l pasado 14 de septiembre el Jurado de los Premios Príncipe de Asturias acordó galardonar a la “Compañía Hijas de la Caridad”, fundadas por San Vicente de Paúl, con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2005. Es un premio merecidísimo a la labor asistencial de estas hermanas que, además están muy atentas a las nuevas formas de pobreza. Su santo fundador quería que fuesen las siervas de Cristo en cualquier necesidad de los pobres.
n realidad, estas buenas hermanas saben que, de alguna forma, este premio es un premio para todas las instituciones eclesiales que, en fuerza de su fe cristiana, consagran su vida a ayudar al necesitado. Es como un aldabonazo a la sociedad y especialmente a quienes no valoran la inmensidad y variedad de obras sociales que lleva a cabo la Iglesia católica en virtud de su fe en Jesucristo.
s necesario resaltar que la labor humanitaria y asistencial de la Iglesia no excluye ninguna labor social ni la atención a ninguna persona que esté necesitada, y ni busca votos electorales ni ninguna recompensa humana. Para el cristiano cada hombre doliente es un hijo de Dios especialmente necesitado de ayuda y se inclina sobre él para aliviar en lo posible su dolor.
n medio de una sociedad, como la nuestra, fuertemente egoísta, acumuladora de bienes materiales y hedonista, los gestos humanos desinteresados sólo son percibidos y apreciados por un número no muy grande de personas. Incluso muchas veces ni siquiera por quienes reciben la caricia humana de la asistencia social. Lo que hace que este premio tenga un mayor valor, al ser otorgado por un organismo aconfesional.
omo dice una hermana, Hija de la Caridad, “la Iglesia está hoy donde está la marginación, y donde está el dolor, como estaba ya cuando nos fundaron san Vicente y santa Luisa, que acogieron la inspiración del Espíritu, porque vieron que los pobres eran el rostro vivo de Dios”.