Mientras en la Plaza de San Pedro abarrotada de fieles, de los más altos representantes de las naciones y con todo el esplendor de la liturgia católica se celebraban las exequias por el eterno descanso de Juan Pablo II, el papa incombustible, en China, el país más habitado del mundo, en un barrio de la provincia china de Hebei, un sacerdote, el padre José, celebraba una misa por el eterno descanso de Juan Pablo II, ante un centenar de personas, la mayoría detrás de la valla, mirando recelosas. En China, la Iglesia católica no oficial vive la versión más dura de las antiguas catacumbas romanas.
Terminada la misa, un grupito de personas, al frente de las cuales iba el sacerdote citado, con una pequeña pancarta con el retrato del Papa muerto, recorrió con valentía, pero con precaución, algunas calles de aquel humilde barrio. Más de 12 millones de chinos, entre los clandestinos y oficiales, son católicos. Una insignificancia entre los centenares de millones de esta nación. Pero cosa curiosa: están creciendo más los católicos que los afiliados al partido comunista. Viven su fe como prófugos, en chozas, en cobertizos o en granjas, porque el gobierno destruye sus iglesias. Y, sin embargo siguen creciendo.
Juan Pablo II se marchó con la frustración de no haber podido visitar este país, a pesar de sus no pocos esfuerzos diplomáticos para hacerlo. No menos de 20 contactos diplomáticos tuvieron lugar el año anterior a su muerte entre la Santa Sede y Pekín. No se llegó a un acuerdo, pero se lograron algunos avances. Así, por ejemplo, un periódico oficial publicó por primera vez una imagen del Papa. Incluso no pocos sacerdotes del catolicismo oficial de China (los que no prestan obediencia al Papa) lo consideran como su “líder espiritual”.
Pero la Iglesia sigue siendo clandestina y sigue estando perseguida. Un documento del Partido Comunista, filtrado por la agencia vaticana FIDES, al tiempo que hablaba de posibles relaciones diplomáticas con el Vaticano, al mismo tiempo dejaba claras las medidas para acabar con la Iglesia católica no oficial, es decir, la que tiene obediencia al Papa. La consigna es que esta Iglesia subterránea debe de desaparecer mediante la destrucción de seminarios, conventos, los trabajos forzados y el aislamiento de sacerdotes y obispos irreductibles.
Según los informes de Amnistía Internacional, que cada año recogen los abusos del régimen sobre los católicos, el hostigamiento va desde sanciones económicas hasta largos periodos de prisión o campos de trabajo. Los informes recogen testimonios de malos tratos policiales, destrucción de sus casas y aislamiento de quienes predican el Evangelio.
El catolicismo llegó a China en el siglo VII, pero sólo era conocido como un culto extranjero. En el siglo XVI llegó como misionero el sacerdote italiano Matteo Ricci. Gracias a su labor y la de otros que llegaron después, el número de cristianos aumentó de forma importante. Empezó a verse como la religión de los colonialistas occidentales. La revolución cultural con Mao, de 1966 a 1976, masacró todas las creencias.
Aunque más tarde se reconoce la libertad de credos, sólo puede practicarse el catolicismo dentro de la Asociación Patriótica, un organismo que proclama una Iglesia independiente de Roma y sometida al Partido Comunista. Los que no se atenían a esto, eran encarcelados o asesinados. Fue a finales de los 70 cuando hubo una leve apertura, que permitió el regreso de muchos sacerdotes católicos de los campos de concentración, que da lugar al nacimiento de un nuevo fenómeno: la llamada Iglesia subterránea, que hizo crecer mucho el número de católicos.
En su deseo de hallar una vía de encuentro, Juan Pablo II llegó a pedir disculpas a China por los ‘errores’ que pudieran haber cometido los misioneros católicos en tiempos coloniales. Ahora, a pesar de todas estas persecuciones y dificultades para practicar la religión católica, cada año 150.000 personas se hacen católicos en ese gran país. Más de los que se afilian cada año al Partido Comunista.

La noche antes de su juicio, el chino cardenal Kung, en pijama de preso, con las manos atadas a las espaldas, fue llevado a un estadio para que confesara sus ‘crímenes’ y a cambio de eso, el fiscal le ofrecía la libertad. Al ponerle el micrófono delante para que lo hiciera, grito: “¡Larga vida a Jesucristo! ¡Larga vida al Papa”! Y el público respondió: “¡Larga vida al obispo Kung!”. Pasó 36 años encarcelado y otros dos en arresto domiciliado. En 1988 consiguió un permiso para viajar a Estados Unidos con el fin de recibir tratamiento médico. Lo que aprovechó el gobierno de China para retirarle el pasaporte y forzar su exilio.
Al no poder volver a su país, China, residió en Stanford (EE.UU.) hasta su muerte, en 2000. Allí creó la fundación que lleva su nombre dedicada a gestionar ayuda para la Iglesia subterránea y a informar al mundo sobre su situación.
Pero el momento más emotivo de su vida se produjo el 29 de junio de 1991 cuando fue recibido por el Papa en Roma. A sus 90 años, el cardenal Kung encontró fuerzas para levantarse de su silla de ruedas y caminar hacia el Pontífice, Juan Pablo II, y se arrodilló a sus pies. Emocionado, el Papa lo levantó y le dio el solideo de cardenal que, sin duda, se había ganado. Había sido nombrado cardenal ‘in pectore’ y durante diez años, preso a cadena perpetua, no se enteró. Dos mil años después de Cristo, aún hay un lugar donde la religión católica sólo se puede practicar en la clandestinidad. Los cristianos en China esperan la libertad de culto. El sufrimiento y la sangre de tanto mártir clama al cielo y un día se hará el milagro, como a través de la historia se ha repetido.
M.B.M.