EDITORIAL

ue un adelantado a este evangélico movimiento entre los cristianos en la búsqueda de la UNIDAD, de superación de diferencias superables entre cristianos. Fue el fundador de una de las comunidades ecuménicas más famosas del mundo y precursor de las Jornadas de la Juventud. Amigo íntimo de Juan Pablo II y ahora de Benedicto XVI. ¿Ha sido víctima de esa búsqueda incansable de la unidad entre todos los cristianos? Su asesinato por manos de una mujer de 36 años, probablemente desequilibrada, un martes por la noche durante la oración de la noche en la Iglesia de Taizé, a la que asistían 2.500 personas, es un aldabonazo para que no haya resistencias a la Unidad.

uando escribo este editorial, casi un mes antes de que salga la revista de octubre, no hay más noticias sobre su asesinato. Pero en nuestra revista queremos dejar constancia del dolor que nos ha producido esta noticia y de la admiración que sentimos por este religioso.

a desolación que ha producido este asesinato fue tal que los organizadores de la Jornada de la Juventud se plantearon incluso hacer algunos cambios en el programa para honrar la memoria de este excepcional fraile. El Papa, Benedicto XVI, que acababa de recibir una carta personal, conmovedora, del Hno. Roger comunicándole que sentía no asistir al Encuentro de la Juventud en Colonia, porque no se encontraba bien de salud, no sólo se mostró conmovido por la noticia en su discurso a los peregrinos que acudieron a Castelgandolfo, sino que dio claros signos de turbación y trató de paliar su estado de ánimo diciendo “hoy olvido las cosas más importantes, parece que estoy en Colonia”.

a vida y muerte de este excepcional religioso debe servir para alentar el avance del Ecumenismo, más necesario que nunca en un mundo tan dividido por tantos intereses materiales y políticos. La fe cristiana debe convertirse en el gran revulsivo de la unidad entre todos los hombres y ejemplo de que es posible la superación de cualquier obstáculo para la unión noble y generosa entre todos los hombres. Ante Dios nada puede justificar cualquier clase de desunión y más aún las consecuencias que ésta puede traer. Que nuestra oración sea la de Cristo: “Padre, que todos sean UNO” (Jh 17,21).

La Redacción