Empezaron los pleitos, que las monjas sufrieron entre sustos de que si perdían, novedades y fatigas. Idas y venidas de sujetos eclesiásticos, para tratar con unos y otras. Pero las monjas, anota la autora del manuscrito “...pleiteaban como pobres... y como el dinero es el que más vale, así todo se frustrava”.
Como solución a este fuerte deseo de cambio de confesores y directores, no se le ve otra salida (no perdamos de vista que estamos en pleno siglo XVIII) que el traslado de este grupo de monjas a otro convento de la ciudad. Un decreto de la Sagrada Congregación les intima a que escogiesen el convento que quisieran. La noticia llena de dolor a las monjas al ver que para su “quietud y sosiego avía deser a costa de tal separación de su casa y hermanas”. Muy claro debían tener estas monjas lo que querían, pues a pesar de tan extraña y salomónica decisión eclesiástica, per-manecen en sus trece alegando con ruegos y lágrimas que no querían dejar su amado convento, ni mucho menos su querida Orden que esto no era lo que humildemente pedían. Pero ante la inflexibilidad de unos y otros (Carmelitas descalzos por un lado y el Gobierno eclesiástico por otro) optan por abandonar lo que fue razón de sus vidas. Su palomarcito carmelitano.

Dios viene en socorro de los pobres. Empieza este grupo de monjas a pensar a qué convento de monjas existente en la ciudad de Granada pudieran pedir asilo, cobijo. Difícil convivir dos comunidades de vida religiosa distintas en un solo lugar. ¿Cómo cumplir cada una con su horario, regla, normas, liturgia rezos, penitencias y leyes de ayunos, etc.? Piensan en con-ventos que al menos sean descalzas como ellas. Y empieza también el descarte. A las clarisas, no. A las franciscanas de tal sitio, no. A las mercedarias, no. Sólo queda el convento de carmelitas calzadas. ¿Será posible? ¿Nos acogerán? Antecedentes había de la estima que se tenían y como las carmelitas calzadas sabedoras de la aflicción en que estaban les habían ofrecido muchas veces su casa. Se trata de sus vidas, desarraigadas de su amado convento.
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Todas piensan que sí, y las razones son de todos los gustos y a cual mejor: Tienen nuestras mismas Reglas, aunque ellas mitigadas, como se entendía entonces, sólo nos diferenciamos en puntos de las Constituciones, etc. Pero mirando lo positivo, ni siquiera el hábito es óbice para la vida de comunidad “ya que la diferencia entree jergón de unas y la estameña de las otras no es mucha...” se expresa una. Ni cortas ni perezosas a ellas se dirigen con la confianza de hermanas. Y así, el día 15 de agosto de 1766 a las tres de la tarde se recibe un despacho de este modo encabezado:
Mui Rda. Pra: Mui Sra. mía y mi Amadísima Hermana. Notorio será a V. Rª y aesa mi Venerada Comunidad como... nos vemos precisadas al imponderable dolor de dejarla casa... transitar a conventos de Ntra. Sagrada religión o a otros donde encontremos benévola recepción...”
El manuscrito continúa relatando cómo con el tiempo todas hacen de nuevo el noviciado, 1767; renuevan los votos, año 1768 como está mandado; cómo han gastado algún dinero de su peculio que portan al convento para nuevos hábitos; cómo todas se integran en el tronco antiguo del Carmelo, cómo se va normalizando la vida de la Comunidad y.. ¿el corazón es el corazón...? no falta una monja, que pide permiso para volver a su antiguo y querido palomarcito descalzo, pues ella no puede vivir añorando toda la vida su primer nido. Es valiente, pues ha dejado en la clausura calzada a su hermana carnal.
¡Bella historia de amor y de sufrimiento compartido entre los dos Carmelos feme-ninos, que una monja ¡que se sepa su nombre! Sor Teresa de Jesús Gnocco y Pablaciones escribió para recuerdo imperecedero de aquéllas que prefirieron dejar su amado convento a dejar de luchar por lo que creían justo. ¡Libertad de conciencia! Bella lección.
Manuel Anguiano Villegas, O. Carm.
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