Santo”, pues mi vocación fue gestándose a través de los siete encuentros a los que asistí para “verlo y escucharlo en vivo” sobre todo en cuatro Jornadas Mundiales de la Juventud que el Señor me concedió vivir antes de entrar en el Carmelo.
La primera vez que vi al Santo Padre fue en julio de 1980. Pe-regriné a Roma a raíz de un accidente grave de automóvil que sufrí varios meses antes y que supuso para mí una experiencia fuerte del Señor. Una vez en Roma, acudimos a la Plaza de San Pedro para la Audiencia que tenía el Santo Padre con los peregrinos. Llegó en helicóptero desde Castellgandolfo y paseó en coche descubierto saludando a las miles de personas que nos apiñábamos junto a las vallas para verlo lo más cerca posible.
Dios permitió que a mi lado estuvieran varias jóvenes polacas, y al pasar el Santo Padre se paró el coche. ¡Dios mío, tenía al mismo Papa frente a mí! No quería ocupar mis ojos en el objetivo de la cámara fotográfica, el Santo Padre miraba con atención la camiseta que yo llevaba puesta: era un monigote sonriente con la frase: ¡Sonría, Dios te ama! Fueron momentos tan de Dios cuando después de leer la frase y mirarme fijamente a los ojos, puso en práctica la invitación y me sonrió abiertamente mientras yo contemplaba su mirada profunda y limpia, fiel reflejo de la belleza de su alma. Me alargó la mano y se la besé una y otra vez, y me embargó tal felicidad que desde aquel momento supe que el Señor me tenía reservado un lugar especial en su Iglesia.
En octubre de 1982 comencé a asistir a las catequesis del Camino Neocatecumenal, y nada más empezar, a principios de Noviembre fue mi segundo encuentro con el Papa que vino a Sevilla para beatificar a Sor Ángela de la Cruz. No importaba no tener silla para sentarme,