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¿Qué se quiere decir con este título? Que el cristiano o discípulo de Jesús siempre debe estar aprendiendo de esta admirable mujer que es María, la Madre de Jesús, a quien el Maestro tanto quiso por su fidelidad en la vivencia de su mensaje, de forma que ella siempre será para el cristiano un referente para vivir la fe. En este caso concreto para que nos enseñe a vivir el misterio eucarístico como ella lo vivió.
“María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él” (n.53). Naturalmente el Evangelio no habla de este tema. ¿Dónde estaba María, la Madre de Jesús, la tarde del Jueves Santo? En la última cena no estaba, de lo contrario los evangelistas lo hubieran indicado, además de que aquella última reunión era exclusiva con sus apóstoles, con los que deberían continuar su misión, la misión que Jesús traía como encargo del Padre. Así se desprende del texto evangélico. Cuando Jesús vuelva al Padre sí estará con los apóstoles en ciertas ocasiones, en momentos importantes, y los autores sagrados lo hacen notar (cf He,1,14). De ahí que con toda seguridad, aunque no haya mención explícita en ningœn texto del NT, -dice el Papa- que no debió faltar “a las celebra-ciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos en la fracción del pan” (n. 53).
Emociona pensar que María estuviera presente en las celebraciones eucarísticas y que comiera el cuerpo de su Hijo y bebiera su sangre. Un cuerpo y una sangre que era la suya propia, la que ella le había dado. El Papa puntualizará: “Pero más allá de su participación en el banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. ‘María es mujer eucarística’ con toda su vida”. (Ib). La verdad es que María es modelo de muchas cosas para el cristiano, pero también lo es en su relación con este Misterio, con la Eucaristía. De ella podemos aprender mucho para penetrar en el misterio de este sacramento. María no se limitó a adorarlo y a emocionarse ante él, es un misterio que compromete, que puede transformar nuestra vida de fe, y hacer que ésta tenga capacidad de transformarnos y convertirnos en hombres nuevos
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La Eucaristía es el gran misterio de nuestra fe. María, la mujer de la fe por excelencia, la que se abandonó a la palabra de Dios y la creyó en el gran misterio de la Encarnación, tiene que ser ejemplo y modelo para vivir nuestra fe en el Misterio eucarístico. Ese “¡Haced esto en me-moria mía! –dice el Papa- se convierte al mis-mo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: ¡Haced lo que él os diga!” (n.54). Como si María nos dijera: “No dudéis, fiaros de la palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y el vino su cuerpo y sangre” (Ib).
Pero el Papa va muchos más lejos y dice que “María ha practicado su ‘fe eucarística’ antes incluso de que ésta (la Eucaristía) fuera instituida, por el hecho de haber ofrecido su seno maternal para la encarnación del Verbo de Dios” (n.55). El ‘sí’ de María hizo posible que engendrara en su seno la realidad física del cuerpo y sangre de Cristo y, al mismo tiempo, se adelantó en cierta medida a lo que se realiza ahora sacramentalmente

cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración. “Hay -como dice el Papa- una analogía profunda entre el ‘fiat’ pronunciado por María a las palabras del ángel y el ‘amén’ que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor” (Ib). Como a la Virgen se le pidió que creyera que se iba a hacer realidad en su vientre, bajo la acción del Espíritu Santo, el cuerpo humano del ‘Hijo de Dios’, así también a nosotros se nos pide creer que el Hijo de Dios e Hijo de María se hace presente en la Eucaristía para ser nuestra comida y bebida en nuestro caminar por esta vida.
A María le dice su prima Isabel: “Feliz tú porque has creído” (Lc 1, 45). Con esa su fe -dice el Papa- María se ha anticipado también a la fe eucarística de la Iglesia. Así ella se convierte en el primer ‘tabernáculo’ de la historia don-de, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel. Y el Papa se pregunta: “la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo con sus brazos, ¿no es acaso el modelo inigualable de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística? (Ib).
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