asan los días, los meses, los años y van pasando al olvido los mil doscientos casos abiertos sobre los niños desaparecidos.
etrás de esta cifra hay historias tremendas que los medios informativos nos recuerdan para que nos sintamos solidarios con esas familias que luchan por averiguar la verdad, seguir viviendo con la esperanza del encuentro y permanecer vigilantes ante cualquier acontecimiento que pueda dar luz a esta tragedia. Todo menos el olvido.
a esperanza y la ilusión de esos padres de encontrarse un día con esos hijos debe ser el sueño más bonito jamás soñado. Y esta esperanza es la que obliga a buscar diariamente pistas que nos mantengan vivos, la que moviliza a la policía a seguir investigando.
stos padres y familias afirman que «vivir bajo esta presión, bajo esa duda, bajo esa pequeña esperanza, sin esperanza, es la peor tragedia de nuestras vidas». «Vivimos por vivir», «Nos han quitado la sonrisa», «Tenemos que encontrar a esos hijos para volver a vivir».
Nos piden que no les volvamos la espalda, que sus angustias y temores vean la luz y tengan el consuelo de estrechar a sus hijos entres sus brazos.
odos estamos de acuerdo y sentimos profundamente la inquietud de esas familias. Su dolor no tiene límites y su preocupación llega hasta la en-fermedad o la pérdida de la conciencia. He visto y comprobado la preocupación de pueblos enteros buscando a esos niños desaparecidos porque saben que la solidaridad es el puente de unión para sentimos unidos a la angustia de esas familias.
ermanecer en la incertidumbre, en la duda y levantarse todos los días con la cabeza llena de enigmas y preguntas sin respuesta es encontrarse en la noche oscura con la perspectiva de un pequeñísimo rayo de luz que siempre permanece en nuestro corazón.
Nos piden «menos burocracia y más humanidad» en la solución de esos problemas para dar satisfacción a esa tragedia familiar desgarrada.