En la noche de Navidad, noche de luz, “en un instante, la obra que no había podido realizar en diez años, Jesús la hizo contentándose con mi buena voluntad, que nunca me faltó” (Ms A 134). En aquella Navidad, Teresa descubre que Jesús, además de ser objeto de su amar, es el Amante, el “enfermo de amor”que la acoge y, en la gratuidad más absoluta, la ama y la libera. En este descubrimiento, en esta intuición que no es reciente, a Teresa la confirma más tarde el texto de Ezequiel 16,8-13, que se aplica a sí misma: “Pasando cerca de mí, Jesús ha visto que había llegado el tiempo para mí de ser amada, ha hecho alianza conmigo, y he pasado a ser suya. Me ha nutrido con la harina más pura, con miel y aceite en abundancia... entonces he resultado hermosa a sus ojos, y él ha hecho de mí una reina poderosa...” (Ms A 137).


Esto constata Teresa en 1889. Y es cons-ciente de que la sangre es el signo tangible de una vida rota, hecha pedazos. Por muchas señales descubre que el Esposo la está involucrando en su martirio, en su pasión. Teresa manifiesta que hay una compartición de suerte con el esposo. El sufrimiento, en efecto, acompasa su vida: muerte de su madre, siendo todavía niña; dolorosa separación de su hermana Paulina, que entra en el Carmelo (2 de octubre de 1882)2, por lo que empeora su salud (Ms A 85-86). Más tarde, en el Carmelo, Teresa descubre que el sufrimiento tiene nuevas connotaciones, pero está siempre presente.

Más tarde, Teresa expresará en poesía esta intuición, que la hace enloquecer de alegría, donde, resaltando que Jesús se ha hecho hombre “para raptar mi corazón”, “por mi solo amor” (CP 13,5), y conmovida dirá a Jesús: en la infancia “Tú pensabas en mí” y en la agonía “Tú me viste” (CP 14,6.21).
Amada por Jesús que está enfermo de amor, Teresa escribirá más tarde, instruida por Juan de la Cruz: “La enfermedad del amor no se cura sino con amor” (C 87). El amor maduro exige reciprocidad, por lo que Teresa escribe, recordando ese período: “Quería amar, amar a Jesús con pasión, darle mil pruebas de amor” (Ms A 138).

Descubre que la vida comunitaria con veintiséis mujeres de clausura comporta numerosas dificultades, por la diferencia de temperamentos, de origen social, de formas de comportarse en la vida ordinaria3. En el Carmelo no hay enemigos, pero hay simpatías, como confiesa ella: “Hay en la comunidad una hermana que tiene el talento de disgustarme en todas las cosas; sus maneras, sus palabras, su carácter me parecen muy desagradables. [...]Yo, no queriendo ceder a la antipatía natural que sentía, me he dicho que la caridad no ha de consistir en sentimientos, sino en obras; entonces me he dedicado a hacer por esta hermana lo que habría hecho por la persona más querida (Ms C 292).

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NOTAS
2 Ms 82 -copiar.
3 Cf. G. GAUCHER, Teresa Martín dopo la lecttura critica de suoi scritti. Ed. Paoline, Milano 1986, p. 103. Más tarde, tres de aquellas hermanas dejarán la comunidad, y dos de ellas entrarán en un hospital psiquiátrico.