EDITORIAL
 

arol Wojtyla, el Papa Juan Pablo II, acaba de cumplir 25 años de un excepcional pontificado al frente de la Iglesia de Cristo. Si infundió valor a los católicos con su fuerza física de atleta, en un momento difícil para la Iglesia católica, cuando, tras el Concilio Vaticano II, parecía que todo se venía abajo y surgían fuertes interrogantes en el mundo sobre el valor de la religión, no menos fuerza está imprimiendo ahora, en la juventud de sus 83 años, que ha puesto en evidencia la fuerza espiritual del atleta de Cristo.

uando más lo necesitábamos, cuando sintamos miedo ante los interrogantes del tercer milenio, él nos dijo, recordando las palabras de Cristo a sus apóstoles ante la terrible tempestad de las aguas del Tiberíades: ¡No tengáis miedo! Su valentía ha infundido fuerza en muchos cristianos para salir a la plaza pública y no tener vergüenza de confesar su fe. Hoy la voz de la Iglesia se escucha en los foros más diversos. Sobre este telón de fondo de ‘no tengáis miedo’, él con valentía ha defendido los derechos humanos, la libertad del hombre, y nos sentimos más fuertes y más libres. Nos ha quitado complejos estúpidos. En definitiva, ha confirmado a sus hermanos con una valentía tenaz, que fue lo que Jesús pidió a Pedro, al constituirlo la piedra sólida sobre la que se asentaría siempre su Iglesia. Y lo que es más de admirar: sin que eso haya sido obstáculo para pedir perdón en nombre de la Iglesia por los posibles errores humanos del pasado.

onseñor Carles, cardenal-arzobispo de Barcelona ha dicho: “Recuerdo que, hace años al ver de espaldas al Papa arrodillado e inclinado en su reclinatorio, la impresión que tuve fue que aquella espalda vestida de blanco parecía más bien una roca sólida, hecha un solo bloque con el reclinatorio. Los años han hecho que su físico no sea ya rocoso, pero su espíritu tiene la misma solidez”.

como ha dicho Monseñor Rouco, cardenal-arzobispo de Madrid, hoy “existe una nostalgia escondida en el corazón del hombre de nuestro tiempo que se siente como estimulada y como tocada, casi como acogida, por las respuestas que da el Papa”. Ha sido un hombre providencial en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Hoy nos ofrece la fortaleza de su espíritu, que no pueden empañar sus temblores, ni su gesto dolorido, ni siquiera su baba.