EDITORIAL

os religiosos congregados en Roma bajo el lema: Pasión por Cristo, pasión por la humanidad, han querido redefinir su vida en estas dos pasiones. 847 participantes de los cinco continentes en representación de casi un millón de consagrados, mujeres y hombres. Aunque su celebración tuvo lugar del 23 al 27 de noviembre pasado, queremos recordarlo por la importancia que ha tenido este acontecimiento. Fue precedido de una larga preparación y reflexión.

ubo ponentes que llamaron a los consagrados “Buscadores de pozos y caminos”, en definitiva “buscadores de una humanidad que sufre”. Otros la llamaron “sacramento para hacer visible lo invisible”. “En este mundo de ansiedad, la vida consagrada debería ser una isla de libertad y confianza”. “Isla donde otros puedan experimentar lo novedoso del Evangelio”... Fue un encuentro de oración, reflexión y diálogo. Un encuentro reposado, distendido, en un cuidado ambiente de escucha de la Palabra de Dios y de escucha mutua.

e han querido buscar caminos para vivir con más intensidad la pasión por Dios y por la humanidad. Se cuenta que la asamblea se estremeció cuando dos parti-cipantes evocaron sus experiencias de ‘persecución’ en Vietnam y Oriente Próximo. En este Congreso ha triunfado la vida. No fue pensado como algo académico, sino como un ejercicio de escucha y búsqueda para “discernir juntos, con conciencia global, qué está haciendo surgir en nosotros el Espíritu de Dios, hacia dónde nos lleva y cómo responder a los desafíos de este movimiento para construir el Reino”.

n Roma se vio, una vez más, que el fuego que anima hoy a casi un millón de católicos a vivir una vida de especial consagración a Dios sigue muy vivo. Se ha percibido que Dios, el Dios de las Sorpresas, el Fiel, sigue soplando, con libertad, al ritmo que le parece y donde menos lo esperamos. Los consagrados siguen siendo en medio de este mundo hedonista, olvidadizo de Dios y enemigo de los valores morales y cristianos, una llamada de atención para que el hombre mire por encima de lo terreno y descubra lo trascendente. Sobre todo la mirada amorosa de Dios sobre la humanidad.