EDITORIAL
El valor sagrado de la vida humana

es curioso, o mejor, desconcertante y contradictorio que la familia, por una parte sea una institución altamente valorada de modo privado por las personas y, sin embargo, existe un rechazo en su aceptación pública. Así lo ha denunciado la Conferencia Episcopal Española en un documento titulado “La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad”.

La familia debería estar mimada por los poderes públicos y estatales, pero al contrario, son estos poderes los que distorsionan, unas veces directamente, otras indirectamente, esta tradicional e ilustre institución de la familia. “Se han producido –dice el comunicado de los obispos- distintas realidades que perturban la institución familiar y el respeto a la vida humana”.

entre estas realidades está la extensión del divorcio con una ley que lo facilita o vende barato, con todas las graves consecuencias que tiene para los hijos. “El pretendido matrimonio entre homosexuales, con una grave confusión en la comprensión de la homosexualidad. Por otra parte, la aceptación social del aborto, la eutanasia, la esterilización, la fecundación “in vitro”, la clonación terapéutica, etc. “Muchas de estas cuestiones ya han sido legalizadas, como el divorcio, la despenalización del aborto en algunos supuestos y las técnicas de reproducción asistida”. Es verdad que esto puede ser predicación en el desierto, pero al menos nadie podrá llamarnos “perros mudos”. Allá la conciencia de cada uno.

La gravedad y el número de estos problemas -dicen los obispos- está a la vista de todos”. Estamos en una situación nueva en nuestra sociedad, que quiere ocultar sus dificultades con soluciones superficiales e ingenuas. Y apuntillan los obispos: “Este es el drama que se oculta tras de la paradoja de una familia apreciada en función personal”. Todo este drama individual y social se quiere paliar con servicios sociales, paliativos que requieren otras soluciones. El cristiano, al menos, no debe dejarse engañar.