no se interpreta como señal de desprecio hacia la mujer, de su dignidad o de su belleza ¡todo lo contrario! Basta pensar a cuantas mujeres se dirigió Alberto para ayudarlas, consolarlas o curarlas en el cuerpo o en el espíritu. La narración se entiende en términos simbólicos: incluso las realidades más bellas se pueden convertir en tentaciones, si nos apartan de la voluntad de Dios o de la propia llamada. No existe una narración, pero podría hacerse, de la historia de una joven llamada al matrimonio y que fue disuadida y convencida por el demonio para que entrara en un monasterio. Incluso en este caso, ceder a la tentación ¡sería nefasto!
Tanta insistencia sobre este punto no es casual: se trata de modos figurados – y esto vale tanto para las pinturas como para las “imágenes” de la leyenda – de narrar una característica de San Alberto que, como verdadero carmelita, era un seguidor de la Virgen María, la Virgo purissima. La 'pureza' vivida por Alberto no es solamente un hecho físico, sino ante todo, espiritual; no se trata de una castidad vivida como renuncia al amor humano o a la fecundidad natural. Sirve, más bien, para traducir en términos existenciales la opción radical por Dios y por su designio de salvación, el cual exige plena disponibilidad y dedicación. Alberto se dejó seducir por Dios; se puso a su total servicio; le entregó su vida y sus capacidades; acogió su llamada como un don y como un compromiso de vida.
La pureza de San Alberto expresa su plena conformidad a Cristo, la adhesión simple y total a su palabra de vida, la transparencia con la cual su persona manifestaba y comunicaba la opción fundamental por Dios. Como María, San Alberto supo acoger la Palabra que le fue dirigida y supo hacerla viva, actual, en su experiencia vital. Su persona se hizo tan transparente, por obra del Espíritu Santo, que las palabras y los gestos servían para hacer explícito el testimonio de la acción Salvadora que el Señor continúa realizando a través de la acción de sus discípulos.
|
 |
No hay duda que San Alberto profesó y vivió la pobreza. Prueba de ello es la decisión de ingresar en la comunidad de los carmelitas, enmarcados ya dentro del gran grupo de frailes mendicantes, es decir, de aquellos religiosos que no hacían depender su subsistencia de ganancias o rentas seguras, sino que daban importancia a la sencillez de vida, a la “mendicidad incierta”, yendo a predicar y comiendo lo que la gente le ofrecía, según la posibilidad o la generosidad. Ponían todas las cosas en común y compartían todos los bienes, considerándose hermanos, y por lo tanto, miembros de la misma familia, a la cual proveía el Padre común.
San Alberto había hecho de la pobreza una determinación auténtica de su vida: su procedencia de una familia acomodada y de una cierta ascendencia, no fue obstáculo para ello. Podría haber elegido otro estilo de vida, entrando en el clero de la ciudad, en alguna abadía, o formar parte de los canónigos. Eligió estar junto a los menores, a los últimos de su tiempo, compartiendo con ellos su estilo y su condición de vida. Esto no quiere decir que no conservara la experiencia y los conocimientos familiares: tal vez hiciera uso de ellos en alguna ocasión. Por ejemplo, en el episodio del embargo de Mesina, San Alberto quizás echara mano del algún apoyo influyente que le ayudara, haciéndoles llegar víveres a la ciudad. Está claro que lo que impulsó en aquella ocasión fue el hambre de la gente y el sentido de responsabilidad hacia aquellos que en aquel momento tenían verdaderamente necesidad de ayuda. El precepto evangélico de dar de comer al hambriento estaba antes que cualquier oportunismo, cálculo o seguridad.
La pobreza evangélica implica la lucha por la vida, la justicia, la verdad, la paz. San Alberto, pobre por elección personal, sabía reconocer la auténtica necesidad de las personas que tenía alrededor y había aprendido a intervenir con caridad evangélica según las circunstancias.
Un aspecto correlativo a la pobreza, y como consecuencia de la misma, era el de la penitencia o el de la austeridad de vida propia de la Orden del Carmelo, muy cercana aún a los orígenes. La tradición recuerda al menos dos hechos unidos a esta dimensión práctico- espiritual de la vida de Alberto: el frasco de ajenjo que se conservaba en Corleone y las piedras de Petralia Soprana, donde habría descansado. Esta última nos abre una rendija sobre la vida del santo, a menudo andando por los caminos desiertos de Sicilia, para predicar, curar, aconsejar, sanar espíritus. El carmelita podría haber podido gozar de algún alojamiento mejor, no le faltaban amigos y apoyos familiares que habrían podido darle hospitalidad. Sin embargo, elegía viajar como un pobre. Pobre entre los pobres, buscaba alojamientos improvisados para cobijarse durante los viajes: los establos, las grutas y los refugios naturales no les eran extraños.
El ajenjo se había convertido en un alimento habitual en los días de penitencia, el viernes por ejemplo. San Alberto lo mezclaba con las comidas o con las bebidas, haciéndolas así menos agradables al gusto. Era otra manera de mortificar los sentidos. Hoy tenemos otra relación con la comida y el concepto de penitencia es distinto; sin embargo, no sería justo juzgar el modo de obrar de aquella época. Todavía es válido como signo de una vida austera y pobre que va a lo esencial, sin perderse en cosas inútiles y empeñadas en la construcción de relaciones auténticas, jamás utilitaristas con los otros y con la realidad circundante. Los pobres evangélicos, como San Alberto, saben que no pueden contar con otra ayuda fuera de Dios y de su gracia; aceptan y reciben como un don lo que reciben de los hermanos o de las hermanas, sin pretender nada, y lo agradecen todo. La pobreza evangélica hace capaz de reconocer las necesidades de los otros y proveer a ellas con generosidad.
CONTINUARÁ…
|
1 Artículo tomado con licencia de la Revista Rallegratevi, N. XIX, VI, enero-marzo 2006, pp. 2-10.
2 El P. Giovanni Grosso, O.Carm., doctor en Historia, es actualmente Viceprovincial de la Provincia Italiana Carmelita. |
|
|