Soy la Hermana María Dolores de Jesús Domínguez, Carmelita de Vida Contemplativa, y en esta misma tarde del día 8 de abril de 2005, después de contemplar a través de la pantalla de televisión la Misa de Exequias, uniéndome a toda la Iglesia y con ella a millones de hermanos de todos los rincones del mundo, en el último adiós a nuestro queridísimo “Papa peregrino” Juan Pablo II, vuelvo al silencio del Claustro manteniendo viva en mi alma y en mi corazón la experiencia vivida en estos días intensos, entremezclados el vacío y el dolor con la esperanza y el gozo que nos da la fe en nuestro Señor Jesucristo resucitado.
Para mí, y supongo que para muchos creyentes, gracias a Dios, el Santo Padre ha sido en estos años de decadencia física, en los que la enfermedad iba poco a poco deteriorándolo, un verdadero “Icono del Cristo Pascual”: se ha presentado ante nosotros sufriente y dolorido, “atado a una silla de ruedas”,
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mudo pero con semblante sereno como “un cordero”, desfigurado que no parecía él, lo hemos visto subido en la cruz tres días antes de su muerte al asomarse a su ventana y bendecir callada pero amorosamente “al amado rebaño que Cristo le encomendó”; lo hemos visto muerto... Y TAMBIÉN HEMOS PODIDO VER QUE ESTÁ VIVO, que la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo en este 2005 la han podido presenciar todos los que han estado en Roma y los que a través de los medios de comunicación hemos contemplado esas imágenes con los ojos de la fe. La Santidad de Dios ha bajado y se ha manifestado a todo el mundo, y hemos podido contemplar su gloria, la misma gloria y santidad que Juan Pablo II miles y miles de veces ha proclamado con su palabra y con su vida en casi veintisiete años de Pontificado.
Yo necesito, al igual que millones de personas, sobre todo de jóvenes, ex-presar y compartir mis sentimientos de gratitud y amor hacia “nuestro Papa
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