El nombre de Jesús es omnipresente en los escritos de Teresa. (Aparece 1600 veces). Es como el sol que lo ilumina todo. Teresa lee el Evangelio, pero también la vida como marcada por la presencia de Jesús. El nombre de religiosa es como una parábola de su existencia: Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

Jesús es su único amigo: “Jesús, mi primer y único Amigo; tú, a quien amo únicamente”1.
Teresa es una enamorada de Jesús. Desde niña es educada a amar a Jesús y, en su lecho de muerte, sus últimas palabras son: “¡Oh, lo amo!...Dios mío... ¡os amo!...” (NV 30 septiembre). El 19 de octubre de 1889 escribía a Celina: “Sólo Jesús es: todo lo demás no es... Amémoslo, pues, hasta la locura [...]. Sólo hay una cosa que hacer en la noche de esta vida, la única noche que no vuelve: amar, amar a Jesús con toda la fuerza de nuestro corazón y salvarle almas para que sea amado... ¡Oh!, hacer amar a Jesús” (C 74).
Y, como otros místicos, para indicar este sentimiento, utiliza el simbolismo de la embriaguez: está embriagada de amor a Jesús, su único amigo y esposo. Esta característica de su enamoramiento se halla sobre todo en las poesías: “Esta unión de amor, embriaguez

intraducible” (CP 19,3). “Ebria de ternura, en el cielo siempre / te amaré sin medida ni ley...” (CP 20,4).


En Navidad de 1886 hay un giro, un viraje en la relación de amor porque Teresa descubre que Jesús la ama. Antes, en línea con la concepción espiritual del tiempo, Teresa concentraba todo su afán en subir hacia Él. En la historia de la espiritualidad hay una metáfora que vuelve con frecuencia: la escala de la perfección, la escala de Jacob que habitualmente está marcada por un cierto platonismo.
En línea con esta visión moralista propuesta en todas las devociones y predicaciones, Teresa multiplica las “prácticas”, las “florecillas” para adquirir méritos y conquistar al Amado. Todo esto provoca en su vida neurosis y escrúpulos (Ms A 121).

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NOTAS
1 Ms B, 260 Cf. también Ms A125; L 120.