(La transcripción del manuscrito original que se encuentra en el Convento de las Monjas Carmelitas, se debe a Sor Mª Lourdes Santos Álvarez, carmelita del mismo convento).

Existe en el Archivo del convento de monjas carmelitas de Granada un curioso manuscrito en el que se narran las peripecias que pasaron y sufrieron un grupo de monjas carmelitas descalzas del convento de San José que fundó Santa Teresa de Jesús en el año 1582, al convento de la Encarnación de monjas carmelitas calzadas fundado muchos años antes. A la distancia de casi 240 años el hecho se lee y se asume como algo casi normal, pero que era del todo anormal en plena mitad del siglo XVIII, exactamente en el 1766. Y si le añadimos los motivos del traslado, las graves personas que intervinieron y las pintorescas circunstancias de lo acon-tecido, junto a las más exigentes normas de nocturnidad y secreto que se siguieron, la anécdota sube a la categoría de aventura monacal.
El manuscrito es prolijo en contar los hechos, no dejando casi nada por decir, citando algunos documentos y cartas cruzadas entre las Prioras de los dos conventos, dando cuenta y razón con pelos y señales de casi dos años de toma y daca, de permisos y negativas, de malentendidos y paciente espera, de intervenciones de unos y otros, carmelitas descalzos, Arzobispado, monjas carmelitas de ambas ramas, prohombres de Granada, etc. etc.
Pero vayamos al grano, que ya el lector está impaciente por saber qué fue aquello.
Sabemos todos que Santa Teresa quería para sus hijas lo mejor. Y para su ayuda y consuelo y dirección espiritual de estas sus hijas fundó la Descalcez masculina, para que siempre tuvieran padres espirituales que les sosegasen y guiase en todos los asuntos del monasterio y de las vidas de las monjas en asuntos tanto materiales como espirituales.
Siendo la primera casa de carmelitas descalzas de Granada de grande in-comodidad vivieron en ella hasta 1586, cuando les dieron otra casa y allí “aco-modaron los Coros celdas y oficinas”. Así pues, una de las cosas más vitales para aquellas fieles hijas de la Gran Teresa, era la confesión y dirección espiritual, que como norma estaba sujeto todo a los Padres de los Mártires. (Así llama el manuscrito a los Carmelitas Descalzos, por el lugar donde vivían).


Pero hete aquí, que habiendo permanecido en esta subordinación y obediencia a la Orden, llegó un día en el que las monjas no estaban satisfechas de esta dirección y deseaban sentirse libres para hacer su confesión y llevar la dirección de su alma con cualquier sacerdote y si no es carmelita descalzo mejor. Esta decisión debió estar muy bien pensada y aconsejada por prohombres de la ciudad, tanto seglares como eclesiásticos, que la apoyaron y ayudaron en los primeros momentos. Cuáles eran las causas, no se sabe. Sólo cita el manuscrito a mudanza de los tiempos, “...y tal vez (que fue lo más) el querer oprimir a que no hubieran estas Religiosas desahogo con otros confesores extraordinarios...”, el deseo de más libertad en este asunto, aunque se supone por el manuscrito otras de distinto índole. Empieza el tira y afloja, el ir y venir de padres descalzos al convento, de tropiezos y alegatos, están por medio las dotes de las monjas y otras propiedades que ennegrecen un poco el hecho, pero que en aquel tiempo es todo muy normal y cada uno quiere tener razón.


Aconsejadas por muchos sacerdotes y seglares como de otras religiones, escribieron a su Santidad “...suplicando les con-cediese licencia para confesar con cualquiera de los Sugetos aprobados por el ordinario, i que en esta Matheria querían siempre libertad”. De este parecer eran doce de las diecinueve monjas que formaban la Comunidad. En cuanto llegó la noticia a “...los Mártires” empezaron a poner estorbos i armar Artillería para rebatir cualquier tiro... y quedar vencedores y así impedir i atajar los pasos de suerte que no davan pasos adelante las Doze pretendientas...”. No llegan noticias de Roma, ni papeles ni instrumentos, “porque antes de que llegase havía quien lo detuviese ”. Pero como todo llega en este mundo, llegó también el deseado permiso de la Sagrada Congregación, quedando todas en depósito del Ordinario separadas enteramente de los Padres y su jurisdicción, ya que “...ninguno ni para el confesionario ni para otra alguna dependencia volviese a estotra Comunidad”.