EDITORIAL

las 21,37 h. del dos de abril pasado Karol Wojtyla, el Papa Juan Pablo II, entregaba su alma al Señor, tras llegar con la cruz de sus incapacidades físicas, a la cima de su particular gólgota.

orrió una larga carrera superando obstáculos, derribando barreras, convirtiéndose en el más alto referente moral y religioso de un mundo harto de mentiras, injusticias, y perdido en la nebulosa de sus propias contradicciones.

alió intrépido a la plaza del mundo a predicar la fe en Jesucristo, como otro Pablo en el Areópago de Atenas y habló al mundo del Dios desconocido. A los jóvenes les entusiasmó y ellos le gritaron “Juan Pablo te queremos”, y le siguieron a los lugares más lejanos y dispares del mundo.

efendió la ortodoxia católica, fue un adalid de la paz, de la justicia social, del derecho a la vida, de la dignidad de la mujer, de la verdad, por cuanto ella nos hace libres... Y, sobre todo, fue un hombre de fe inquebrantable y sincera, que hizo exclamar un día, al comienzo de su pontificado, al inteligentísimo cardenal Casaroli: “Es admirable lo que cree este Papa”. La gente buscó en él al guía espiritual imprescindible en un mundo desgarrado, al pastor seguro y fuerte, al intelectual insobornable, al líder de la esperanza, al abogado de los pobres, al defensor de la vida.

omó sólo partido por el hombre como hijo de Dios. Pero no claudicó ante intereses particulares, ni ante ideologías ni grupos internacionales de presión. Sólo le interesó el hombre. Corrió su carrera, como atleta de Cristo, con tesón y valentía, y condenó con igual energía la violencia, el terrorismo y la guerra. ¡DESCANSE EN PAZ!