e ha cumplido el 40 aniversario de aquella gran
encíclica del Papa Juan XXIII Pacem in terris. Documento
que firmó dos meses antes de
morir, como si nos quisiera dejar como testamento ese deseo de
su corazón,
lleno de bondad y amor: Paz en la tierra. La historia de la humanidad
está descrita con tinta roja del odio y de la desconfianza
entre los hombres, pero también con gestos de generosidad
y amor de tantos hombres y mujeres que entendieron que es posible
la paz en la tierra.
or qué es tan difícil entendernos los hombres?
Porque no somos capaces de renunciar a nuestros egoísmos,
porque nos fijamos más
en lo que nos separa que en lo que nos une, porque no hemos entendido
el mensaje evangélico
paz a los hombres de buena voluntad. La paz, como bien supremo,
sólo puede entenderla el hombre de ‘buena voluntad’,
es decir, el que mira al ser humano con afecto y comprensión,
como hermano, como hijo de Dios. El diálogo abierto ‘con
el otro’ ha hecho caer muchos muros de separación
y evitado muchas guerras.
odos pedimos por la PAZ, niños y mayores, porque todos
queremos que sea una realidad en nuestro mundo, pero cada vez
hay más guerras
y se matan más hombres. ¿Es que no es posible
entenderse entre los humanos? Jesús es el Príncipe
de la Paz. Naturalmente de la paz verdadera, la que se basa en
el amor sincero entre los
hombres. Él fue condenado injustamente y en su boca no
hubo una palabra de reproche ni de condena. Al contrario, desde
la cruz, miró a los hombres con una mirada tan profunda
de amor, que exclamó dirigiéndose al Padre: “no
saben lo que hacen”. El que ama es capaz de disculpar y
perdonar.
ase lo que pase, debemos convencernos de que
es posible la paz, y así estaremos dispuestos a trabajar por la paz. Como
Teresa de Calcuta acogiendo con amor a los que morían
por las calles de esta ciudad, para que al morir, al menos
vieran una sonrisa dirigida a ellos y sentir
una mano amiga que los acariciaba y así despedirse de
este mundo, que tan mal los había tratado, con paz en
el corazón. Como Teresa de Calcuta hay miles y miles de
hombres y mujeres, misioneros, cristianos y otros hombres de
buena voluntad, que son verdaderos creadores de paz, mensajeros
de paz, y que son el mejor argumento de que es posible la paz.