Atrás
SUYO AFECTISIMO

MendizabalEstimado Señor Mendizábal:
En principio le sorprenderá a usted mi carta. Un fraile carmelita que se dirige a uno de los políticos que más daño ha hecho a la Iglesia y en concreto a las órdenes religiosas en España. Sin embargo -no se asuste- quiero quitarle a esta carta todo tinte polémico. Verá, el motivo de la misma es que he visto últimamente varios de nuestros antiguos conventos que, gracias a su famosa ley de exclaustración de 1836, dejaron de ser conventos y de ser nuestros y ahora (tras pasar por muchas manos) son cuarteles, conservatorios, facultades, ayuntamientos o casonas. Comprenda usted nuestra nostalgia cuando vemos aquellos edificios, llenos de escudos carmelitas, en los que trabajaron, estudiaron, rezaron y vivieron muchos hermanos nuestros durante siglos.

Aunque la desamortización fue muy compleja, me reconocerá usted que nos hizo una buena faena. Muchos de aquellos conventos eran no sólo centros religiosos sino también lugares de cultura, de arte, centros que animaban la vida de pueblos y barrios y que luego, al caer en manos privadas, ya no tuvieron el más mínimo carácter público que curiosamente tenían con los frailes. Quiero pensar que usted tenía buenas intenciones, y que había abusos y excesos (se lo concedo), pero ahora, con los años (con los siglos) hay que reconocer que fue un fracaso. En fin, no vamos a remover ahora viejas historias.

El caso es que también he visitado, casi por casualidad, su tumba en el pan-teón de hombres ilustres de Madrid, junto a la Virgen de Atocha. Hay que ver la muerte cómo nos humaniza y nos iguala. Allí, ante su tumba, me di cuenta de que usted, como yo, como todos, somos un poco hijos de nuestro tiempo y que muchas veces las circunstancias son complejas, y que las personas valen más que las ideas, por muy respetables que éstas sean… En fin, que, como ve, casi le exculpé totalmente, si de algo hay que hacerlo. Dios que conoce los corazones es el único que puede juzgar.

Y allí, en ese panteón decimonónico, un poco grandioso y un poco grandilocuente y teatral, me atreví a confesarle dos cosas: la primera es que la desamortización suya (aún siendo injusta y equivocada) algún bien también nos ha hecho. Esto se lo digo bajito, no vaya ser que nos oiga alguno de estos neolaicistas y progres de salón, y tomen nota. Sólo faltaba darles ideas… A lo que me refiero es que la desamortización nos quitó lastre; vamos, que nos purificó. Y es que a veces, sabe usted, estamos demasiado apegados a las cosas de este mundo: a los sitios, a los conventos, a los edificios, a los cargos…
La segunda es que, después de usted, han pasado muchísimas cosas, no sé si está al corriente. El mundo ha cambiado mucho (si usted lo viera) y nuestra España también y generalmente para mejor. Hoy hemos conseguido trabajar juntos por una serie de valores comunes y hemos prosperado muchísimo. Pero los españoles somos un poco tozudos y nos cuesta trabajo romper con los prejuicios y ahí nos tiene usted otra vez a la gresca, como si no hubiéramos aprendido nada. Nos cuesta trabajo dejar su siglo y nos aferramos a clericalismos y anticlericalismos decimonónicos. En fin, que si usted tiene alguna influencia por ahí arriba (donde espero que se encuentre), o si conoce a alguien que la tenga, mánde-nos un poco de luz, de concordia y de sensatez.

Suyo afectísimo,
FERNANDO MILLÁN ROMERAL, O.CARM.