EDITORIAL
TERESA DEL NIÑO JESÚS, MENSAJE DE INTERIORIDAD
 

La carmelita de Lisieux ha iniciado su peregrinaje por las tierras de España. Pero ya ha recorrido innumerables países de los cinco continentes. Es curioso que esta santa que, con 15 años se encerró en un convento de clausura, de donde no salió el resto de su vida ni siquiera a la muerte de su padre, y menos aún, para ser atendida en su grave enfermedad por algún especialista, ahora sus restos, sus cenizas, hayan viajado por todo el mundo despertando un fervor y un clamor silencioso de miles de personas.

Ella quiso ser misionera, para llevar el mensaje de Jesús hasta el último rincón del mundo; quiso ser sacerdote y doctor en teología para convencer a los ateos de su tiempo que el hombre sin Dios se pierde en sus propias contradicciones. Pero un día, leyendo la Biblia, descubre que para ser todo esto, sin salir de su clausura, bastaba ser el corazón de la Iglesia, y la paz vuelve a su alma. Lo que ella no podía imaginar era que, pasado algún tiempo, un Papa la nombraría ‘Patrona de las Misiones’, mientras que otro, el actual Juan Pablo II, la declararía ‘Doctora de la Iglesia’. El tiempo le daría la razón.

Su vida interior, su relación profunda con Dios, era tan silenciosa y espontánea, que sus mismas hermanas de hábito y de sangre no descubrieron en vida de ella las maravillas que Dios había obrado en su alma sencilla, a través de la práctica de la doctrina evangélica de la infancia espiritual en grado supremo. Su espiritualidad fue una bocanada de aire fresco en la espiritualidad atosigante de aplacar la ira de Dios en su tiempo. Teresa del Niño Jesús fue preanuncio del aire fresco que había de traer el Vaticano II a la Iglesia de Cristo en el siglo XX.

Amó de tal manera a sus hermanos, los hombres y mujeres, pecadores y santos, que se comprometió a seguir amándolos desde el cielo de la forma excepcional y sencilla que ella sabía hacerlo: enviando una lluvia de rosas permanente sobre los humanos de la Iglesia peregrinante. Y ella sigue cumpliendo sus promesas. En un mundo superficial y vacío, como el nuestro, la pequeña Teresa sigue derramando su lluvia de rosas sobre sus hermanos los hombres sin desaliento y grita a este mundo de la globalización, de la miseria y del hambre aquello que ella grabó sobre la madera de la puerta de su celda carmelita: “JESÚS ES MI AMOR”. Es decir, el hombre no es nadie sin Dios y lo puede ser todo con Él.