EDITORIAL
EL DESAFIO DEL PAPA A OCCIDENTE

Europa atraviesa una crisis de identidad sin precedentes al no reconocer sus raíces cristianas. Juan Pablo II clamó en el desierto al pedir a Europa que no silenciara sus raíces cristianas. ¿Por qué se avergüenzan los políticos europeos de reconocer las raíces cristianas de Europa? Primero, ¡qué poco respeto por la historia! En segundo lugar, ¿sienten vergüenza los políticos actuales europeos de que, lo que ahora se llama Europa, la Europa civilizada y democrática, se haya formado sobre la cultura griega y latina cristianizada?

Sabemos que somos una gota de agua en un océano o un grano de arena en el desierto, pero no dejaremos de clamar que, para más INRI, la Unión Europea, tras de la dura experiencia de las dos Guerras Mundiales, fue el logro de cuatro políticos europeos profundamente cristianos.

¿Es tan difícil reconocer que el amor de Karol Wojtyla por Polonia, su tierra natal, fue indispensable para alcanzar uno de los objetivos primarios del inicio de su pontificado: la liberación de los pueblos de Europa del yugo comunista? Benedicto XVI, al asumir su Pontificado, se encuentra que el materialismo consumista, justifica la dictadura del relativismo, para el que no hay verdades, sino puntos de vista. El actual Papa, desde su tierra bávara, muy católica, ha enviado al mundo occidental el desafío de que no se puede vivir sin Dios. Se hizo portavoz ante sus compatriotas del sentimiento de los pueblos asiáticos y africanos, que admiran el desarrollo tecnológico de Occidente, pero que tienen miedo de una concepción de la vida que excluye totalmente a Dios.

Los obispos de países subdesarrollados, cuando vienen a Europa para pedir dinero, dicen que lo encuentran para proyectos sociales, pero nunca para predicar el evangelio. El hecho social y el Evangelio son inseparables. El elevar el nivel social de los países subdesarrollados, por sí mismo, no soluciona todos los problemas de estos pueblos, y la experiencia así lo enseña. Es necesario que el hombre descubra su trascendencia. Trascendencia que sólo es visible desde el horizonte cristiano, porque entonces podrá ser feliz. Como ha dicho Benedicto XVI, “el que cree no está sólo”

En una entrevista que me hicieron para una emisora de Radio y para una TV, tuve que recordar la peste que hubo en Jerez en el año 1.600. Y el periodista, a continuación, me preguntó: “¿Cuál es la peste actual?”. A bote pronto contesté: “La peste actual es el laicismo”. Se me quedó mirando un poco sorprendido. Por sí no había entendido bien lo que yo quería decirle, añadí: “el laicismo es la negación de la fe en Dios, por tanto, priva al hombre de su trascendencia y lo hace esclavo de sí mismo”. Era la última pregunta y ahí terminó la entrevista radiada y televisada.