No
deja de constituir un cierto milagro el que se haya conservado
este hermoso e interesante lienzo que se guarda en bastante
buen estado en la Sacristía de la Iglesia del Carmen
de Antequera. Fue publicado en julio de 1911 en nuestra
centenaria revista junto con su espléndido altar
mayor, y constituye todo un documento gráfico en
la historiografía carmelitana. La reprodución
de aquel tiempo no es de buena calidad, como es de suponer,
a tenor de las artes gráficas imperantes en aquel
tiempo, pero debemos al actual prior del Carmen antequerano,
P. Antonio Jiménez, y a su buen amigo el fotógrafo
Antonio Rama, esta reciente fotografía de excelente
calidad. El lienzo es de singular interés por su
técnica y temática. En la casi exhaustiva
iconografía eliana que el P. López-Melús
nos ofrece en su divulgada obra El Profeta San Elías,
ya en su segunda edición, no aparece este motivo
iconográfico que desde aquí le ofrecemos
con ánimo de colaborar en su meritoria obra.
Interesante, en verdad, porque una de las pocas cosas
que del origen de los carmelitas se sabe es precisamente
el lugar exacto de la fundación en el Monte Carmelo
iuxta fontem Eliæ, junto a la fuente de Elías,
un manantial que hasta hoy sigue brotando. Allí
mismo, se dice, nació la vida religiosa puesto
que el profeta Elías es considerado el Padre del
eremitismo y de la vida cenobítica con la creación
en el Monte Carmelo de la «Escuela de los Profetas».
Como Hijos de los Profetas siguen siendo considerados
los carmelitas sus sucesores, a tenor de la famosa “rúbrica
prima” de las Constituciones de Londres de 1281
que así lo afirma de modo solemne.
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«La
Fuente de Elías vino a marcar durante toda la historia
de la Orden del Carmen una huella profunda de decisiva
influencia», nos dice el P. Smet. En tiempos de
los cruzados el recuerdo de los profetas Elías
y Eliseo era muy fuerte justo allí en el Monte
Carmelo. Los primeros carmelitas no podían ignorar
los escritos patrísticos de la literatura eremítica
que señalaban a Elías como el Padre y Fundador
de la vida solitaria. «Nada menos que la autoridad
de San Atanasio declara que la vida ascética tiene
un modelo en el que reflejarse como si fuera un espejo:
el ejemplo del gran Elías». Y añade
San Jerónimo: «Cada modo de vida tiene su
guía: los obispos y sacerdotes tienen a los apóstoles
y a los varones apostólicos como modelos…
Nosotros, si hemos de recurrir a la autoridad de la Sgda.
Escritura, nuestro jefe es Elías, nuestro es Eliseo,
nuestros son los Hijos de los Profetas». (Cf. Los
Carmelitas I, 12-13).
El lienzo antequerano recoge el testimonio del acreditado
escritor franciscano fr. Juan de Cartagena (†1617):
«Con razón los antiguos Doctores consideraron
al Santo Padre Elías como Padre de toda la vida
monástica, principio de todas las órdenes
religiosas, portaestandarte de toda religión y
vocero de la cenobítica disciplina» (In lib.
17, Hom.1). El cuadro no puede ser más expresivo:
Elías, como fundador del Carmelo, lleva sobre su
mano el templo y aparece entre nubes como inspirador a
su vez de la vida religiosa en sus diferentes modalidades,
tanto la eremítica como la cenobítica
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