Mes de noviembre. Las hojas de los árboles mueren y, mecidas por el viento, vuelven dulcemente al seno de la madre tierra. En este tiempo un tanto nostálgico, concretamente el día 2, recordamos a los fieles difuntos. A todos aquellos seres queridos que emprendieron su viaje sin retorno hacia el más allá. Para los que no tienen fe duermen el plácido sueño de la inconsciencia o de la nada. Para los que abrigamos la fe en Cristo viven en la presencia de Dios para siempre.
En estos días en que escribo este comentario un escalofrío de dolor y de pena muy pro-funda ha sacudido el espinazo de la humanidad cada día más desvalida ante este espectáculo de sangre y muerte, que es el terrorismo internacional. Me refiero al atentado brutal que ha costado la vida a más de 150 niños rusos, que inauguraban el nuevo curso en un pueblecito llamado Beslán, de Osetia del Norte.
Algunos hablan de la III Guerra mundial provocada por la inmigración y el terrorismo. Todo es debido en un tanto por ciento muy elevado a la situación de injusticia que reina en el mundo. Hay unos pocos que tienen mucho y muchos que tienen muy poco. Estos ex-tremos en vez de acercarse se dis-tancian cada vez más. El rico se hace más rico y el pobre se empobrece cada día más. Así se explican estas corrientes migratorias de las pateras de cada día en nuestras playas de Algeciras, Almería, o Las Palmas.
Hoy el mundo es un pañuelo. Si todos somos hijos del mismo Padre Dios, entonces en sana lógica somos hermanos, formando una gran familia. ¿Cómo es que existen tan grandes diferencias en el reparto de los bienes de la tierra? Un padre quiere el bienestar de todos sus hijos..
No pueden unos pocos nadar en la abundancia, mientras otros fenecen víctimas del hambre, enfermedades endémicas ya superadas, y toda clase de miserias que azotan a la humanidad.
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En el fondo de la cuestión se encuentra el misterio del pecado. El corazón del hombre está radicalmente herido por el egoísmo, la envidia, el odio, la violencia y la muerte. Es Caín que se levanta airado contra Abel y le asesta un golpe de muerte. Pero Dios en su infinita misericordia nunca nos abandonó y ya desde el principio nos prometió un Mesías Salvador que es Jesucristo, nacido de una mujer inmaculada, la nueva Eva, Madre de todos los vivientes, que es la Virgen María (cfr. Gen 3, 15; 4,1-8).
Las madres son el rostro más tierno y entrañable del mismo Dios. Pues bien, en el orden de la gracia, Jesucristo nos ha dado una Madre en la Virgen María. Antes de morir en el Calvario sobre la cruz nos dejó a su propia Madre por Madre nuestra. Ella con su corazón de seda cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan entre peligros y ansiedades en la vida, en la muerte y después de la muerte. Así lo dijo hermosamente el Concilio Vaticano II (cfr. LG 62). La Virgen María habrá acogido a estos hijos suyos con la inocencia pintada en la retina de su ojos fríos, víctimas de nuestros odios.
Alfonso Moreno, O. Carm. |