Nuestra revista ESCAPULARIO DEL CARMEN cada mes nos deleita con interesantes artículos sobre nuestra gran mística carmelita SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI.


Entre otras muchas cosas, nuestra “teóloga carmelita” fue una “gran cantora de la Madre del cielo”. Hace poco, el 25 de mayo de este año 2007, hemos celebrado en todo el mundo carmelitano el IV centenario de su santa muerte: 25.5.1607-2007.


En este breve artículo queremos presentar a nuestros amables lectores algunas facetas de su ardiente amor a NUESTRA MADRE, PATRONA, HERMOSURA Y REINA DEL CARMELO.

Muy bien se podría escribir un grueso volumen con sólo espigar los párrafos más hermosos que encierran las obras de esta extática carmelita que tratan de nuestra excelsa Madre.

Uno de los motivos por los que se hizo carmelita fue porque sabía que en el monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles de Florencia se profesaba una profunda devoción a la Virgen María.
No podía ser de otra manera ya que el Carmelo se fundó en obsequio de María y siempre será considerado como una Orden «eminentemente mariana».

El 8 de septiembre de 1578 -cuatro años antes de ingresar Magdalena en el Carmelo- fue nombrada oficialmente la santísima Virgen Priora del convento en el que ingresaría Magdalena, en una hermosa ceremonia que prometieron repetir cada año aquel día.

La doctrina sobre la Virgen María que recogen sus cinco libros es bella y abundante.

Bastaría traer un esquema completo de mariología y rellenarlo con sus interesantes textos.

Desde niña la amó con infantil candor pero ardiente corazón.

Al ingresar en el Carmelo tomó el nombre de María: María Magdalena se llamará de carmelita.

«La Madre Santa», solía llamar a la Virgen María, y su lenguaje se vuelve tierno y sublime al hablar de Ella.

Sus solemnidades se le trocaban en días de paraíso. Levantadísimos éxtasis le mostraban la visión de los misterios de la divina maternidad.

Hasta en los años de la Prueba las fiestas de la Madre Santa venían a serle a manera de celestial oasis, que le ofrecía sombra y reposo para cobrar nuevos bríos en la lucha.
En la dura prueba de los cinco años -cuando parece que Jesús la ha abandonado- será María quien la llevará de la mano.

A sus pies dejará un cuchillo con el que intentó quitarse la vida.
María aplacará a Jesús airado cuando Magdalena dejará de ir a comulgar, y al altar de María correrá a darle gracias cuando la obediencia le permita quitarse los zapatos que le impedían caminar.
De María recibirá insignes favores:
Su misma pureza y el cambio de su Corazón.
El año 1584, en la fiesta de la Asunción, la adornará con un collar de oro «por su amor y caridad».

El 17 de septiembre de 1587, en lo más duro de la prueba, María le cubrirá con un blanquísimo velo como señal de que no ha consentido ni consentirá en los pecados impuros.

Ignacio de Loyola y el mártir carmelita San Ángel, por orden de María, la ilustrarán en las virtudes de humildad y pobreza.

De María -en amorosos coloquios- recibirá muchas instrucciones para sí y para comunicarlas a los demás.

En muchas ocasiones María puso en sus brazos a su Divino Hijo.
Bástenos afirmar que la Virgen María ocupó un lugar especial en la vida de la Santa, que siempre unía a Jesús con su divina Madre.

Magdalena será un celoso apóstol de María y tratará de inculcar una filial y encendida devoción no sólo a sus novicias y comunidad, sino a cuantas personas tengan relación con su vida.

Magdalena contempló en varias ocasiones la belleza, dignidad y misión de María.
Las amanuenses recogieron el éxtasis que tuvo el 15 de agosto de 1584, festividad de la Asunción. Así lo depuso Magdalena:
«Mientras cantábamos la Misa veía sentada en medio del coro a nuestra Santísima Madre, vestida de una incomparable belleza.

Durante el canto de la Epístola me fue concedido por el Señor un conocimiento tan grande de la excelencia, dignidad y grandeza de la Virgen María, que me parecía que todas aquellas cosas que se decían de Ella en la Epístola eran nada en comparación de su altísima dignidad.

Sabía muy bien que la Virgen no era ni cedro, ni palma, ni ciprés, ni rosa, ni olivo, ni cinamomo, ya que no son sino símbolos de su excelsa virtud.

Pero, por el conocimiento que entonces tenía yo de su excelencia y grandeza, me parecía no era posible encontrar ni en el cielo ni en la tierra, ni luna ni estrellas, sol o ángeles que se parecieran a su excelsa grandeza y dignidad sino sólo Dios, al cual me parecía que la misma Virgen le era en todo muy semejante, excepto que ella es criatura y Él es creador, y que Él, toda la gloria, la potestad, el imperio, dignidad y grandeza la tiene por sí misino, por naturaleza, mientras que la Virgen tiene todo eso por gracia y por la participación que tiene con Él».

Años más tarde, en esta misma festividad, volverá a contemplarla radiante de belleza: «¡Qué gloriosa eres, María -exclama llena de gozo-, oh, gloriosa María! En la hermosura de tus ojos se ha complacido todo el Paraíso, a ellos se ha inclinado el trono de la Santísima Trinidad...

María es la fuente sellada con el sello inmaculado del Verbo Eterno que la declara Virgen y Madre, Madre y Virgen, complacencia de la Santísima Trinidad... «Hortus conclusus» -jardín cerrado-, en el que está encerrado el dador del ser, porque en María se encierra el mismo Dios.

¡Oh María, Tú eres la puerta por la cual somos introducidos en la celestial patria y por la cual Dios bajó a la tierra!...
¡Qué pura y hermosa eres, oh María! Con tu mirada recreces la gloria del Verbo, regocijas a los ángeles, confortas a los pecadores...»
Magdalena era carmelita. Lo era y se sentía muy orgullosa de serlo. En susmaravillosos éxtasis repetidas veces hace alusión a ello. Durante ellos dirá cosas muy bellas de su vocación mariano-carmelita.
La carmelita es hija predilecta de María y habita en su Casa, ya que el monasterio carmelita es la «Casa de la Virgen».

En sus éxtasis dirá Magdalena: «La carmelita debe procurar vivir siempre como hija de María. La Virgen tiene un cuidado particular de la santificación de las carmelitas para que puedan caminar seguras en el camino de Dios. María va caldeando la tierra de su corazón del amor de Dios, haciéndoles fructificar. Para agradar a Jesús, la carmelita debe ser toda pura y adornada de Ella, debe adornarse de María, es decir, de sus virtudes y Ella, Madre buena, cumple su cometido, lavando su rostro con su leche».

María es la guía de la carmelita: «Así como los Magos fueron guiados por la estrella, así nosotras por la estrella María; y no los conduce a la cueva, sino más bien a la intrínseca unión con Dios, que es el ideal de la carmelita».

En uno de sus fervorosos coloquios dijo a María: «Tú eres solaz del Paraíso, nuestro escudo, fortaleza de los débiles y sobre todo lo que más importa, eres nuestra Madre».

La Orden del Carmen es el único caso en la Iglesia que nunca tuvo un fundador jurídico. Desde sus comienzos está toda dedicada a María.

El 16 de abril de 1585, en un éxtasis muy hermoso, Magdalena habló de los diferentes fundadores de las órdenes religiosas y dijo: «El Sol para muchos es un santo u otro, cabeza de su religión: pero para nosotros el Sol es María».

El domingo 5 de agosto de 1584, en uno de los famosos Cuarenta días que siguieron a su profesión, tuvo esta hermosa visión e inteligencia. Es ella la que habla:
«Veía que todas las sendas conducían a un precioso jardín, que comprendí ser el Paraíso. Estas sendas llegaban hasta el centro del jardín y terminaban unas en una fuente, otras en un árbol plantado en el mismo jardín y al que parecía le daban dignidad y belleza.

Entendí que dichas fuentes y árboles eran los Fundadores de las Religiones, como San Agustín, Santo Domingo, San Francisco y otros Fundadores, que ahora están todos en el Paraíso...

Veía que la senda por donde caminaban las religiosas de este monasterio, digo de todas nosotras, era mucho más notable que las otras, pero que no conducía a ninguno de aquellos árboles ni de aquellas fuentes sino a la Reina y Señora del jardín, que es Nuestra Madre la Virgen María, bajo cuya bandera vivimos nosotras».
Magdalena trataba de tener siempre presente a la Virgen María para mejor conocerla, amarla, imitarla e irradiarla. El 28 de marzo de 1585 tuvo esta hermosa visión:
«Veía una encantadora Señora, toda armada, como si fuera un soldado cuando va a la guerra, y subía a este hermoso lugar; pero antes dejaba todas sus armas a una gran multitud de gente que navegaban en el mar con ciertas barquitas.

Y entendió que si ellas no se revestían de dichas armas, naufragarían en el mar; pero si se vestían, serían para ellas de una grande ayuda, y fácilmente con ellas llegarían hasta el puerto.

Entendió que esta Señora era la Virgen María, y aquellas armaduras sus santas virtudes, que nos ha dejado a nosotras criaturas que vivimos en este mar. Navegamos, y si no sabemos revestirnos de estas virtudes que nos ha dejado la Virgen, caminaremos con gran peligro. Y estas susvirtudes serán para nosotras de mayor daño. Pero si nos revestimos de Ella, obrando como ha hecho Ella, con gran facilidad llegaremos al puerto del Paraíso teniéndole a Ella por nuestra ayuda».
María Magdalena amó con toda su alma su vocación, su monasterio y su Orden. Fue María quien la trajo al Carmelo y quien la adoctrinó durante sus años de vida religiosa. Por ello, después sabría expresar en conceptos tan bellos la sublimidad de su vocación carmelita. Ella trató de ser siempre copia fiel de tan perfecto modelo.
P. Rafael María López Melús, carmelita.

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